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miércoles, 14 de abril de 2021

Abel y su amante

 

-“A la caída de la tarde, en el campanario, en la pared que da al bosque.”

Abel se repetía una y otra vez estas palabras pronunciadas por su amor, lo hizo como quien recita un mantra, tanto lo masculló, que en algunos momentos temió por si lo hacía en voz alta.

A las seis terminaba su trabajo en la granja, apenas tuvo tiempo de asearse y disparar unas ráfagas de perfume al cuello antes de coger la motocicleta y volar en dirección al campanario.

El sol bajaba despacio entre las montañas, notaba en su cara el frescor de la incipiente noche, sonreía ante el inminente encuentro.

Llegó pronto, se entretuvo en escuchar el silencio del desolado lugar y respiró profusamente el aire salvaje de la naturaleza. Unas voces le hizo volver en si. Corrió impaciente hasta la trasera del campanario; allí había cuatro hombres fumando.

Abel quedó petrificado al ver a su amante sobre un enorme charco de sangre. La vista se le nubló y la mente quedó bloqueada en un bucle en el que se repetía el mantra. El crujir del cráneo dolió menos que las palabras de su hermano a la vez que le golpeaba: “Dos maricones menos”.

sábado, 20 de febrero de 2021

Sansón y Dalila

 Triste historia machista en la que incluso el hombre más fuerte del mundo puede sucumbir a los encantos de una pérfida mujer que le despojará de todo, haciendo ver al inocente hombre lo mala que puede llegar a ser una mujer, pero esta historia no va de machismo, ni feminismo, ni tan siquiera de hombres y mujeres, esta historia va de niños, de niños y sus pelos.

 Hay muchos niños que lloramos cuando nos cortan el pelo. Si, yo aún cuando veo caer mi cabello por la poda indiscriminada de mi particular peluquera, sufro.

¿Por qué este llanto?, desprendernos de algo que ha estado con nosotros tanto tiempo siempre es un duelo, pero existe una causa mayor que la del apego. El pelo, nuestro pelo, es una identidad creada, cercenar ese cabello indica que nuestra impronta va a cambiar, que debemos aceptar una metamorfosis de la cual no sabemos si vamos a estar preparados, así que si un niño llora cuando lo lleváis a la peluquería, no le digáis que va a estar más guapo, que va a cambiar a mejor (el ya se ve bien), decidle que su super yo necesita evolucionar, que cada corte de pelo es una transición obligada, que algún día, ese pelo dejara incluso de estar con nosotros, que cambiará a la vez que lo haga todo el cuerpo, que el pelo no somos nosotros, que es sólo un aderezo como la ropa, y que los cambios no son malos.

He tenido mi pelo salvaje, largo, corto, cresta, coleta, rizado, canoso, y en breve imagino que ya no estará, así que para las madres, padres, abuelos, abuelas, tutores, tutoras, peluqueros, peluqueras, va dirigido este post.

Espero que a alguien le haya servido.


jueves, 18 de febrero de 2021

Diez minutos

 Diez minutos, ese es el tiempo que soy lúcido, el tiempo que el universo me da para ser creativo, espontáneo, atrevido, original, libre.

Me despierto, no soy consciente que tengo esos diez minutos, automáticamente hago mis tareas domésticas y de aseo personal, nutro a mi cuerpo de un enriquecedor desayuno y es entonces cuando estoy preparado.

Sé que sólo serán diez minutos, una vez pasado ese tiempo, la decadencia ocupará el espacio que otrora fue maná, ideas inertes poblaran la mente y la mediocridad reinará en mi ser.

Pero esos diez minutos. ¡Ay!, me duele el recordar que soy príncipe de manera efímera y mendigo para la eternidad.

Cada día vivo en el recuerdo de lo que fui, de lo que creé en ese tiempo dorado, anhelando despertar para volver a tener esa oportunidad de tocar los cielos, y juro, que compensan esos diez minutos de gloria para luego arrastrar mis pies por el barro del infierno.

Diez minutos de luz para dejar paso a la oscuridad, diez minutos en los que no soy yo, ¿O a caso si soy ese y el resto del tiempo estoy prisionero de la rutina?. 

El éxtasis místico debe ser muy parecido a ese estado que adquiero en la mañana, ese "vivir sin vivir en mi", ese escape mental del plomo que supone lo físico, esa evanescencia consciente, ese placer espiritual.

Se acaba mi tiempo y dejo que fluyan los últimos destellos entre mis dedos, apenas me queda luz para teclear....¡Mañana nos vemos!.  


 

lunes, 15 de febrero de 2021

Gato Blanco


Las noches que cenaba fuerte solía tener pesadillas con él, volvía a recordar cómo le acariciaba la espalda, sentía su respiración, se regocijaba viendo cómo el pecho subía y bajaba de manera cadente. Sentía el calor de su cuerpo junto al suyo. Esos sueños eran increíbles, y al despertar notaba ese vacío que sólo te deja alguien que ha sido muy importante en los últimos años de tu vida. Pero su independencia, su actitud distante, su desdén, habían hecho que lo eliminases de tu lado.

Sólo las noches que cenabas fuerte sentías de nuevo su presencia, y todas las noches querías seguir notando su cuerpo felino bajo las sábanas, disfrutar del roce de su piel, de sus caricias, de cómo metía su cola entre tus piernas…Así durante doce meses.

Tu cuerpo no aguantó mucho, esas copiosas cenas habían logrado dañar el corazón, sólo el maullar de un gato blanco alertó a los vecinos de que algo grave pasaba. 

No pudieron hacer nada por salvarte, habías muerto en los brazos del hombre que más amaste.

martes, 26 de enero de 2021

Tabas

- ¡Tres a uno que van cinco hoyos , tres barrigas y dos lisas!.

-¡Miguel!, una mano jalaba de su manga raída como el monaguillo tira de la cuerda de la campana mientras le repetía con voz suave su nombre de pila, ¡Miguel!.

-¡Déjame zagal, que estoy en racha! le decía el fornido hombre mientras empujaba con su antebrazo al pobre chico hasta hacerlo caer sobre la fría loza.

A sabiendas que apartar a aquel hombre del juego era una misión imposible, subió unos peldaños de la escalera que llevaba a las habitaciones del hostal, se sentó apoyando su cara en los barrotes viendo cómo aquellos insensatos se divertían apostando sus patrimonios y dejó que Morfeo le llevara al mundo onírico. Sólo en sueños era capaz de saciara su hambre con ricos manjares y descansara en mullidos almohadones rellenos con plumas de ocas.

El silencio lo despertó, abrió los ojos, Miguel miraba las tabas en silencio, los demás hombres callaban y miraban fijamente a Miguel, que palidecía bajo su espesa barba negra.

-¡Paga!, la voz era fría, seca, sin atisbo de compasión, alegría o cualquier otro tipo de emoción.

Miguel parpadeó varias veces, salía cómo de un trance y dejaba de mirar las piezas para decir con un pequeño hilo de voz. 

-No, no tengo el dinero.

El grupo de hombres se apartó de la mesa, por fin pudo ver al hombre de la voz fría, delgado, vestido entero de blanco, su fino bigote rubio se movió en una desagradable mueca.

Sin apenas mover la boca, comenzó a hablar:

-Sabes que el juego es sagrado y que si se hacen apuestas hay que pagarlas. El honor -prosiguió el orador en aquella sala llena de humo y hombres atentos a sus palabras- es lo que nos diferencia de los animales, y si no hay honor, entonces te conviertes en un animal...hizo una pausa para encender un cigarrillo, el tiempo que empleó se hizo eterno. Si eres un animal, habrá que averiguar qué tipo de bestia eres para tratarte de igual manera, concluyó al expulsar la primera bocanada de humo.

Miguel miraba hacia dónde yo estaba, sus ojos estaban cargados de lágrimas, no creo que pudiera verme, pero estoy seguro que intuía que allí estaba lo único que podría salvarle.

-¡Bien ! concluyó el hombre del bigotito rubio, si no me vas a pagar con dinero, me haré una nueva taba con tus huesos...elige extremidad.

Miguel nunca más pudo volver a correr, cuentan que aquel hombrecillo rubio jamás pudo ganar una partida con las tabas del fémur de Miguel. Mientras, yo tuve que cargar con el tullido hasta que me uní a la banda de "el tuerto", pero esa es otra historia.

martes, 8 de septiembre de 2020

Puertas

 Capítulo I


-¡Roberto, no vuelvas tarde!

La voz de mujer atravesó toda la casa hasta la puerta, que se cerraba repitiéndose incansable en la cabeza de Roberto.


Roberto era un hombre anodino, difícil calcular su edad, podría tener treinta y pocos o cuarenta y muchos años, hombre de pocas palabras y por lo tanto largos silencios; su cuerpo era desgarbado; como todo su ser; el pelo no había sufrido alteración alguna en sus años de vida; tal y cómo lo peinó la comadrona nada más nacer, así perduro su peinado en el tiempo; raya al lado derecho y pelo pegado al casco hacia el mismo lado; ni corto, ni largo; de color rubio; las pocas canas que pudiera tener se perdían en el dorado color del cabello. Vestía pantalón vaquero azul; mocasines verdes; polo de marca del mismo color que los mocasines y gafas de pasta negra...olvidaba resaltar el cinturón trenzado marrón que sujetaba el pantalón.

Una décima de segundo antes de pulsar el botón del ascensor, este se puso a parpadear, alguien había sido más rápido que él. Miró su reloj y comenzó a mover incesante el pie derecho, golpeaba el suelo con la puntera a un ritmo elevado, demostrando así que tenía prisa y era tarde.

Escuchó cómo el ascensor paraba algunos pisos más arriba, la puerta se abrió, esperó unos segundos y volvió a cerrarse, nuevamente, el dedo preparado para que cuando la luz dejase de parpadear pulsarla, pero esta no dejó de parpadear, el ascensor volvía a moverse…Decidió mantener su dedo pulsado en el botón durante al menos treinta segundos, respiró profundamente, volvió a mirar el reloj, giró su cabeza y miró hacia las escaleras… demasiada calor, demasiado esfuerzo, esperaría un poco más con el dedo sobre el botón.

-!Ding¡...sonó el timbre de parada, el ascensor abrió sus puertas y dejó ver el regalo que transportaba, una señora de menos de un metro sesenta con cien kilos en carnes que rezumaban sudor...Roberto dudó en entrar, un ojo le hizo un extraño tic cerrándose de forma compulsiva, se ajustó bien su mascarilla, accedió al estrecho ascensor y esperó que la puerta se cerrara. El sonido ambiente del ascensor no era lo suficientemente apaciguador, el olor nauseabundo a sudor rancio atravesaba incluso la mascarilla, estaba a punto de vomitar cuando sin pensarlo dos veces, cogió la llave más larga de su llavero y se ensañó con la inocente mujer, la mujer trataba de gritar, pero su sangre se colaba en la garganta destrozada por las repetidas entradas y salida de la llave, aquel ascensor y sus ocupantes pronto estuvieron inundados de sangre.

-¡Ding!...sonó de nuevo mientras se abría la puerta en la planta baja, de pronto la señora salió del ascensor dejando aquel tufo a su paso. Roberto quedó descolocado, ¿Qué había pasado?, la acababa de descuartizar y de pronto salía cómo si nada hubiese pasado, sin rastro de toda aquella carnicería que acababa de acometer…

-Pssssssshhhh la puerta del autobús se abrió, uno a uno fueron entrando todos los peatones, el conductor con cara de aburrido miraba a cada uno de los pasajeros, a ver si llevaban mascarillas, el estar hacinados al fondo como ganado no pareciera ser de su incumbencia. Pssssssshhh la puerta se cerró y comenzó el vehículo a circular, Roberto trataba de aguantarse erguido entre un chaval dos palmos más alto que él y cargado con una mochila, y una chica rubia que con sus cascos puestos ignoraba todo aquello, además, por la manera de mover su mascarilla, se dijera que mascaba chicle o rumiara. En estos pensamientos estaba cuando el autobús comenzó a circular a una velocidad inadecuada, demasiado deprisa, excesivamente veloz, los pasajeros empezaron a asustarse y comenzaron a increpar y gritar al conductor, que ignorando aquel alboroto aceleraba aún más la máquina. Roberto estaba enmudecido, miraba a su alrededor y de pronto aquellas personas se convirtieron en corderos, balaban desesperados, Roberto no daba crédito a lo que estaba viendo, en un segundo , el conductor se arrancó la mascarilla y girándose con la cara y ojos desencajados gritó:¡Borregos al matadero!, y lanzó a más de 130 km/h el autobús contra una pared cubierta con un anuncio de “Carnicería los Bro”. A pesar del estruendo y el fuerte golpe, Roberto estaba intacto, lleno de trozos de carne y sangre de bobino, pero sano. A su alrededor la masacre era impresionante.

-Pssssh la puerta se abrió y nunca supo cómo se encontró en la calle de nuevo rodeado de transeúntes que iban y venían por la acera sin pensar.

-¿Qué coño me está pasando?...pensó en voz alta, unas gotas de sudor caían por su frente, comenzó a caminar calle arriba, tratando de protegerse en la pequeña sombra lineal que ofrecía el edificio, miraba al suelo, intentaba resetear su mente, dilucidar qué acababa de ocurrir, saber el ¿Cómo era posible haber vivido esas experiencias?. De manera mecánica subió los escalones del edificio dónde trabajaba, la puerta mecánica se activó y accedió al enorme vestíbulo, pero...¿qué coño?, parpadeó varias veces, se frotó los ojos con fuerza y a pesar del enorme daño que se había infringido en los glóbulos oculares seguía viendo lo mismo.


miércoles, 22 de julio de 2020

Ascenso

 Los rayos del sol entraban por el amplio ventanal, la profesora los recibía en su costado agradeciendo aquel calor extra, ya que en el exterior la temperatura había llegado a cero grados. Luca la miraba extasiado, cómo su cabello dorado brillaba bajo la luz, veía cómo aquella mujer hablaba pero no oía sus palabras, su mente estaba en otro lugar, había alcanzado el Nirvana. Allí no necesitaba dormir, ni comer, no necesitaba desplazarse, no necesitaba nada, estaba pleno, satisfecho, en paz.
No reconoció la habitación, estaba llena de personas mayores, ancianos que incapaces de valerse por sí mismos eran arrastrados de un sitio a otro en sillas de ruedas, les daban de comer o trataban de hacer actividades físicas que le parecían ridículas, ya que esas mismas actividades las había hecho él hacía dos años en el jardín de infancia.
Un chico vestido de blanco se acercó hasta él, le miró a los ojos y pronunció, más bien preguntó su nombre. -¿Lucas?.
Luca sonrió, haciendo que el chico petrificase su rostro, -Sin S, me llamo Luca sin S, dijo con una voz que no se reconoció como suya.
El joven cuidador salió de la habitación despavorido, al rato llegó junto a una joven doctora, que incrédula acompañaba al alterado joven.
Luca, al contemplar a aquella joven de pelo rojo, que seguía al joven de blanco, sonrió, y sintió cómo unos rayos de sol atravesaban aquella melena rojiza, dejó de ver a los ancianos que le rodeaban, ya no olía la habitación a medicinas, orines secos y jabón barato, un perfume a lavanda inundó la sala, volvió a un nuevo estado de catarsis, ahora más allá del Nirvana, acababa de llegar al cielo, allí no necesitó ni el cuerpo. 

sábado, 20 de junio de 2020

Charlas intimas


Alumno; -¿Se puede ser un malo bueno?
Maestro:-¿Cómo?
Alumno;-Un malo bueno, alguien que haga el mal pero ese mal sea para bien.
Maestro:-Dependerá del punto de vista desde que se vea, para quien recibe el daño, el malo siempre será malo, para quien se beneficie de ese mal, será un benefactor.
Alumno;-Entiendo, ¿Entonces, un malo siempre será un malo y un bueno un bueno…?
Maestro:-No necesariamente
Alumno;-No entiendo, ¿Me lo explicas?
Maestro:-A ver, lo primero que hay que diferenciar qué es el Mal y que es el Bien. Imaginemos que una persona llega a la orilla de un arroyo que quiere cruzar, para esa persona, lo ideal es que o bien existiera un puente, o que el caudal del río fuese tan escaso que lo pudiera cruzar sin apenas mojarse. Si decide hacer un puente, necesitará madera, otras personas que lo ayuden, desforestar el bosque para construir dicho puente, perjudicando a los animales y a las tribus que habitan aquella zona desde tiempo inmemoriales. Para los viajeros que deseaban cruzar el río, sería una persona buena, para los que vieron sus bosques y sus vidas transmutarse y perderse, sería un ser odiado. Si por el contrario, fuese capaz de construir una presa o retener el caudal del río de alguna manera para poder pasar, morirían los campos de cultivos que hay río abajo, morirían de sed otras personas y animales además de secarse muchas plantas; el agua se acumularía allá donde la detenga anegando campos y terrenos perjudicando a otras personas. De nuevo, para unos sería muy bueno y muy malo para otros. Así que...¿qué es el bien y qué es el mal?.
-Alumno; Entonces ¿Cómo saber si actuamos de forma adecuada?.
Maestro:-Ahí querido amigo es dónde radica la dificultad del ser, cómo debemos actuar, si en beneficio propio, de algunos, de todos...Si lo hacemos en beneficio única y exclusivamente nuestra, estaremos actuando a todas luces de mala manera para otros. Así, el egoísta es un ser despreciado en todas las civilizaciones, ya que antepone el beneficio personal al colectivo. Siendo capaz de exterminar a todo un pueblo con tal de sacar su provecho.
Si por el contrario, actuamos en beneficio de unos pocos, bien sea mayoría o minoría, siempre serás malo para alguien, pudiendo ponerse incluso precio a tu cabeza por tus actos.
-Finalmente, como hemos dicho anteriormente no puedes actuar en beneficio de todos porque siempre alguien se verá o sentirá perjudicado.
-Alumno; Entonces lo mejor es no actuar, dejar pasar la vida.
Maestro:-¿Te estás escuchando?, ¿Cómo quieres dejar pasar la vida con lo maravillosa que es alma de cántaro?.¿No es mejor ampliar los conceptos de bien y mal y regirnos en base a otros parámetros ya que no podemos permanecer incólumes con estos principios?.
Alumno;-No te entiendo
Maestro:-El Mal, yo diría que alguien “Malo” es el que hace daño a su semejante de manera innecesaria por placer o para aprovecharse y enriquecerse personalmente con ello.
-El Bien por contra sería denunciar a ese ser maligno y ayudar de manera altruista a quien esté necesitado.
-Ambos casos requieren un esfuerzo, en uno hay beneficio personal, en el otro hay beneficio ajeno.
Alumno;-Entonces podemos decir que hacer el bien requiere un esfuerzo personal en el que no obtendremos recompensa pero la obtendrán otros. Y hacer el mal es un esfuerzo que nos reportará beneficio personal.
-En el caso del tipo que quiere hacer el puente para cruzar, ¿cual sería la respuesta adecuada?.
Maestro:-La respuesta adecuada sería hacer una barca, con la que enseñaríamos a los habitantes de la zona a pescar y que ayudaría a quien lo quisiera a atravesar el río sin hacer daño.
Alumno;-Pero para hacer el barco necesitaríamos troncos…
Maestro:-Si, pero muchos menos que para hacer un puente, que va acompañado de un camino que atraería más gentes, y ya sabemos qué ocurre con los caminos que atrae gentes.
-Alumno;El cruce de caminos
Maestro:-Así es
Alumno;-¿Me volverás a contar lo de los caminos que se cruzan?
Maestro:-Claro.

jueves, 27 de febrero de 2020

Abolicionista

-Don Miguel, vengo a presentaros mis respetos y pediros perdón por la alta traición a la que le sometí y por la que mi padre perdió su vida. 
-Además, añadió aquel hombrecillo de apenas treinta años y que no medía más de metro sesenta. -Y además, recalcó bajando la voz y moviendo su gorra de manera temblorosa entre sus dedos; mirando al suelo; incapaz de mantener la mirada al dueño de la casa,- quisiera pedirle que fuese el padrino de mi primogénito y así unir nuestras familias. 
¡Ya es tarde para el arrepentimiento!, aguanté a tu padre hasta que las ánimas lo arrastraron al fondo del canal. ¿Y ahora me preguntas si quiero ser el padrino de tu hijo?, ¿Me ves cara de idiota?. Si buscas a un idiota, toma 3 pesetas y compra un espejo, verás reflejado en él a un estúpido cada vez que lo mires.
-¡María!. Saca a este indeseable de mi casa.
María era un negro zaino de casi dos metros de alto por lo mismo de ancho, acompañaba siempre a su señor, podría decirse que era su sombra. Apenas le costó a aquel gigante coger al hombrecillo con una sola mano por el cuello, elevarlo medio metro del suelo y dirigirse a la salida. El desgraciado pataleaba, agarrado con sus dos manos a los dedos del mulato, se movía como una anguila a punto de perecer por la falta de aire. Cuando pudo por fin respirar, se encontraba rodando por el suelo a varios metros de la entrada de la casa de Don Miguel.

-¡Don Miguel Urbano!, nombraron desde el estrado -¡Presente! gritó un pequeño hombre que bien podría tener treinta o sesenta años. Era indiscutiblemente un tipo peculiar, no sólo en su físico, sino también en su histriónica manera de vestir; de pobladas cejas y a pesar de su baja estatura, fornido. Remataba aquel personaje una cara de bruto que imposibilitaba discernir su edad. Ataviado con levita bordada dorada y negra, bastón y chistera, fue abriéndose paso entre el tumulto hasta llegar a la base dónde el hombre había pronunciado su nombre.
-¡Elija uno! le conminó al recién llegado sin levantar la vista de los papeles y señalando a un grupo de esclavos. 
Sin dudarlo escogió al más grande, fuerte y difícil de doblegar. Al esclavo que nadie querría en su casa si no tuviese un capataz con mano de hierro. Pero lejos de amedrentarse, aquel pequeño hombre con cara de bruto le pagó al catalán una buena suma de dinero y se marchó del mercado llevando al gigante tras él, que de manera dócil se dejaba guiar por aquel extraño personaje. La gente se apartaba a su paso y volvía para mirarlos. Era cuanto menos curioso ver a un hombre que con chistera no llegaba al metro sesenta, llevando de paseo a un gigante con una cadena que se asía al cuello. 
-Salgamos de esta ciudad, estoy deseando llegar a Cádiz le dijo al esclavo y tomaron camino del puerto.
Una vez alejados del bullicio del mercado y del centro, en una de las tabernas del puerto, el hombre blanco comenzó un interrogatorio: -¿Cómo te llamas negro?, le preguntó al esclavo a la vez que le ofrecía una copa y se la escanciaba con vino. El hombre miraba aún con más detenimiento a su nuevo dueño, no había recibido un trato amable desde que fuera arrancado de su poblado por aquellos piratas salvajes que masacraron a toda su familia. -Maglía señor, soltó a la vez que bebía toda la copa de un sorbo...
-Maglía repitió el gaditano con una sonrisa en su boca...-¿Otra copa amigo?.
El esclavo no daba crédito ¿quién era aquel extraño ser?, ¿pretendía emborracharlo para hacerle algún tipo de hechizo?...sin tener aún las respuesta a sus preguntas volvía a tener la copa llena.
-Te preguntarás porqué te he comprado y qué intenciones tengo para ti. Pues te diré querido que sólo tengo un interés, y es que seas mi amigo. ¿Te agrada el trato?...obviamente, no tienes que responderme ahora, entiendo que para llegar a ser amigos, debe pasar un tiempo y ver cómo nos soportamos. Elevó su copa y bebió un largo sorbo.
-No tengo amigos, respondió el hombretón
-¿No,no tienes amigos? balbuceó a la vez que volvía a preguntar la respuesta que le acababan de dar.
-Están todos muertos, aclaró a la vez que bebía otro largo sorbo de vino. Y mi familia con ellos. sentenció.
 Don Miguel miró de nuevo a aquella mole, la compasión iluminaba ahora sus ojos. -Pues si Dios lo dispone, yo seré tu nuevo amigo y tu nueva familia, ya que carezco también de ambos. 
...Continuará.

La Bestia

 Sentado en la única silla que amueblaba la habitación miraba la descascarillada pared. Si, definitivamente aquella pared hacía mucho que no se pintaba. Aquel cubo en el que estaba metido, que en su día debió ser blanco, no transmitía nada. A pesar de no mover su cabeza ni tener visión periférica, sabía que allí dentro no había nada más que él, esa silla y aquellas paredes desgastadas.
 ¡Tic-tac, tic-tac!, el sonido de un reloj sonaba por algún lado.
-¡Silencio!, gritó desde lo más profundo de su ser. Y de forma mágica, el silencio se instaló a su alrededor. Pero no duró mucho tiempo, huyó de inmediato al escuchar un ¡Pom-pom, pom-pom!. ¿Qué diantres era aquello?, "diantres", se sonrió para sí mismo, le encantaba usar palabras que ya nadie utilizaba, le hacía sentirse bien, no podría explicar el porqué de aquella manía, pero no estaba dispuesto a renunciar a algo que le producía placer por muy inexplicable que fuera. El sonido seguía de manera rítmica golpeando su sien. ¡Pom-pom, pom-pom!. ¡Vaya! es mi corazón, adivinó de manera acertada, se relajó y un ¡Fiuuuu! siguió a cada latido, oía cómo la sangre salía disparada por su ventrículo hacia todo su ser... sonrió para si y el silencio volvió a ocupar toda la sala.
-¿Hola? El sonido vibró por las cuatro paredes rebotando y creando un eco que impedía determinar de dónde provenía aquel saludo.

-¡Que llega!¡que llega!, gritaba excitada desde la ventana.
 -Marga, ¡apaga las luces!
 -Mami, enciende las velas. Acostumbrada a mandar, le había preparado la fiesta sorpresa a su padre, que al abrir la puerta de la casa se encontró de sopetón con un grito de:
 -¡Sorpresa!, que le hizo tener un ataque al corazón.

-¿Hola?, volvió a retumbar aquella voz femenina y dulce por las cuatro sucias paredes. Giró su cabeza y vio una ventana de madera, dividida en cuatro y cerrada por pequeños cristales, tras ella una niña preciosa, de largo y lacio pelo rubio, ojos celeste y piel traslucida. Tras unos pequeños labios que rompían la palidez de la niña, unos pequeños dientes que relucían sobre la nívea piel. La niña lo miraba con cara dulce, no expresaba ninguna emoción, transmitía paz.

La distancia que le separaba de la ventana le parecía enorme, así que trató de incorporarse para tener una mejor visión de la pequeña, al elevarse, pudo observar que la niña estaba en un precioso jardín, enorme, al fondo se adivinaban montañas y fértiles valles, por un instante quiso estar junto  la pequeña y trató de levantarse, pero algo le retenía, unas cadenas lo sujetaban a la silla.

-¿Qué hago esposado?, ¿Porqué me tienen en esta maldita sala?, comenzaba a hacerse preguntas que hacía un sólo instante ni se le habían ocurrido.

¡Tic-tac, tic-tac! De nuevo el sonido de aquel reloj, cerró sus ojos y respiró profundamente por la nariz para posteriormente exhalar el aire por la boca. Tras haber acompasado su respiración con el sonido, un ¡Clic! rompió la monotonía haciendo que el reloj dejase de sonar, miró sus manos y las cadenas se habían soltado. Una puerta se había abierto en el decrépito habitáculo.

El hombre se levantó inseguro, desconcertado, lentamente avanzó hacia la puerta, giró el pomo y tiró suavemente, haciendo que a la vez que esta se abría la habitación se plegaba.

-¡Sorpresa!, aquel grito hizo que sintiera una punzada en el pecho, se llevó las manos al corazón y cerró los ojos.

Notó cómo la habitación había desaparecido, abrió los ojos y vio la cara de felicidad de una niña pelirroja de pelo rizado y mejillas llenas de pecas, de unos doce años, tras ella una mujer cercana a los cuarenta le miraba sonriente, era muy atractiva y debía de ser la madre de aquella niña pelirroja ya que parecía un clon en adulto de la pequeña, tras ellas, un matrimonio de avanzada edad aplaudía emocionado y junto a ellos, una hermosa chica morena de unos treinta años que portaba una tarta con al menos cuarenta velas encendidas...

Desorientado recibió los abrazos por igual de la pequeña y la atractiva pelirroja, la  pequeña jalaba de su mano gritando -¡Vamos papi, sopla las velas!.

La chica morena se acercó portando la tarta y sonriendo, sobre la mesa un cuchillo y una paleta para servir porciones, no sabría explicar cómo, se encontró con el arma en la mano y sin pensarlo dos veces, pasó la hoja cortante por delante de la garganta de la mujer morena rebanando el frágil cuello que se abrió en dos dejando escapar un caño de sangre, a la vez que por la tráquea cercenada, emitía un sonido hueco.
 El cuchillo lo tenía empuñado hacia atrás, de forma que el metal al pasarlo por el gaznate de la víctima, pareciera ser una extensión de su antebrazo. Sin dar tiempo a que ninguno de los presentes pudiera reaccionar, clavó la hoja con tal virulencia en el ojo del hombre, que hizo la punta se rompiese al impactar con el hueso parietal. La mujer a su lado gritó al ver cómo su esposo perdía la vida de manera tan violenta, un grito que pronto quedó apagado al recibir el acero lleno de restos de su querido esposo por la misma cavidad por la que emitía el lamento.
Se giró y encaró a las pelirrojas, la madre protegía a su hija, conmocionada por lo que acababa de ver suplicaba entre sollozos por la vida de ambas. No hubo piedad, a pesar de no tener punta, el cuchillo entró en el cuerpo de ambas tantas veces que dejó un amasijo de carne picada, huesos triturados y jirones de ropa ensangrentada.
 Se sentó en una silla, cerró los ojos y a abrirlo se vio de nuevo en aquella habitación cutre. Volvía a vestir el blanco pijama, la ventana había desaparecido, otra vez estaba aislado y encerrado.
-¡Dios mio!¿Qué he hecho?. Dijo el hombre sollozando y viendo aquella masacre. Sin pensarlo dos veces subió como un autómata al piso de arriba, se quitó los cordones de los zapatos, los unió, ató a la barandilla  y se ahorcó aprovechando el hueco de la escalera.
-¡Ring, ring!. El teléfono no para de sonar.
-¡Cariño!, pon otro tono de timbre en el móvil, por favor. Suplicó una chica joven a la vez que metía la cabeza debajo de la almohada. 

lunes, 8 de julio de 2019

"La Tierra Prometida"

"La Tierra Prometida"
¡Solo personas!, las palabras se repetían como un mantra a lo largo de toda la fila que avanzaba temerosa, protegida por el oscuro manto de la noche.
Cabras, ovejas, gallinas y hasta algún buey, fueron quedando abandonados tras la columna de migrantes que marchaban hacia lo que consideraban un mundo libre.
Josef, un niño de seis años de grandes ojos color azabache, apretaba un gatito contra su pecho del que se negaba a separarse. Al llegar a la primera línea de la frontera, temió que aquellos guardias le quitasen su mascota. Se aferró al minino e inocente, cerró los ojos al pasar junto a los uniformados. Una mano lo asió por el hombro y lo detuvo.
- ¡Solo personas!, le dijo con un cerrado acento.
El niño lo miró con ojos de desconsuelo, pero el hombre le arrebató el gato con un gesto brusco y lo arrojó lejos.
El tumulto continuó su marcha empujando al niño que había perdido al único ser que le quedaba de su familia. La travesía sería larga y dura hasta llegar a una tierra nueva, sin guerras, y donde todos tuvieran una oportunidad.
- ¡Josef!, una voz grave hizo que el niño se detuviese. Se giró y, a pesar de tener los ojos anegados de lágrimas, pudo vislumbrar a un enorme hombre que, con una sonrisa, le devolvía su felino.
El chiquillo, con la voz quebrada dijo:
-¡Gracias Moisés!, ahora sé que nos llevarás a la Tierra Prometida

jueves, 21 de marzo de 2019

Vida de Perros

Capítulo I

-La Tormenta.

La noche era de perros, la lluvia caía en abundancia y llevaba todo el mes sin parar de llover; El cuerpo de bomberos y el de la policía continuaban en alerta extrema, ya que el aluvión de avisos era incesante.
José llevaba toda esa semana de guardia, estaba agotado,  había acudido ya a más de veinte avisos, dormitaba en el catre habilitado en la parte alta del cuerpo de bomberos, sobre el garaje donde espera el camión con las llaves en el contacto. Tenía la costumbre de descansar con la ropa y botas puestas, ya que sabía que aquel idílico descanso tendría un fin pronto y abrupto. Así fue, la sirena le hizo levantarse del catre como si le hubieran accionado un resorte. Se lanzó por el tubo que unía el primer piso con el sótano y llegó corriendo al camión, Juan, un bombero de casi dos metros de alto por lo mismo de ancho, barba pelirroja poblada, larga melena y ojos tan pequeños y achinados que nadie sabía cuando estaban abiertos o cerrados,  y Roberto, un cincuentón recién llegado al equipo, que había sido incapaz de entablar camaradería con ninguno de sus compañeros quizás debido a que había llegado sustituyendo al anterior jefe de grupo, Miguel, un verdadero amigo que se había pre-jubilado hacía unos meses,  ya estaban en cabina.
-¡Joder!, pensó, ¿Estos cabrones duermen en el camión?. Le tocaba de nuevo ir detrás. Apenas se veía la carretera, las sirenas sólo pedían paso a la oscuridad, ya que nadie en su sano juicio se aventuraría a salir con el coche a esas horas y con ese clima. José no se percató de lo ocurrido hasta que estuvieron prácticamente encima del mismo, un coche de color rojo estaba volcado en la cuneta.
-¿Quién coño coge el coche una noche como esta?, pensó a la vez que se bajaba del vehículo y se acercaba junto a sus compañeros a evaluar la situación; aún no habían llegado las ambulancias ni la policía. José se arrodilló junto a la ventana destrozada del piloto y pudo verla aún asida por el cinturón, inconsciente y boca abajo. Se quedó pálido, instintivamente miró el sitio del copiloto y detrás del vehículo, iba sola. Cerró los ojos, respiró profundamente y se alejó del vehículo.
 -¿A dónde vas José?, Le gritó Roberto mientras trataba de cortar el cinturón de la víctima. José hizo caso omiso, anduvo unos 100 metros y se sentó en una piedra mientras la incesante lluvia, a pesar del casco, le resbalaba por la cara y empapaba todo su ser.
 Diez minutos después la ambulancia se llevaba a la mujer carretera abajo, pasó junto al hombre vestido de amarillo que seguía sin levantar la mirada del asfalto.
 Mientras Roberto hablaba con la policía, Juan se acercó a José.
- ¿Estás bien amigo?, le dijo poniendo una de sus manazas en el hombro del bombero sedente. Juan levantó la mirada, hizo una mueca triste con su boca, expiró el aire por la nariz y volvió a mirar el agua que corría arrastrando de todo cuesta abajo.
Ya en el camión de regreso a la base, Roberto se dirigió a José.
-¿Qué coño te ha pasado?
-Nada, dijo de manera lacónica José.
-¿Nada?, No has socorrido a una víctima. Insistió el jefe de la cuadrilla.
-No puedo acercarme a menos de 100 metros de esa mujer. Sentenció José que seguía con la mirada perdida
-¡Pero este es un caso de extrema gravedad!, dijo el conductor del camión de manera exaltada.
Juan que sabía de todo el calvario que había padecido su amigo, puso una de sus enormes manos sobre el antebrazo del hombre que dominaba el volante, este miró al gigante copiloto que giraba su cabeza levemente de manera negativa. El silencio se adueñó de la cabina del vehículo y llegaron al parque de bomberos sin que ninguno de los hombres volviera a abrir la boca.
Al bajar del camión Roberto anunció que iría a elaborar el informe, cuando subía las escaleras, Juan se colocó detrás y le dijo al oído.
-Ni una palabra de la actuación de José, se ha quedado de retén en el parque, ¿Entendido?.
No tuvo que elevar la voz, ni hacer que sonara amenazante, simplemente expuso un hecho que Roberto acató sin rechistar.
 La lluvia había cesado, pero en su interior una borrasca se había creado, trató de dormir de nuevo en su cama improvisada en una de las habitaciones del parque de bomberos, pero su mente no dejaba de recordar la cara ensangrentada de la joven boca abajo en el coche, de su largo pelo negro, lacio que caía en cascada sobre el techo del vehículo, enmarañado y sucio flotando en un charco de tierra, agua y sangre... Su turno había acabado hacía diez minutos, lo supo porque vio llegar a su relevo, le encantaba ser relevado por Tomás, un joven alegre que nunca veía el vaso medio vacío, y que siempre andaba canturreando. Lo saludó, le resumió los partes acontecidos durante esa semana y marchó a darse una ducha.
 Se desnudó de manera parsimoniosa, afeitó la barba que había crecido durante esa semana y se contempló ante el espejo, a sus treinta y cinco años aún  conservaba, y gracias a su profesión, un cuerpo bastante definido y fibrado. Se acarició el abundante pelo rubio y fino como el de su madre, un pelo que aún estaba arraigado a la cabeza. Su "santa madre", como la llamara su padre, siempre le contaba que cuando ella conoció a su marido, este ya lucía una enorme cabeza rala. -Un calvito interesante, decía riendo y removiendo el pelo de un José niño que sonreía de adulto ante el espejo. Un recuerdo amargo le nubló aquellos pensamientos agradables. Maldita la hora que no supo a tiempo parar a aquel desgraciado calvo que mató a su mujer y luego se pegó un tiro; un cobarde que le dejó huérfano a los trece años.
 Juan arrancó su Marco Polo (Furgoneta de la marca Mercedes preparada para viajar, pecnoctar, cocinar en ella) y salió del recinto designado como parque de bomberos. La mañana había amanecido radiante, el sol parecía que quería desquitarse de tantos días sin aparecer, José conectó la radio y comenzó a escuchar a unos contertulios discutir de política, hablaban con énfasis, pero el conductor no prestaba atención a lo que decían, esperaba impaciente el parte de noticias mientras ponía rumbo hacia la costa.
 La carretera apenas era transitada a esa hora de la mañana, las once de un martes cualquiera de primavera, la emisora comenzó a relatar el parte de accidentes y asistencias que habían tenido que cubrir los servicios de emergencia durante la pasada noche, en casi todos había estado él, pero el corazón se le heló cuando confirmaron el fallecimiento de Dolores M. A., una mujer de 35 años, muerta en accidente de tráfico la pasada madrugada.
 Notó al oír el nombre de la que fuera su pareja como si le sacaran todo el aire de los pulmones, y sintió que su mente, para seguir funcionando, exprimiera de todo su ser el poco oxígeno que por sus venas corriera. Se echó a un lado de la carretera, bajó del vehículo y vomitó arrodillado en un prado verde del que no podía adivinar su fin.

viernes, 1 de febrero de 2019

Sangre y Tierra


Agosto de 1938, hospital de soldados de Extremadura. Incapaz de hablar o moverse, veía cómo por el pasillo pasaban heridos leves atendidos por sanitarias, sentía en la garganta el sabor a sangre y tierra, había perdido parte de la lengua y la mandíbula. Al ver pasar a una enfermera, levantó con gran esfuerzo un brazo y esta lo miró como quien ve resucitar a un muerto. Lo sacaron de la morgue para poder contar esta historia.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Viaje extremo

Llevaba días, ¡qué digo días!, meses sin escribir una sola línea. La inspiración había desaparecido, las horas pasaban muertas delante del ordenador viendo fotos archivadas que rememoraba una y otra vez en mi mente historias ya vividas. Sonreía, a veces lloraba y en algunas recurría al onanismo visionando imágenes de esas amantes que decidieron jugar con la cámara.
 Los días se mezclaban con las noches. En la barra de herramientas parpadeaba el editor de textos deseando que desvirgara su nívea hoja con las sombras de las palabras, pero aún a sabiendas que debía ponerme a escribir, las imágenes y los recuerdos podían con mi voluntad.
“Viaje a Cancún”. Había revisado todas las carpetas menos esa, el ratón pasaba por encima una y otra vez sin querer detenerse sobre ella, casi de manera involuntaria golpeé dos veces sobre el dibujo amarillo que simulaba un archivador de cartón. En pocos segundos la pantalla comenzó a llenarse de instantáneas, imágenes de la piscina, hotel, selva, siempre sonriendo y acompañado por una exuberante mujer de la cual no lograba recordar su nombre. La última de las fotos me mostraba subiendo a un avión, soñoliento y despidiéndome de manera teatral de la ciudad. Al cerrar la imagen, el editor de texto ocupó toda la pantalla de nuevo y el parpadeo negro sobre blanco del punto de inserción me tenía hipnotizado; de pronto me sobresaltó ver cómo empezaba a moverse dejando tras de él un rastro de  letras...”Ya es la hora...”.
-¿Ya es la hora?, ¿la hora de qué?. Pregunté en voz alta, como si alguien fuera a responder. Quedé de nuevo mirando aquella línea parpadeante tras los puntos suspensivos, y casi sin esperarlo, el cursor siguió escribiendo; “...de la partida”.
No entendía qué estaba pasando, aquello era un mal sueño, miré la habitación que había quedado blanca, despojada de todo objeto….. se había convertido en un espacio impersonal. Sobre la incólume pared comencé a visionar, como si de una proyección en tres dimensiones se tratara, el interior del avión que acababa de salir de México dirección España. Sin esperarlo, una explosión y una luz cegadora me devolvieron de nuevo a mirar, de manera obsesiva ,la pantalla del ordenador personal y el ir y venir periódico del punto de inserción.
-¡Dios mío!, balbuceé, estoy muerto.
-¡Venga! ¡Vamos! ¡Ya es la hora¡. Una voz femenina se introducía en mi oído a la vez que sentía cómo me zarandeaban.
Abrí los ojos y vi a María, mi joven esposa sonriente, vestida cómo una turista y cargada de bolsas.
-¡Vamos, llegamos tarde!, me alentó de manera impaciente sin perder su sempiterna sonrisa, visaje del que me había enamorado.
La seguí como quien sigue la inercia de la multitud cuando abandona un concurrido recinto, al llegar a la escalera que subía al avión, mi chica me dijo:
-Sube que te hago una foto. Y allí subí con aire despreocupado mientras ella cogía la pequeña cámara de la mochila, y sin pensarlo, me despedí de aquella ciudad de forma teatral.

martes, 17 de julio de 2018

La voz de la experiencia

El otro día, hablaba con un octogenario, a decir verdad, aún le faltan algunos meses para cumplir los ochenta. La lucidez y clarividencia a la hora de analizar la situación actual resultaba espeluznante.
 Toda su vida la dedicó a trabajar en el campo, cuidando tierras, cultivos y árboles de otros. Crió y educó a sus hijos bajo una premisa básica. Sentido común, que desgraciadamente, es el menos común de los sentidos.
Con estos mimbres, me contaba que la gente de hoy en día pensaba que el llamado "bienestar", era un maná caído del cielo y que eso era tan falso como una moneda de  3 Euros. Me contaba, que sus padres habían trabajado mucho y que sus vidas habían sido miserables, que él había trabajado se sol a sol y luchado para llegar a lo que hoy en día tenemos, y que le entristece enormemente que no se cuide ese logro social, que tantas lágrimas y esfuerzo ha costado.
Me confesaba, que a él le quedaba poco, pero que sentía pena por nosotros, por las generaciones de sus hijos y nietos. "Difícil lo vais a tener", me decía mirando hacia mi cara pero casi sin verme, ya que la vista la tiene tan cascada cómo su corazón ( 4 infartos y ni se sabe los micro-infartos, con dos pares de muelles) y rodillas...las muletas le ayudan a desplazar ese gran cuerpo.
 Avisa de que la inmigración descontrolada es un problema, el ejemplo tan básico que daba, cuanto menos es curioso. "Si un pueblo tiene una panadería, decía con su voz grave, y sólo tiene capacidad para hacer cincuenta piezas de pan, si tiene que dar 100, seguro que 50 se quedan sin pan". Sentenciaba.
No dejo títere con cabeza de los políticos españoles, que se miran más el ombligo que buscar auténticas soluciones.
De Europa, se quejaba de la desunión que existía y ponía de vuelta y media a la mediocridad política internacional, nada que envidiar a la nacional.
Dio comienzo la final del Mundial de Rusia, Francia batía el cobre con Croacia, los Balcánicos se aproximaron de forma peligrosa, y de pronto, aquella voz de la experiencia volvió a surgir: "Muchos !Huy¡ y pocos ¡Ay!, este partido lo ganaran los Franceses".

...Ya sabéis cómo quedó la cosa....

martes, 15 de mayo de 2018

Día de Playa


Querida lectora, sentada bajo la sombrilla, pasando calor, los pies enterrados en arena, mueves tus dedos mientras lees y escarbas con esas uñas que piensas que ya deberían recibir, como mínimo, un recorte. Sola o acompañada, más bien rodeada, la playa muy a pesar tuyo está abarrotada, levantas la vista un momento y ahí están, esos niños pesados gritando cómo si un megáfono se hubiesen tragado. De manera lamentable, en tu caso, no sólo son los niños, también es esa mujer que otrora se definía sílfide y ahora encarnaría perfectamente el papel de la gorda que se ahogó en el Poseidón. Mujer que viene a la playa con la permanente de peluquería, capaz de hablar con la boca llena de tortilla al mismo tiempo que se queja de que ella no come y que le engorda el aire. Un poco más alejado, un señor con bigote tiene un torrente de voz imponente, parece que habla desde una cueva, está a tres toallas de distancia, pero su vozarrón se mete en tu cabeza. -¡Maldita sea!, parece que está junto a tu oído y no puedes concentrarte en la lectura. Y lo peor, el ridículo que hace tratando de llamar la atención de las dos chicas que escuchan música con sus auriculares, que deben de tenerlo a todo volumen para ignorar al mastuerzo. La lectura de estos relatos te parecen muy interesante, pero notas cómo unas gotas de sudor recorren tu canalillo, un refrescante baño te quitará el sofoco y te desconectará del enjambre que te rodea. Buscas algo para marcar la página, no visualizas nada que pueda servirte, así que decides dejar el libro boca abajo y sortear los obstáculos que te van surgiendo hasta por fin llegar al refrescante agua. Lo primero que introduces son tus pies, definitivamente, debes cortarte las uñas, parecen conchas de almejas. Tus dedos se entierran en la fina arena y la temperatura del agua es la apropiada. Continúas decidida hacia delante, alejándote poco a poco del ruido que emiten 
los bañistas, dejando que el sonido de la naturaleza te embriague. Sus fornidos brazos te agarran por el cuello, estás en un sueño, hace tiempo que has dejado de luchar, sabes que es un imposible y que lo mejor, es dejarse llevar por los acontecimientos. Su moreno rostro se aproxima de manera muy peligrosa al tuyo, sientes cómo sus labios carnosos se funden con los tuyos, y allí, en la orilla, a ojos de todos, abrazas a tu adonis. -¡Ay!. Te quejas - ¡Perdón!, suelta un hombre de más de cincuenta años, con camisa celeste de mangas cortas, abrochados los tres primeros botones, tapando una enorme barriga y gorra de publicidad de pinturas. Cargando con sombrilla y sillas, siguiendo a una señora que busca desesperada un claro donde poner sus pertenencias. Miras al hombre que te ha golpeado la espinilla con cara de pocos amigos. -¡Vaya, me he quedado dormido!, piensas mientras recoges el libro que está sobre tu pecho. ¿Por dónde ibas?, A sí, aquí. Miras a tu derecha y ves a una joven que lee el mismo libro que tú, ¿Qué relato estará leyendo?, discurres mientras observa cómo se seca el sudor que le cae entre los pechos. Las chicas que están a tu lado escuchando música también leen el mismo libro. -¡Joder con el tío del bigote!, ¡qué pesadilla!. No lo dudas, te levantas y le haces saber que está molestando a las chicas, que haga el favor de comportarse. Lejos de amilanarse, el individuo te increpa, la playa centra su atención en la trifulca. -¡Ya la hemos liado!, ese pensamiento es el que se cruza en tu mente a la vez que tu mano sale directa hacia la cara del bigotudo, que de manera prodigiosa se aparta y esquiva el golpe. Se lanza sobre tu cuello y ambos rodáis por la arena, sombrilla, toallas, cuerpos de personas, neveras, palas,… en un abrazo de oso interminable. -¡Qué susto!, gritas a la vez que notas los peludos brazos alrededor de tu cuerpo. 
El chico te mira con cara de alegría, tu lo miras y dejas el libro mientras te fundes en un beso eterno. La playa está como un Domingo, observas todas esas cabezas y piensas que cada una de ellas debe tener una vida interesante, pero que todas, al final llegan a tu playa a disfrutar de un buen día de sol y mar. Desde lo alto de tu escalera de vigilancia, tocas las hojas de un libro, estás deseando que llegue la hora de acabar el turno para echar un ojo a esos relatos. Ves cómo hay muchas personas leyendo el libro, y eso hace que tengas aún más ganas de leerlo. De pronto, una chica se está alejando de la orilla, se introduce bastante en el mar. Tu instinto te pone en alerta. No falla, corres a salvar una vida. -¡Vamos a casa nena!, ya el sol ha caído y no queda casi nadie en la playa. -Un minuto cariño, que termino el relato. La mira con condescendencia y mientras ella termina el último relato, recoge los bártulos. De vez en cuando, la mira de soslayo y observa cómo sonríe. Debe estar bien ese libro que la ha tenido entretenida todo el día, piensa mientras mete la sombrilla en su funda. -¡Ea cariño!, dice la chica mientras se levanta de la silla de playa y cierra el libro con determinación. -Vamos ya para casa, acabo de leer el fin.

viernes, 13 de abril de 2018

Cualquier tiempo pasado

 Hubo un tiempo en el que los hombres eran gigantes, con una fuerza descomunal, capaces de lanzarnos por los cielos y recogernos antes de estrellarnos contra el suelo.
Hubo un tiempo en el que las noches eran largas y los días pasaban lentamente.

Hubo un tiempo en el que las únicas preocupaciones eran divertirse y estar con la familia... hubo un tiempo en el que fuimos niños.

viernes, 23 de febrero de 2018

Gómez y el caso de las cabezas

Bajo el triste amanecer caminaba con paso decidido hacia ninguna parte. La acera resonaba bajo sus pies, creando una sonoridad ambiental que a todas luces indicaba que andaba con prisa. El frío aquella mañana era aterrador, Rocío sólo dejaba traslucir bajo aquel montón de ropas unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo el sol colombiano. Con el bolso agarrado con fuerza y pegado a su costado, pronto dejó de reconocer los edificios y se perdió en el océano de hormigón.
-¡Deje de comer chicle!. La presencia del desagradable detective no pasaba desapercibida. El joven oficial se tragó la goma de mascar impresionado por el porte de su superior.
Parecía sacado de una novela policíaca de los años cincuenta. Vestía con traje de chaqueta, corbata, gabardina beig y un sombrero de lana marrón.
Pasó por el lado de los agentes sin mirarlos, sólo cuando el olor a perfume barato se diluyó, los policías se relajaron.
-¿Qué tenemos aquí?, le preguntó al detective Martinez, un tipo bajo, rechoncho, con incipiente alopecia y unas gafas de pasta demasiado grandes para su pequeña cara. A diferencia de su compañero, Martinez vestía con un sueter azul y pantalones vaqueros.
- Parece un asesinato, dijo Martinez.
-¿Puedo echar un vistazo?, quiso saber el recién llegado.
-Adelante, todo tuyo Gómez.
La escena era aterradora, en la acera se apilaba un montón enorme de ropa, toda ella bien doblada. Delante, en la calzada, un par de botines de cordones con tacón, curiosamente, uno permanecía de pié y otro tumbado. Hasta ellos llegaba un reguero de sangre, Gómez siguió el rastro hasta llegar a una cabeza, el rostro no denotaba nada, pareciera que fuese de cera, lo único destacable, además de su enorme belleza y pelo naranja, eran unos enormes ojos verdes que miraban al infinito.
- ¿Y el resto?, preguntó sin apartar la mirada de aquellos ojos.
- No lo sabemos, le informó Martinez a la vez que garateaba en una libreta.
Un enorme suspiro salió de aquel enorme hombre ataviado con gabardina y sombrero.
-¿Han peinado la zona?,¿Tenemos algo más?. Siguió indagando.
-No hemos encontrado nada, sólo esto que tienes aquí delante. Martinez había cerrado la libreta y guardado el bolígrafo plateado regalo de sus hijos por su cuarenta cumpleaños.
-La científica buscará huellas dactilares, aunque no creo que encuentren nada. Se situó junto a su compañero. Vistos desde atrás, la imagen cuanto menos era curiosa, aquel detective que no llegaba al metro sesenta, y de cerca de ochenta kilos, junto al espigado compañero que sobrepasaba el metro noventa con aquel sombrero de ala y su gabardina beig.
-¿Por dónde empezamos?, quiso saber el más bajo de los hombres.
Gómez lo miró desde su atalaya y le dijo con voz muy seria: -No sé tú, pero yo voy a tomarme un café.
-¡No puedo más!, el grito de la mujer salió del despacho acristalado, todo el que estaba en el exterior miró con preocupación hacia dentro de aquella habitación transparente.
La mujer que gritaba se derrumbaba en una silla tras una enorme mesa, mientras que la otra mujer cerraba las persianas para que la intimidad fuese completa.
- ¡Vamos Marga!, intentaba animarla la joven mientras terminaba de convertir el despacho en un bunker visual. -¡Seguro que es un enfado pasajero!.
-¿Pasajero?, contestaba sin disminuir el tono de su voz, - ¡Es un grandísimo hijo de la gran puta!, afirmaba mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas.
Inés, la joven secretaria, le tendía unos pañuelos de papel tratando de mitigar el dolor -No merece que derrames una sola lágrima por él.
-No es por él, es por mí. Contestaba acongojada Marga...

martes, 26 de diciembre de 2017

Sueño

Sueño, sueñas con alcanzar lo infinito, miras absorto hacia la nada, pensando, soñando. La mísera existencia que vives no se refleja en la única válvula de escape que tienes, tus sueños. Sueñas con el amor, el éxito, la playa, el poder, el dinero. En definitiva, sueños de pobre. Tu mejor sueño es el de la libertad, no ser esclavo del sistema ni de ti mismo, pero tienes miedo a romper las cadenas que voluntariamente te pusiste. Cada día que amanece deseas que llegue la hora del sueño para volver a ser Libre. ¡Despierta, ha llegado el momento!.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El Rey (cap.II)

-¡Co-co-co coño, el sol!. Dijo al romper una rama con su machete.
Por arte mágico, la selva había dejado paso a un enorme descampado, donde el sol nos dejó cegados por unos segundos, lo que pudimos ver cuando los ojos se acostumbraron a la luz nos volvió a dejar sin palabras.
Una veintena de hombres desnudos nos apuntaban con sus arcos rudimentarios y lanzas con puntas de piedra afilada. 
A mi derecha "el Grillo", con la boca tan abierta como los ojos, tras él "el Cabesa", de la población gaditana de San Fernando, que a todo el mundo lo trataba con el apelativo de Cabesa, de ahí que todos se dirigían a él con el mismo calificativo. A mi izquierda, Gonzalo, "el viejo", ya lo conocéis, junto a él "el Mellao", un extremeño con más valor que dientes y cerrando la expedición, un Jienense al que todo el mundo conocía como "el Granaino", pues no en vano se había comido un día una docena de granadas y estuvo más de una semana sin poder dar de cuerpo. A mi me conocían como "el Tiñoso", vecino de Puerto Real y enrolado en las filas de Don Fernando IV, mi apodo me lo pusieron por tener las manos negras de la tizne que soltaban los chocos que cogía para poder sobrevivir. Ahí estábamos, "el Cabesa", "el Grillo", "el Viejo", "el Tiñoso", "el Mellao" y el "el Granaino", cara a cara con los primeros seres humanos que veíamos en semanas.
Una flecha surcó el aire y se estrelló contra mi armadura haciéndose añicos la saeta al contacto con el metal.
- ¡Nos atacan!, gritó "el Viejo", mientras se arrodillaba y descolgaba de su hombro el arcabuz.
Antes de que nos pudiéramos poner en guardia, la batalla había concluido. 
El que había lanzado la flecha, que parecía ser el jefe puesto que se adornaba el cabello con plumas, se había arrodillado y depuesto sus armas. Le siguieron todos y cada uno de los soldados indígenas que le rodeaban. Sus movimientos parecían que eran de adoración. "El Mellao" comenzó a reír a carcajadas, todos lo miramos sorprendido.
-Pues no parece, dijo cogiendo aire, que "el Tiñoso" es su nuevo Dios..
Me di cuenta que todos los hombres arrodillados me miraban de reojo y atemorizados, el brillo de mi coraza bajo el sol y el haber repelido su flecha con mi pecho de hierro, les había hecho creer que yo tenía poderes y era un Dios.
-Venga "Tiñoso", dijo "el Viejo" a la vez que me empujaba hacia delante, -Haz que tus súbditos nos agasajen y den comida, que tengo tanta hambre que me comería a tu madre por los pies.