sábado, 29 de mayo de 2010

Poemilla 3

Navegando por la red, a un Mago buscó, y el destino a un jardín le llevó. Al parecer cómodo se encontró, y este poema le dedicó.

Del amor del sur,
de su tremenda luz,
el baile del tul,
sorprendeme tú.

No quiero un fin,
en el romántico desliz
búscame una flor de lis.

Por ello quiero que sepas
que me gustó el azul de tu jardín
sigue vivo, sigue así.

Juan Peralta



Gracias Juan, y me alegro que disfrutes de este jardín que es regado para el deleite de todos.

sábado, 22 de mayo de 2010

Diana Cazadora

Esta mañana, pude comprobar como la diosa de la Luna había descendido a la tierra para realizar su actividad preferida; la caza. Apareció precedida de su bestia, en busca de una pieza que saciara sus ansias de cazar. Dueña de la naturaleza, joven, bella y segura de sí misma, atravesaba ríos, bosques y prados sin perder la concentración de su objetivo.
Desde mi atalaya, contemplé a la Diosa Artemisa en todo su esplendor. Suerte tuve de que Cupido a estas horas de la mañana dormitase. Y para ser sincero, entre la flecha de cupido o la de Diana, preferiría ser atravesado por una de la virgen blanca. Solo para poder decir que ella me había partido el corazón.
Me llamo Endimión, y sueño cada noche con los suaves labios de Diana sobre los mios temiendo despertar para descubrir que no es verdad.

jueves, 20 de mayo de 2010

Stressssssss

Los ojos le ardían frente a la pantalla del ordenador, Volver sonaba en la pequeña radio junto a la TFT, su cuerpo añoraba algo y no sabía qué.
El jefe pasaba de vez en cuando y reprobaba con la mirada inquisitiva ese libertinaje de oír música mientras trabajaba, pero en un curso de formación le habían dicho que eso era positivo para el trabajador y por ello lo permitía. Según un estudio americano, así le había contado aquel raquítico psicólogo que impartía clases de técnicas de mando, las gallinas que escuchaban música ponían más huevos que aquellas que no la oían independientemente de estar hacinadas.
la cara estaba llena de eccemas, ya no podía ni fumar, aunque tampoco le apetecía; en casa su mujer le había abandonado por un chico diez años más joven que él y mucho menos aburrido. Sentía como se ahogaba y no encontraba un respiradero.
Iba siempre acelerado, estaba tenso y ante cualquier problema saltaba como si le hubiesen pinchado.
en la oficina solo se oían los aporreos de los dedos sobre los teclados y alguna que otra tos, amén de la radio que ahora deleitaba a sus oyentes con el Sapore di Sale.
A las 8 de la tarde ya no quedaba nadie en la oficina, solo estaba él frente al Pc, inmóvil, escuchando las noticias de las ocho en punto. Al salir para casa, el jefe volvió a mirarlo agradado de ver a su trabajador más eficiente, pero al comprobar que no se movía se ofuscó, así no se producía, caminó hasta su lado y tosió fuertemente para llamar la atención.
La radio acababa de terminar las noticias y el empleado no se movía, el jefe tocó el hombro pero no hubo reacción, giró la silla y se encontró con la carcasa de un cuerpo, la cuenca de los ojos estaban vacía y se podía comprobar que en su interior no había nada.

martes, 18 de mayo de 2010

Vacío

Sentado sin ideas, a solas en aquella silla de enea, sobre la mesa, un folio esperando que el negro manche lo blanco. A oscuras espera que las musas le inspiren y pueda plasmar todo lo que en su cabeza burbujea, sin mobiliario externo, sin manchas en la pared, todo reflejado en monocromo, en una ausencia total del color.
El magma efervescente de sus cerebro comienza a hervir desacerbadamente, su quietud externa se contrapone a la actividad interior. De sus ojos, espejo del alma, solo se traslucen dos lágrimas quietas. Dentro de su cabeza todo empieza a girar, la velocidad hace que todo el cerebro se despedace en mil pequeñas partículas que en su baile disparatado logran resquebrajar el envoltorio.
Tras unos segundos y en silencio, una explosión desparrama todo el interior sobre las blancas paredes y la mesa...en el folio descansan unos restos de cerebro, piel y cabello mojado.
El monocromo inunda la habitación, el color no aparece, la sangre no es roja, el cerebro no es gris, los restos esparcidos no tienen color.
Apaga la luz.

martes, 11 de mayo de 2010

Solo fuman las mujeres feas

Aristóteles afirmaba que la adolescencia era la etapa de la vida donde se aprende a tomar decisiones. La industria del cine, imagino que auspiciada por las tabacaleras, promovió a "chicos" duros siempre con un cigarrillo entre los labios y a mujeres "fatales" apagando con tacones imposibles colillas impregnadas en carmín. Esto hizo que muchos adolescentes, por no decir todos, acudieran en tropel a encender el mítico cigarro que los desprendía de la niñez para hacerlos hombres.
Con el tiempo, fuimos descubriendo que aquello no era el puente que nos depositaba en la madurez; los estados fueron informando a los ciudadanos de lo nocivo del tabaco y restringiendo sus lugares de consumo. El tabaco dejó de convertir en ser especial al consumidor, a marcar a su usuario en poco menos que apestado.
Cuando en la intimidad de una conversación, a la cálida luz de la chimenea el vino emana los efluvios adquiridos en su barrica de roble, entremezclandose con el dulce olor a jabón de la chica salpicado con esas gotas de perfume que al contacto con su piel adquiere el sorprendente aroma de la pasión, oigo un;
-¿Quieres uno?, y saca ese paquete que precisamente no es mio y deposita una de esas balas sobre sus preciosos labios rojos.
-No fumo, gracias. Y contemplo con lágrimas en los ojos como esa hermosa chica juega a la ruleta rusa con pitillos.
Quince años después, el destino hizo que nos cruzáramos en el camino.
¡Hola!, que bien te veo me dijo. No sé si lo hizo por se amable o ciertamente me veía bien, lo que sí era cierto es que yo no le pude mentir y me quedé callado.
Continuaba con un cigarrillo en su boca, aquellos dulces labios habían perdido el color rojo y se enmascaraban tras una gruesa capa de pintalabios que resquebrajada en las mil arrugas que adoptaba al succionar el cigarro, desaparecía justo en el centro donde quedaban impregnados los filtros que apagaba uno tras otro compulsivamente consumidos en unas colillas sangrantes y apestosas. Sus dedos teñidos de alquitrán amarillo gesticulaban con el cigarro mientras me contaba lo estupenda que se sentía. De vez en cuando una tos que salía del fondo de su pecho intentando abrirse paso entre los atascados bronquios, la interrumpía y ella se excusaba diciendo que estaba un poco resfriada. El olor que desprendía toda ella era el de un cenicero sucio. Aún recordaba el olor fresco de su boca y el de su piel.
Esa noche, al acostarme solo en mis limpias sábanas, no pude más que pensar en el ¿por qué?.