martes, 15 de mayo de 2018

Día de Playa


Querida lectora, sentada bajo la sombrilla, pasando calor, los pies enterrados en arena, mueves tus dedos mientras lees y escarbas con esas uñas que piensas que ya deberían recibir, como mínimo, un recorte. Sola o acompañada, más bien rodeada, la playa muy a pesar tuyo está abarrotada, levantas la vista un momento y ahí están, esos niños pesados gritando cómo si un megáfono se hubiesen tragado. De manera lamentable, en tu caso, no sólo son los niños, también es esa mujer que otrora se definía sílfide y ahora encarnaría perfectamente el papel de la gorda que se ahogó en el Poseidón. Mujer que viene a la playa con la permanente de peluquería, capaz de hablar con la boca llena de tortilla al mismo tiempo que se queja de que ella no come y que le engorda el aire. Un poco más alejado, un señor con bigote tiene un torrente de voz imponente, parece que habla desde una cueva, está a tres toallas de distancia, pero su vozarrón se mete en tu cabeza. -¡Maldita sea!, parece que está junto a tu oído y no puedes concentrarte en la lectura. Y lo peor, el ridículo que hace tratando de llamar la atención de las dos chicas que escuchan música con sus auriculares, que deben de tenerlo a todo volumen para ignorar al mastuerzo. La lectura de estos relatos te parecen muy interesante, pero notas cómo unas gotas de sudor recorren tu canalillo, un refrescante baño te quitará el sofoco y te desconectará del enjambre que te rodea. Buscas algo para marcar la página, no visualizas nada que pueda servirte, así que decides dejar el libro boca abajo y sortear los obstáculos que te van surgiendo hasta por fin llegar al refrescante agua. Lo primero que introduces son tus pies, definitivamente, debes cortarte las uñas, parecen conchas de almejas. Tus dedos se entierran en la fina arena y la temperatura del agua es la apropiada. Continúas decidida hacia delante, alejándote poco a poco del ruido que emiten 
los bañistas, dejando que el sonido de la naturaleza te embriague. Sus fornidos brazos te agarran por el cuello, estás en un sueño, hace tiempo que has dejado de luchar, sabes que es un imposible y que lo mejor, es dejarse llevar por los acontecimientos. Su moreno rostro se aproxima de manera muy peligrosa al tuyo, sientes cómo sus labios carnosos se funden con los tuyos, y allí, en la orilla, a ojos de todos, abrazas a tu adonis. -¡Ay!. Te quejas - ¡Perdón!, suelta un hombre de más de cincuenta años, con camisa celeste de mangas cortas, abrochados los tres primeros botones, tapando una enorme barriga y gorra de publicidad de pinturas. Cargando con sombrilla y sillas, siguiendo a una señora que busca desesperada un claro donde poner sus pertenencias. Miras al hombre que te ha golpeado la espinilla con cara de pocos amigos. -¡Vaya, me he quedado dormido!, piensas mientras recoges el libro que está sobre tu pecho. ¿Por dónde ibas?, A sí, aquí. Miras a tu derecha y ves a una joven que lee el mismo libro que tú, ¿Qué relato estará leyendo?, discurres mientras observa cómo se seca el sudor que le cae entre los pechos. Las chicas que están a tu lado escuchando música también leen el mismo libro. -¡Joder con el tío del bigote!, ¡qué pesadilla!. No lo dudas, te levantas y le haces saber que está molestando a las chicas, que haga el favor de comportarse. Lejos de amilanarse, el individuo te increpa, la playa centra su atención en la trifulca. -¡Ya la hemos liado!, ese pensamiento es el que se cruza en tu mente a la vez que tu mano sale directa hacia la cara del bigotudo, que de manera prodigiosa se aparta y esquiva el golpe. Se lanza sobre tu cuello y ambos rodáis por la arena, sombrilla, toallas, cuerpos de personas, neveras, palas,… en un abrazo de oso interminable. -¡Qué susto!, gritas a la vez que notas los peludos brazos alrededor de tu cuerpo. 
El chico te mira con cara de alegría, tu lo miras y dejas el libro mientras te fundes en un beso eterno. La playa está como un Domingo, observas todas esas cabezas y piensas que cada una de ellas debe tener una vida interesante, pero que todas, al final llegan a tu playa a disfrutar de un buen día de sol y mar. Desde lo alto de tu escalera de vigilancia, tocas las hojas de un libro, estás deseando que llegue la hora de acabar el turno para echar un ojo a esos relatos. Ves cómo hay muchas personas leyendo el libro, y eso hace que tengas aún más ganas de leerlo. De pronto, una chica se está alejando de la orilla, se introduce bastante en el mar. Tu instinto te pone en alerta. No falla, corres a salvar una vida. -¡Vamos a casa nena!, ya el sol ha caído y no queda casi nadie en la playa. -Un minuto cariño, que termino el relato. La mira con condescendencia y mientras ella termina el último relato, recoge los bártulos. De vez en cuando, la mira de soslayo y observa cómo sonríe. Debe estar bien ese libro que la ha tenido entretenida todo el día, piensa mientras mete la sombrilla en su funda. -¡Ea cariño!, dice la chica mientras se levanta de la silla de playa y cierra el libro con determinación. -Vamos ya para casa, acabo de leer el fin.