viernes, 1 de diciembre de 2017

El Rey (cap.II)

-¡Co-co-co coño, el sol!. Dijo al romper una rama con su machete.
Por arte mágico, la selva había dejado paso a un enorme descampado, donde el sol nos dejó cegados por unos segundos, lo que pudimos ver cuando los ojos se acostumbraron a la luz nos volvió a dejar sin palabras.
Una veintena de hombres desnudos nos apuntaban con sus arcos rudimentarios y lanzas con puntas de piedra afilada. 
A mi derecha "el Grillo", con la boca tan abierta como los ojos, tras él "el Cabesa", de la población gaditana de San Fernando, que a todo el mundo lo trataba con el apelativo de Cabesa, de ahí que todos se dirigían a él con el mismo calificativo. A mi izquierda, Gonzalo, "el viejo", ya lo conocéis, junto a él "el Mellao", un extremeño con más valor que dientes y cerrando la expedición, un Jienense al que todo el mundo conocía como "el Granaino", pues no en vano se había comido un día una docena de granadas y estuvo más de una semana sin poder dar de cuerpo. A mi me conocían como "el Tiñoso", vecino de Puerto Real y enrolado en las filas de Don Fernando IV, mi apodo me lo pusieron por tener las manos negras de la tizne que soltaban los chocos que cogía para poder sobrevivir. Ahí estábamos, "el Cabesa", "el Grillo", "el Viejo", "el Tiñoso", "el Mellao" y el "el Granaino", cara a cara con los primeros seres humanos que veíamos en semanas.
Una flecha surcó el aire y se estrelló contra mi armadura haciéndose añicos la saeta al contacto con el metal.
- ¡Nos atacan!, gritó "el Viejo", mientras se arrodillaba y descolgaba de su hombro el arcabuz.
Antes de que nos pudiéramos poner en guardia, la batalla había concluido. 
El que había lanzado la flecha, que parecía ser el jefe puesto que se adornaba el cabello con plumas, se había arrodillado y depuesto sus armas. Le siguieron todos y cada uno de los soldados indígenas que le rodeaban. Sus movimientos parecían que eran de adoración. "El Mellao" comenzó a reír a carcajadas, todos lo miramos sorprendido.
-Pues no parece, dijo cogiendo aire, que "el Tiñoso" es su nuevo Dios..
Me di cuenta que todos los hombres arrodillados me miraban de reojo y atemorizados, el brillo de mi coraza bajo el sol y el haber repelido su flecha con mi pecho de hierro, les había hecho creer que yo tenía poderes y era un Dios.
-Venga "Tiñoso", dijo "el Viejo" a la vez que me empujaba hacia delante, -Haz que tus súbditos nos agasajen y den comida, que tengo tanta hambre que me comería a tu madre por los pies.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

El Rey

Estaba mojado hasta los huesos, era el único en la expedición que aún conservaba la armadura, el resto la había ido dejando arrumbada en aquella maldita selva. Desde que entramos en aquella espesura no habíamos visto el sol, pero sí recibíamos en nuestros cansados cuerpos el agua que caía del cielo y subía del suelo. Estábamos en la peor de las emboscadas. Gonzalo, el más viejo del grupo, que se jactaba de haber estado metido en agua hasta el cuello una noche entera en los fríos canales de Flandes, profería improperios de manera continua de lo inhumano que era aquella selva. La calor junto a la humedad, se hacían insoportables. Cada metro que avanzábamos, era ganado a golpe de mandoble contra lianas y arbustos que se empecinaban en retenernos para siempre en aquel vergel.
"El niño", Miguel de Santander, arrastraba su cuerpo tras nosotros, las fiebres y el agotamiento se reflejaban en su rostro, había visto muertos con mejor aspecto que el que lucía el pobre muchacho. Todos nos preguntábamos cómo había sido posible que siendo del norte y acostumbrado a las húmedas tierras cántabras, su cuerpo no resistiera. También es cierto, que ninguno de los presentes habíamos subido de Toledo y no teníamos ni puta idea de cómo era el húmedo Norte. Apenas avanzábamos cien metros en todo un día.
Al anochecer, mientras cenábamos tocino rancio, me dedicaba a acicalar mi armadura. No quería desprenderme de ella, no sabía qué podría encontrarme en esa selva, y no quería que mi escudo corporal se oxidara, así que untaba una parte del tocino de la cena sobre la coraza para que repeliese la humedad y el óxido no se cebara con ella.
El amanecer nos sorprendió infringiendo al grupo una baja. "El niño" había muerto, y parecía tener mejor aspecto que cuando estaba vivo. A lo largo del día, miré hacia detrás, y vi su cara cetrina relajada. En la distancia lo veía apoyado sobre aquel árbol donde su descanso eterno parecía hasta envidiable. En el registro que hicimos antes de reanudar la marcha, encontramos un crucifijo, un pañuelo de seda perteneciente a alguna mujer importante de su vida. Su madre; hermana o amante y una bolsa de cuero con tres céntimos de real. Lo despojamos de sus armas y dejamos que su cuerpo se fundiera con la naturaleza. Durante ese día y los tres siguientes, nadie pronunció una sola palabra. Fue "el Grillo" el primero en romper el mutismo. Cristobal de la Serna, murciano con el defecto de la tartamudez en el habla, Al presentarse, repetía la primera sílaba de su nombre, creando una onomatopeya parecida al sonido que emitían los grillos, de ahí su apodo. "cri, cri, cri".
-¡Co-co-co coño, el sol!. Dijo al romper una rama con su machete.
Por arte mágico, la selva había dejado paso a un enorme descampado, donde el sol nos dejó cegados por unos segundos, lo que pudimos ver cuando los ojos se acostumbraron a la luz nos volvió a dejar sin palabras.

lunes, 9 de octubre de 2017

La larga Noche

Esta historia que os voy a narrar, es cierta en su totalidad. No quitaré un punto ni pondré una coma de más. Entiendo que es una frase muy manida en las historias de terror, pero en esta ocasión es real.
Llegamos al pueblo de ..., no recuerdo el nombre, estaba situado en lo alto de una montaña, era invierno y lloviznaba. La casa que nos asignaron en el hotel que había a la entrada del pueblo, cuanto menos era tétrica. Techos bajos, oscura, de dos plantas, muebles fabricado varios siglos atrás…
Mi esposo, mi niña de 4 años y yo escogimos de las tres habitaciones, la más amplia, con cama de matrimonio y un pequeño ventanuco que daba a la estrecha calle. Tras cenar en el hotel, subimos por callejas siniestras hasta la casa. Nos acostamos los tres juntos en la cama de matrimonio y dormimos.
A media noche, la ventana se abre de golpe y una luz cegadora ilumina la habitación, dura un segundo, mi marido pregunta alterado:
-¿Qué ha sido eso?
- Nada cariño, duerme. Le digo un poco asustada.
Poco después, mi hija se sienta en la cama y comienza a hablar en dirección los pies de la cama.
-¿Quién eres?, ¿Cómo te llamas?.
Al parecer nadie le respondió, y en un tono autoritario Violeta exigió. -¡Oye, te he preguntado cómo te llamas!.
Jalé de ella hacia atrás y nos tapamos los tres hasta la cabeza con la sábana protectora.
La noche fue larga.

sábado, 26 de agosto de 2017

A mi Cuñada Mª José

Amanece, los diablos se han concentrado en un aquelarre vespertino, poco a poco el sol va saliendo y esos bichejos inmundos se evaporan uno tras otro para dejar níveo el espacio que ocupaban.
Cual Brienne de Tarth, desde el interior y de manera silenciosa, la flor que emergerá se abre paso a golpes de espada para dejar aflorar a la dama que protege. Tulipán convertido en señora, que agasaja a todo el que tiene a su alrededor. Siempre pendiente que su familia y amigos se encuentren cómodos junto a ella. 
Te queremos una "jartá" cuñá. Feliz cumpleaños te desea tu familia, Alejandra, Soledad y AMador.

viernes, 21 de julio de 2017

La grieta

 La grieta en la pared es larga y fina, se ensancha un poco en el centro, quebrando su rectitud como si de un rayo perdido se tratase. Cada noche, cuando me meto en la cama y me arropo, es lo último que veo antes de apagar la luz. A veces, sueño que es la puerta hacia un mundo desconocido, otras veces, me imagino atravesando un valle de altas montañas, donde el único paso es esa pequeña grieta.
 Ayer la sonrisa vertical de la pared había desaparecido, en su lugar habían puesto una argamasa plástica, expandida sobre la nívea pared, una mancha deforme, amarillenta y abrupta.
 Anoche soñé que me sellaban los morros, quería gritar, decir al mundo todo lo que sabía, pero mi boca estaba sellada, taponada por una pellada cerosa que desfiguraba mis labios.

Ha pasado un mes, al fin puedo dormir, descubrí una nueva grieta en mi habitación, es cálida, húmeda y permite que una parte de mi penetre en su interior. No entiendo cómo he podido vivir tanto tiempo sin ella. Sueño noche y día con ella, y no veo que llegue nunca el momento de estar en sus entrañas. Vivo con el miedo de llegar a casa y que la hayan tapiado.

Ayer cumplí cinco años, me han regalado una tortuga, dicen que será mi amiga para siempre, quiero enseñarla a hablar y leer. La solté en mi habitación y se escondió en la grieta. Creo que será una buena compañera. Anoche soñé que hablábamos protegidos por la grieta.

Es curioso lo que me pasa, porque ando escribiendo este diario para discernir la vigilia del sueño. Pero ya no sé que es verdad o imaginación.


Apéndice:

-¿Y usted cree que puede oírnos?

-No lo sabemos a ciencia cierta, pero estamos seguro que su voz le reconfortará.

-¿Saldrá de esta doctor?

-No está ya en nuestra mano, dependerá de su fortaleza física y mental, la caída por la falla fue tremenda, tiene una grieta en el cráneo, no sabemos hasta qué punto le ha afectado al cerebro.
 -Debe usted tener confianza y ser fuerte por los tres. Dijo el doctor a la vez que depositaba suavemente la mano en la barriga de la mujer embarazada.

Instintivamente la joven se tocó la barriga y le habló a su embrión. -No te preocupes, verás como papa sale de esta.



jueves, 20 de julio de 2017

Fotos del tiempo.

  Cuando era niña, me fascinaban las historias que los adultos contaban de manera sesgada. Recuerdo cómo se miraban entre ellos y con pocas palabras hablaban de algún suceso acontecido, con la gravedad suficiente, para que nosotros los púberes estuviésemos al margen. Me sentaba en el suelo, en una posición cercana para oír y apartada para poder ver los gestos sin molestar. Haciendo que jugaba con mis muñecas, ponía toda la atención en esos movimientos faciales furtivos unidos a palabras sueltas, para luego en mi desbordante imaginación, tejer las historias que se habían filtrado.
  La tía Matilde era mi comodín, considerada por todos como una mujer distraída pero en el más literal de los sentidos. Siempre quise poder navegar en su mente, me la imaginaba como un lugar anegado donde de vez en cuando aparecía un barco o una isla y entonces la tía Matilde conectaba con la civilización y el mundo que la rodeaba, mostrando una lucidez increíble, pero cuando tanta urbanidad la azoraban, embarcaba de nuevo en su nao y partía hacia el inmenso mar de su mente. Para mantenerla al día o preguntarle algún dato sobre los asuntos a encubrir, debían ser más explicitas. Entonces era cuando brotaba más información para aclararme las historias, que iba uniendo como un puzle.
 De esta manera fue como me enteré que mi primo Adolfito era adoptado, y que el color tan oscuro de su piel se debía a que era negro, y no moreno de naturaleza.
 Que a mi tía Antonia, la había abandonado el novio en el altar, y que eso había supuesto una vergüenza de tal calibre que se metió a monja y que aunque nos la pusieran como ejemplo de la llamada de Dios, lo único que hizo fue huir en vez de enfrentarse a sus padres y vecinos. A mí me molestaba mucho esa actitud servil que había adoptado, porque como niña, ahora mujer, no entendía porqué éramos diferentes las mujeres de los hombres. Y lo peor, auspiciado por las mismas féminas de las casas.
 Hoy tengo cuarenta y cinco años, he recorrido medio mundo y tengo tantas historias o más en mi haber que las que pudieran tener acumuladas las mujeres de mi familia. ¡Hay si la tía Paquita o la tía Pepa viviesen!, ¡Cuanto podrían disfrutar cotilleando sobre mi!.
 Dos matrimonios rotos a mis espaldas, un precioso niño de seis años que me acompaña en mis viajes y al que le oculto las historias más aberrantes de mi vida, cuatro libros publicados y miles de fotografías y artículos escritos para la revista que me paga.

martes, 16 de mayo de 2017

¿Metamorfósis?



La barba, más blanca que negra poblaba la cetrina cara, dos semanas tumbado en el sofá, sin asearse, sin apenas comer de manera decente, bebiendo y ahogándose en su pena, le daban un aspecto deplorable. Poco a poco se fue distanciando de las personas que lo apreciaban, se dejó atrapar por el vino y la soledad, un capullo que hacía que la crisálida se aislara del mundo que lo rodeaba.

miércoles, 15 de marzo de 2017

El viaje de Saya

-¡Vamos Saya!-voceó su madre, aupada en el último escalón y elevando el cuello con la intención de que su voz recorriera menos espacio y llegara así de manera más fácil a su hija.
-¡Ya bajo mami!, una voz infantil resonó por el hueco de la escalera. Diana sonrió y relajó su cuerpo, esperando ver a su niña.
De dos en dos bajó la pequeña Saya los escalones. Sus bailarinas blancas se deslizaban sin apenas hacer ruido por las escalinatas de mármol. Los calcetines de hilo albugíneo permanecían adheridos a la pierna, cubriendo hasta las rodillas, aguantando estoicos los golpes de la chiquilla sin escurrirse. El traje floreado bailaba con el vaivén propio del descenso acelerado. Su largo pelo negro hacía el mismo juego que el vestido, creando una bucólica imagen en la mente de Diana, que miraba orgullosa y feliz a su querida hija.
-¡Feliz Cumpleaños!- gritaron todos los invitados al unísono al ver aparecer a Saya. Norman, su padre, cargaba con una enorme tarta alumbrada con once velas.
Al anochecer, los últimos invitados dejaron la casa. Saya no cabía en sí de gozo.
-¡Ha sido mi mejor fiesta de cumpleaños!-le decía a su madre una y otra vez, mientras ésta, sentada a su vera en la cama,sonreía a la par que acariciaba su inocente mano. El sueño venció al entusiasmo y un beso materno en la frente selló el magnífico día.
- ¡Shhh!- siseó el padre -No te muevas- le dijo al oído mientras la abrazaba agazapado tras una esquina. Vigilando, tras ellos, Diana. Que cargaba un hatillo con todas las pertenencias que tuvieran algún tipo de valor.
Saya, pegada al pecho de su padre, nota el miedo que desprende su progenitor. El corazón latiendo acelerado casi la deja sorda. El sudor caliente recién transpirado se mezcla con el olor a tabaco impregnado en la ropa. Tanto la aprieta, que casi llega a asfixiarla.
Cerró los ojos, intentando recordar el día de su cumpleaños. No había pasado ni una sola semana desde que lo celebraran todos juntos con alegría. Lo único que sus padres le habían permitido llevar consigo era un colgante de media luna que su madre le regaló. Mientras Diana se lo ponía al cuello, le contó que laabuela se lo entregó a ella el día de su undécimo cumpleaños y que así había ido pasando por todas las generaciones. Hasta llegar a Saya.
Cogió con fuerzas el colgante y se hundió aún más en el pecho de su padre. A lo lejos se oían gritos, disparos, llantos y súplicas, muchas súplicas.
Apretaba los ojos intentando que así el sonido también se disipase al igual que la luz, pero pudo escuchar con claridad lo que aquellos hombres decían.
-¡Vamos, fuma!, gritaba una voz poderosa.
Una mujer lloraba y pedía. Rogaba que lo dejasen en paz, que aquel era buen hombre y siervo de Dios.
El guerrillero al mando ignoró a la señora que le impetraba perdón para el reo. Y volvió a hablar elevando el tono de manera ostensible, para que no se enterase solo aquel rehén al que habían obligado a encender el cigarrillo, sino la mayor cantidad de personas posible
-Sabes que fumar es una lenta forma de suicidio y Ala castiga ese pecado con la muerte-. Tras terminar de hablar, se pudo oír el sonido de algo rasgando el aire hasta topar y tajar su objetivo, tras el corte, algo se desprendió y rodó por el suelo. Después, en el silencio que se instauró,pudo oírsecon claridad el ruido que salía de la tráquea al vaciarse los pulmones de aire para anegarse de sangre. El desgarrador grito de la mujer devolvió la vida a la plaza.
-¡Vamos!- dijo su padre. Se pusieron en pie y cruzaron la explanada en la que, instantes antes, había dos hombres. Uno, con el poder que le otorga la fuerza y la locura de pensar que sus actos están protegidos y guiados por la mano divina. Otro, que padece y sufre la locura ajena en forma de muerte. Pasaron cerca de la cabeza que mantenía aún el cigarrillo en los labios y que así se quedó durante semanas como aviso a navegantes.
Norman cobija a su hija con el brazo tratando de que pase inadvertida. Tras ellos, cargando con las pocas cosas que habían decido llevar, su mujer. Vestida entera con un burka negro, oculta de esta manera su bello rostro, su anillado pelo azabache, sus ojos color miel, sus carnosos labios. Saya sabe que, bajo aquella horrible vestimenta, se encuentra su madre. Eso la tranquiliza.
-¡Alto!- gritó una voz. Saya la reconoció de inmediato: era la del hombre que, diez minutos antes, había estado en aquella plaza.
Su padre detuvo el paso. Tras él, su madre. Norman no soltaba la mano de su hija. Se quedaron inmóviles, esperando una nueva orden.
-¡Ven!- volvió a ordenar aquel individuo.
Norman se giró con lentitud. Sin soltar las manos de Saya, se dirigió hasta el vehículo en el que esperaba aquel Yihadista. Uno de sus pies sobresalía del jeep. Entre las piernas portaba un rifle. Sus barbas estaban sucias y no paraba de hurgarse los dientes mientras se dirigía al Sirio.
-¿Porqué no lleva ella el Burka? – preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia Saya.
-Solo es una niña, balbuceó Norman, aún no tiene los diez años, mintió.
Saya no levantó la mirada del suelo, a sabiendas de que su padre mentía para salvarla y el futuro de la familia dependía de las decisiones que tomara aquel faccioso.
-Está bien - se mostró condescendiente el hombre con arma - podéis continuar, pero en menos de dos horas tendremos el toque de queda, ya sabes las consecuencias si te pillamos por la calle.
Norman no pronunció palabra alguna, se volvió y continuó la huida. Sabía que en dos horas ya estarían lejos de aquella ciudad.
-¡Hola Said! - saludó Norman a su buen amigo, a la vez que se fundían en un abrazo. Said era un chico de unos treinta años, había sido alumno de Norman en la universidad, destacaba entre todos los estudiantes por su sensibilidad y capacidad literaria y eso les llevó a entablar una relación de algo más que alumno profesor. Said disponía de un coche ruso de segunda mano capaz de sacarlos de aquella ciudad que profesaba una metamorfosis a maldita.
La salida de la ciudad se hizo sin altercado alguno, apenas había vehículos por las calles y no tuvieron que padecer ningún control de las milicias. Tras el saludo, apenas habían hablado más que algunas indicaciones dada de manera escueta, poco había ya que decir que no estuviese ya hablado y meditado. Dos horas después, la ciudad de Alepo quedaba lejos.
-Estamos a unas cinco horas de la frontera con Turquía - informó Said - les dejaré todo lo cerca que me sea posible.
-¿No la cruzarás con nosotros? - quiso saber Norman.
-Mi sitio está aquí, seguiré asistiendo a la universidad, ahora que usted no está, alguien debe ejercer de profesor titular – dijo, con una sonrisa que denotaba amargura, a pesar de que trataba de reflejar todo lo contrario.
Se despidieron con el mismo énfasis con el que se habían saludados horas antes, la familia se unió a un grupo que andaba por el arcén y comenzaron el peregrinaje a pie.
El sol apretaba. A pesar del calor, Saya miraba con los ojos de la inocencia el mundo que la rodeaba, cientos de personas deambulando como muertos vivientes hacia una vida mejor.
Un bebé en brazos de sus progenitores lloraba desesperado. El hambre, el cansancio, el exilio, demasiada carga para cuerpos tan pequeños. Saya le sonrió e hizo gestos con la mano. En ese momento, el bebé dejó de llorar y su mirada se perdió en un vacío eterno. La muerte era el destino de los más débiles, el camino más corto hacia la paz.
Ya llevaban cinco días andando por entre aquellas montañas y valles, parecieran meses deambulando por las tierras áridas que separaban Siria de Turquía.
Al tercer día, Norman decidió alejarse del grupo que formaba el éxodo y viajaba en línea recta hacia Turquía, dando un rodeo e intentando evitar así los ejércitos fronterizos. Sin nada que llevarse a la boca, sobrevivían gracias a la generosidad de los pocos pastores nómadas que se iban encontrando en el camino. Las noches son frías, los días calurosos. El cansancio se acumula en las jóvenes piernas de Saya que, débil y desnutrida, comienza a sufrir fiebres.
Norman, a sabiendas de lo duro que resulta el viaje, intenta que sea ameno y esperanzador, para conseguirlo, les cuenta a su mujer e hija historias de antepasados. De lo grandes y poderosos que fueron sus ejércitos. Decómo, en otra época, el mundo giraba alrededor de Siria. Al terminar de relatar las antiguas gestas , les asegura que, cuando lleguen a Europa, serán muy bien acogidos, ya que el legado que han aportado a la humanidad, les abrirá todas las puertas.
Saya apenas entendía lo que su padre le contaba, pero trataba de emitir una sonrisa cada vez que este se giraba y la miraba, lo hacía a pesar de tener los labios secos y resquebrajados por la fiebre y el calor. La debilidad y el polvo se acumulaban de forma abusiva en ella.
Al octavo día llegaron a un enorme asentamiento cerca de la frontera turca, en la provincia de Iblib. Esa noche comieron sopa caliente y algo de pan.
El cielo estaba lleno de estrellas. Si Saya alargaba la mano, estaba segura de que podría coger alguna. A lo lejos, alguien tocaba el saz cantando canciones de amor. Tenía una voz dulce que ayudaba a conciliar el sueño.
Saya notó como su padre se acercaba y le besaba la frente en la oscuridad.
-¿Porqué a nosotros papa? - preguntó la niña con voz baja. No obtuvo respuesta, aunque sabía que su padre aún estaba allí, ya que su silueta sobre ella recortaba el cielo estrellado.
-¿No hay nadie que pueda parar este terror? ¿Qué hemos hecho para que nos tengamos que ir de nuestra casa? Saya hacía las preguntas sin obtener contestación. Notó una gota en su mejilla y supo que su padre solo tenía como respuesta una lágrima. Entonces calló y dejó que los sueños la abrazaran.
El nuevo amanecer se convirtió en la peor pesadilla de la familia. Saya despertó sobresaltada con los gritos de su padre, que a voces llamaba a Diana.
¿Qué ocurría?, ¿Dónde estaba su madre?. No podía ser: ¡su madre había desaparecido!
Norman cogió a Saya de la mano y comenzaron su búsqueda.
A las afueras del campamento unos gritos alertaron a Norman. No había duda, era la voz de Diana. Corrió hacia donde surgían los lamentos. Tres soldados abusaban de su bella mujer mientras esta trataba en vano de desasirse de aquellos fornidos brazos. Cuando Norman llegó por fin junto a ella, solo encontró a su esposa desnuda, golpeada y llena de sangre. En la lejanía observó impotente como aquellos violadores marchaban armados y quiso morir al oír como reían tras su crimen.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de aquel hombre, que arrodillado junto al cadáver de su compañera trataba de no volverse loco. La sangre le corría con fuerza por sus venas, la sien le martilleaba su cabeza en latidos sordos. El dolor del alma se apoderó de todo su ser. Cogió a su pareja en brazos, Saya se agarró a la mano de su madre yacente y comenzaron a andar en la misma dirección por la que se habían ido los asesinos.
Como la pólvora corrió la noticia por el asentamiento, apenas tardaron unos minutos en movilizarse y marchar todos en silencio junto al afligido padre, la occisa y la inocente niña
Al llegar a la frontera, aquellos hombres uniformados amenazaron con disparar si intentaban entrar en territorio Turco. Norman depositó a su mujer con mucha dulzura en el suelo, se incorporó y se dirigió él solo en dirección a la alambrada que separaban los dos países.
Hizo caso omiso de los guardias, que a cada paso que daba el Sirio, más nervioso se mostraban, elevando la voz y las amenazas.
Al llegar a la puerta que separaba el futuro del presente, rodeada de vallas y alambres de pinchos, Norman agarró con su mano el candado que la mantenía cerrada. Tiró de él en un vano intento de que se abriese y escuchó las detonaciones. El instinto le llevó a agacharse, oía silbar las balas sobre su cabeza, pudo ver como el grupo que lo había acompañado se dispersó en una alborotada huida.
El mundo se detuvo para Norman cuando se dio cuenta de que Saya estaba derrumbada sobre su madre y no se movía. En aquel momento la sangre se heló en sus venas. Corrió hacia ellas, y aunque la distancia que debía hacer no era muy grande, los pocos segundos que tardó en cruzar aquel espacio se le hizo eterno. Hasta que no alcanzó a su hija, sus movimientos transcurrieron a cámara súper lenta.
Al girar a la niña para verle la cara, el tiempo cobró su ritmo natural. Saya le sonrió. Sus manos descansaban sobre su estómago, de entre sus dedos comenzó a brotar sangre de un color rojo brillante imposible de retener.
Un desgarrador grito surcó el aire y se perdió en el desierto, luego silencio.
Norman mecía a su hija, que hacía rato había dejado de sangrar, ella aún mantenía sus ojos abiertos, que miraban hacia el inmenso cielo azul, aunque ya nunca más podría contemplarlo.
Con gran delicadeza, pasó la mano por su rostro y se los cerró para siempre.
-¡Que tengas un buen viaje, Saya!- despidió de su hija.
La noche la pasó junto a los cadáveres, velando sus cuerpos. Al amanecer las enterró en una fosa cavada con sus propias manos, antes de cubrir los cuerpos con la arena del desierto, cogió el colgante de su hija y se lo guardó en un bolsillo, quitó el velo que tapaba el rostro y el pelo de su mujer y los dejó libre.

Comenzó a andar, dirección a Alepo. Nunca abandonaría la tierra donde descansaban su mujer y su hija.

sábado, 25 de febrero de 2017

Maniquí

 No me pude creer lo que veía, un maniquí casi nuevo tirado junto a un contenedor de basura. No me lo pensé dos veces, cogí aquella maravilla y y lo llevé conmigo.
En el autobús viajábamos de pie, al final del autocar, junto a un grupo de señoras que cargaban con sus bolsas del mercado llena de frutas, verduras, embutidos,….cosas mundanas necesarias para vivir, y que desgraciadamente yo tenía también que hacer a menudo, pero hoy yo llevaba mi maniquí casi nuevo, aún desnudo, con esos ojos que miraban al infinito, esos ojos que me miraron desde el contenedor pidiendo auxilio, suplicando que lo rescatara y llevara a casa conmigo. No me negué, desde que cruzamos miradas estamos predestinados el uno para el otro, él ordena y yo ejecuto.
Cuando llegamos a casa lo lave, vestí, compré una peluca rubia, y lo peiné, retoqué con pintura algún que otro desconchón que lucía su cuerpo, y lo senté en el butacón que presidía la casa frente a la gran ventana que daba a la avenida.
Tres días estuvo allí sentado, pensativo, agradecido por el trato que le había dispensado, al cuarto día estaba yo en la cocina preparando algo de cenar cuando oí como me llamaban. Al principio no reconocí su voz, no sabía quien me llamaba por mi nombre, pero cuando me di cuenta que era él quien requería mi presencia un escalofrío recorrió mi espalda hasta la nuca. Esa sensación de mil hormigas subiendo a toda velocidad por la columna hasta llegar al bulbo raquídeo… odio esa sensación.
Lo dejé todo a medio hacer y acudí al salón, el maniquí seguía mirando la ventana. Es absurdo, ¿cómo puede hablarme un maniquí?, pensé. Me giré para volver a mis quehaceres y de nuevo su voz. El timbre que tenía era como si me hablase con una lata puesta en la boca. Al dirigirse a mi, lo primero que hizo fue hacerme una pregunta, pero no una al estilo de: -Hola Mario, ¿Cómo estás?, o ¿Que tal el día hoy?, o ¿Te resulta extraño que te hable un maniquí?. Nada de eso, su primera pregunta fue: -¿Por qué?.
-¿Por qué?, Esa era la pregunta más absurda que me habían formulado y era obvio que un maniquí fuese el responsable de esa pregunta. ¿A qué diantres se refería con ese “por qué”?.
No volvió a hablar en toda la noche, cené, vi una película y me acosté. El maniquí permaneció, como no podía ser de otra manera, sentado en el butacón, frente a la cristalera que daba a la avenida.
A las cuatro de la mañana me desperté sobresaltado, notaba la mirada de alguien a los pies de mi cama, estaba seguro que era el maniquí, encendí la luz de la mesita de noche y allí no había nadie. ¿Habría sido todo un sueño?, ¿Me estaría volviendo loco?. Ya no pude volver a conciliar el sueño, a las seis sonó el despertador que esta vez no cumplió su misión, ya que no había nadie a quien despertar, dejé que sonase Radio KFM y me metí en la ducha.
Todo el tiempo tuve esa incómoda sensación de no estar solo y ser continuamente observado.
-No me encontraba bien, mi cabeza hervía y no precisamente de fiebre. El no haber descansado bien, la experiencia de que me hablaba un muñeco, las obligaciones de estar en el trabajo y tener un jefe y unos compañeros desagradables; todo eso me estaba haciendo perder el control. Me estaba convirtiendo sin saberlo en un ser voluble, una máquina obediente y a expensas de un regidor.
-¡Ya está bien Mario!, la dulce voz de María me sacó de mi ensimismamiento. Apoyada sobre mi mesa, dejaba ver un escote de piel canela muy apetecible, su sonrisa albugínea iluminaba aquel rostro moreno sobre el que caían unos rebeldes rizos negros.
-Me tienes que dar ya esos informes- siguió hablando María .-ya no puedo demorar más la entrega- continuó hablando poniendo una carita de cordero degollado que debía usar mucho, ya que conocía el poder devastador que ejercía sobre los hombres. Era una preciosa chica a la que pocos se habrían resistido a sus encantos.
-Aquí los tienes, le dije dándole unos cuantos folios escritos a doble espacio. Los miró por encima y se giró a la vez que me guiñaba un ojo. Se marchó contoneándo su precioso y redondo culo embutido en aquella falda de tubo hasta las rodillas que la obligaban a andar a pasitos cortos.

-¿Por qué?, y ¿por qué, no?. Una nube ocultó todo en mi mente y una sonrisa maléfica acudió a mi. El resto del día todos me ignoraron, esa sonrisa en mi cara al parecer no le gustaba a nadie salvo a mí.

jueves, 23 de febrero de 2017

El tiempo escondido

Juan Manuel, Juanma para los amigos y vecinos del pueblo, no era un hombre avezado en inteligencia, es más, casi no era hombre. Su vida había transcurrido anodina en la vieja casa que sus padres tenían a las afueras del pueblo.
 Bajando la cuesta se llegaba a su vivienda; de piedra maciza y tejado de toscas tejas cubiertas de rastrojos, era también ese, el final del camino. Subiendo por la empinada vía de tierra, se accedía al resto del pueblo, que se alojaba en su totalidad a este lado de la ladera. El único acceso que se tenía al mismo, estaba por la otra cara. Esta particularidad de estar situado en el lado opuesto de la montaña, hacia que nadie se diera cuenta del mismo hasta que prácticamente ya estaba en su interior.
 Juanma era muy querido por todos, nadie jamás le afeó su condición, y él no se sentía ni diferente ni extraño entre sus vecinos. En la casa más cercana vivía doña Tula, la más anciana del lugar, cuentan que tenía ciento cincuenta años. Aunque Juanma lo desconocía, ya que nunca había visto a la señora Tula soplar unas velas. A decir verdad, nunca había visto a nadie soplar velas ni sabía lo que era un cumpleaños ni una fiesta para celebrar el día del nacimiento de uno. En el pueblo, se regían por costumbres, casi todas adoptadas de los animales y jamás habían visto a un toro, ni una cabra, ni una gallina, ratón, perro o pez, celebrar el día de su nacimiento.
 Juanma medía algo más de un metro, de escaso pelo, su bizquera era tan pronunciada que apenas podía nadie fijarse en que carecía de dientes, su nariz parecía que se la habían arrojado desde lejos, quedando pegado en la cara un pegote deforme entre los estrábicos ojos condenados a mirarla. Sus robustos brazos llenos de un pelo negro que escaecía en su cabeza, colgaban inertes junto al fornido cuerpo, y se remataban en unos dedos gruesos y peludos.
 Por encima de la casa de doña Tula, vivían don José y doña Angustias, matrimonio sin hijos y residentes en el pueblo desde su nacimiento. Frente a ellos, en la casa más alta, don Frasquito, el más listo de todos los habitantes, se había apoderado de la casa del párroco, que los había dejado hacía tanto que ya nadie se acordaba de él, a excepción de Juan. Este vecino nunca quiso que se le pusiera el don delante, decía que su único don era ver el futuro. De vez en cuando, cuando se cruzaba con don Frasquito, y le decía:
-¡Ya verás, ya verás!, En cuanto el párroco se canse de estar con Dios, baja y te quita la casa. Te lo digo porque lo vi en sueños... Y se iba como si nada hubiera pasado.
 Cuando el párroco murió, vino un automóvil y se llevó el cuerpo, los vecinos preguntaron a donde iban, y el conductor dijo:
- Me lo llevo a la ciudad, el párroco se va con Dios.
 Y ya nunca más se les volvió a ver, ni a él ni al conductor del coche.
 La primera casa habitada estaba ocupada por doña Mencía, hacía un pan exquisito, y a Juanma le encantaba atravesar todo el pueblo hasta su casa para ayudarla a amasar el pan y hornearlo. Siempre se llevaba a casa una hogaza.
¡Cumbrescondida!, el pueblo de nueve habitantes que cambió los designios del mundo, y que ha quedado olvidado en la historia.

viernes, 17 de febrero de 2017

Miedo

 Me he quedado seco, no hace mucho, las ideas fluían en mi cabeza y conformaban mundos paralelos donde era tan feliz como lo pueda ser en este terrenal.
De un tiempo a esta parte, mi mundo imaginario está congelado. Apenas logro esbozar un inicio, una página de mi “imagilandia” o tierra de la imaginación. Y al cabo de unos segundos desaparece, se seca como la gota de agua sobre la sartén caliente. Se evaporan esos sueños para topar de bruces con un realidad de la cual nada quiero saber.
Mi realidad es como la de todos, anodina si no tienes algo a lo que agarrarte. Las mentes menos pre-claras, se adhieren a equipos de fútbol o partidos políticos, anexionados como si la vida le fuese en ello para acabar con su rival. Tienen almas de soldados rasos, masas ingentes espoleadas por un motivo en común, una bandera que pueda representar cualquier cosa, todo lo que ella defienda les parecerá bien.
Otras mentes más avanzadas intentan disfrutar moviendo los hilos y se regocijan de su capacidad de moldear los pensamientos ajenos. Son los peligrosos de verdad.
Unos pocos, nos conformamos con crear mundos imaginarios, algunos lo plasman en lienzos, otros en robot o maquinarias increíbles, otros pocos vomitamos letras en papel o pantallas de ordenador que brillan como luciérnagas en la noche.
Trato de leer, pero un libro me atiborra de nuevos inicios, corro hacia el papel en blanco que parpadea en la pantalla esperando ver algo impreso, y antes de llegar al ordenador, toda idea se pierde.
Mi cuerpo físico está cansado, el psicológico, que siempre se ha valido de ello para explorar y aventurar nuevas historia, está sentado junto al cuerpo natural en el sofá, viendo sin ver, comiendo sin comer, saturando todo con borbotones de anodina existencia.
Las dos de la mañana, deambulo por la casa como alma errante, tengo ganas de escribir, estoy creativo, me siento bien. Me acuesto y duermo feliz, mañana he de madrugar. Soy un cobarde por no atreverme a esforzarme por lo que quiero, sufro, lo paso mal, siento que mi mundo feliz se apaga.

Un nuevo día, ya avanza el año, miro hacia la pantalla del ordenador y el folio está en blanco, mañana es el día de los enamorados, unos años atrás, por estas fechas ya tenía escrito más de dos docena de relatos. El pozo sigue seco.

miércoles, 15 de febrero de 2017

“Laboradicto”



Encerrado en una habitación acolchada, atado e inmóvil sobre la cama, no dejaba de pensar en aquellas tardes en el lago junto a su familia; paseando y dando de comer a los cisnes de la mano de sus pequeñas.
Escuchó pasos, se puso en guardia y detuvo la mente en aquella imagen idílica. No quiso romper lo único que le daba felicidad para regresar a la dura realidad.

-Bloqueo mental con tendencia parricida,-sentenció el psiquiatra mirando al juez y al alguacil de la prisión- causado por exceso de trabajo y nada de ocio