Había una vez una niña muy bajita,
era la más pequeña de su clase, y todos siempre se reían de ella;
era tan diminuta, que apenas sobresalía por encima de los pupitres.
En sus sueños, anhelaba siempre ser
una gigante, ver por encima de las copas de los árboles, rascarse la
espalda en altas montañas, hacer de los picos llenos de nieves,
improvisados helados. Pero cada mañana al despertar, volvía a
encontrarse con la cruda realidad.
Bajarse de la cama era una odisea,
llamar a los timbres, alcanzar a la mesa, coger un vaso,...todo era
una aventura que le reportaba un gran esfuerzo.
El calvario llegaba en el aula, cuando
todos se mofaban de ella por su estatura.
Un día, el colegio llevó de excursión
a los alumnos al campo. Todos disfrutaron mucho paseando por los
verdes valles y observando los animales silvestres. A la hora de
volver, la profesora se había perdido y no daba con el camino de
vuelta. Los niños, pronto empezaron a asustarse y lloriquear. La
tutora no sabía que hacer, se sentaron todos en círculo y dejaron
que la fría noche les abrazara con su oscuro manto.
La niña, al ver la actitud derrotista
de sus compañeros, se puso en pie, y aunque apenas llegaba al
ombligo de los niños, les habló de la importancia de hacer frente a
los miedos, no rendirse nunca y como afrontar las vicisitudes que les
pone la vida por delante. Les dijo, con una voz que cada vez se hacía
más grande, que ella había tenido que superarse día tras día, y
que si confiaban en ella, les llevaría de vuelta a casa.
Así, poco a poco fue aportando valor y
esperanza en los asustados corazones de sus compañeros.
Envalentonados por las palabras, decidieron seguir a la joven por los
oscuros senderos. Nadie sabía de los conocimientos astrales de su
compañera, ni ella los haría públicos.
A las pocas horas estaban siendo
atendidos en sus casas, y aprendiendo valiosas lecciones impartidas
por alguien que no llegaba al metro de altura, porque no importa el
tamaño de la persona, sino el de su hazaña.
No hay comentarios:
Publicar un comentario