sábado, 27 de agosto de 2016

Vacaciones

 -Nunca pensé que esto pudiera ocurrirme a mí. ¿Cuantas veces había oído esa frase a lo largo de mi vida?, tantas que no sabría decir la cantidad exacta. Mi trabajo como médico oncólogo en el Hospital Universitario de Puerto Real me habían llevado a transmitir tan mala noticia a tantos pacientes, que el día que me tocó a mi, repetí indefectible la frase que tanto había oído de boca de los aflijidos pacientes.

Me llamo Juan Salvador Gaviño, sí, la broma de la gaviota me la habían echo hasta la saciedad. La gente se repite, nos repetimos en lo que creemos que pueda ser un alarde de ingenio para convertirlo en un bucle cansino y poco afortunado.

-¿Cómo se llama Usted?
-Juan Salvador Gaviño
¡Ah!, decían a la vez que asomaba una sonrisa estúpida y cambiaban de manera estudiada a cara de ser ingenioso e ilustrado. ¡Juan Salvador Gaviota!, ¡como el libro!.
El hecho de recalcar que mi nombre era como el título de la obra más reconocida de Bach, me repateaba el hígado, pero como buen ser humano sacaba mi cara más falsa para sonreír de manera que pareciese que acababa de oír por primera vez aquel ingenioso chascarrillo.

Los análisis no engañaban, Juan Salvador “Gaviota” tenía metástasis por todo el cuerpo, a lo sumo, viviría tres meses más. Miré mi reloj, vaya fastidio, lo tarde que es con la de cosas que tengo aún que hacer. Cerré la carpeta que contenía el informe, me despojé de la bata blanca y salí con los papeles bajo el brazo dirección de la oficina del director jefe.

-Buenas tardes, dije a la vez que accedía al despacho del director jefe, en la puerta una pequeña placa informaba de quien había tras la puerta, M. Sánchez López.
-Hola Miguel, dije mientras me sentaba en el sillón rojo frente a la mesa atestada de papeles e informes del médico jefe. Miguel me saludó sin levantar la vista de los folios que leía. Pude fijarme con atención en aquel pequeño hombre, pasaría de largo los cuarenta pero nada delataba su edad. El pelo lacio separado por una línea hecha con regla aún permanecía zaino, un poblado bigote bajo la nariz desproporcionada para aquella cara, aún más pronunciada por la pequeña gafa sin monturas que usaba, se movía debido a la lectura silenciosa que hacía el médico. Su despacho estaba repleto de estanterías con libros y archivadores, una pequeña ventana era insuficiente para llenar de claridad la estancia, que al igual que todo el hospital, se iluminaba de fluorescentes.
No sentía nada, ni dolor, ni miedo, ni rabia. Esperaba paciente observando todo a mi alrededor, a sabiendas que todo carecía de importancia e interés, salvo que tenía mis horas contadas. Pero aún así, mi estado anímico seguía siendo el mismo que adquirí tras tomar mi primer café.
-Tú dirás, interrumpió mis pensamientos las voz grave que parecía salir de lo más profundo de una caverna, impropia de aquel pequeño hombrecillo. Sin mediar palabra le arrojé mis informes sobre la mesa.
Miguel sin apartar sus ojos que asomaban por encima de las lentes sobre su inmensa nariz de los míos, tomo el informe y solo hasta que tuvo los papeles a la distancia correcta y en posición para el enfoque correcto no dejó de mirarme para fijarse en los documentos.
Su cara se iba demudando, cuando acabó de escudriñar todos los datos dijo de manera casi automática.
- ¡Vaya por Dios!
- ¿Qué tiene que ver Dios en todo esto?, dije en un tono monótono.
Miguel, acostumbrado a mi estado ateo, ni tan siquiera se dignó a replicar.
- ¿Qué piensas hacer?
- Nada, fue mi lacónica respuesta.
- ¿No quieres entrar en ningún programa experimental?, aventuró a modo de último salvavidas.
Sonreí de medio lado, negué con la cabeza y dije con el mismo tono invariable:

-Me tomo estos tres meses de vacaciones.

martes, 23 de agosto de 2016

MIEDO

El MIEDO, así con mayúsculas. Todos tenemos miedo, es algo intrínseco a los seres vivos, el miedo nos hace ser prudentes y ayuda a que las especies sobrevivan, aunque siempre hay individuos que carecen de una parte de los miedos o de casi su totalidad. Hay personas que si oyen un ruido, no se tapan con la sábana protectora de cuchillos, y son capaces de levantarse de la cama e ir a ver que ocasionó el estruendo; o quienes son capaces de escalar montañas imposibles o descender a cavernas jamás visitadas. El miedo, esa sensación tan subjetiva y tan aprovechada; Explotada por sacerdotes y escritores, pasando por madres, profesores, cineastas... El miedo a Morir; a ser devorados; a que te entierren vivo; a perder a un ser querido; al dolor; a la condena eterna; a la oscuridad; a las alturas; a los seres de otras especies; a lo desconocido... Sólo para aquellos pocos valientes que no tienen miedo y se diferencian de los de su especie, va dirigido el relato que podrán leer en mi blog. Una vez leído, sabed que os convertiréis en mansos corderos temerosos de la manada.