lunes, 8 de julio de 2019

"La Tierra Prometida"

"La Tierra Prometida"
¡Solo personas!, las palabras se repetían como un mantra a lo largo de toda la fila que avanzaba temerosa, protegida por el oscuro manto de la noche.
Cabras, ovejas, gallinas y hasta algún buey, fueron quedando abandonados tras la columna de migrantes que marchaban hacia lo que consideraban un mundo libre.
Josef, un niño de seis años de grandes ojos color azabache, apretaba un gatito contra su pecho del que se negaba a separarse. Al llegar a la primera línea de la frontera, temió que aquellos guardias le quitasen su mascota. Se aferró al minino e inocente, cerró los ojos al pasar junto a los uniformados. Una mano lo asió por el hombro y lo detuvo.
- ¡Solo personas!, le dijo con un cerrado acento.
El niño lo miró con ojos de desconsuelo, pero el hombre le arrebató el gato con un gesto brusco y lo arrojó lejos.
El tumulto continuó su marcha empujando al niño que había perdido al único ser que le quedaba de su familia. La travesía sería larga y dura hasta llegar a una tierra nueva, sin guerras, y donde todos tuvieran una oportunidad.
- ¡Josef!, una voz grave hizo que el niño se detuviese. Se giró y, a pesar de tener los ojos anegados de lágrimas, pudo vislumbrar a un enorme hombre que, con una sonrisa, le devolvía su felino.
El chiquillo, con la voz quebrada dijo:
-¡Gracias Moisés!, ahora sé que nos llevarás a la Tierra Prometida

jueves, 21 de marzo de 2019

Vida de Perros

Capítulo I

-La Tormenta.

La noche era de perros, la lluvia caía en abundancia y llevaba todo el mes sin parar de llover; El cuerpo de bomberos y el de la policía continuaban en alerta extrema, ya que el aluvión de avisos era incesante.
José llevaba toda esa semana de guardia, estaba agotado,  había acudido ya a más de veinte avisos, dormitaba en el catre habilitado en la parte alta del cuerpo de bomberos, sobre el garaje donde espera el camión con las llaves en el contacto. Tenía la costumbre de descansar con la ropa y botas puestas, ya que sabía que aquel idílico descanso tendría un fin pronto y abrupto. Así fue, la sirena le hizo levantarse del catre como si le hubieran accionado un resorte. Se lanzó por el tubo que unía el primer piso con el sótano y llegó corriendo al camión, Juan, un bombero de casi dos metros de alto por lo mismo de ancho, barba pelirroja poblada, larga melena y ojos tan pequeños y achinados que nadie sabía cuando estaban abiertos o cerrados,  y Roberto, un cincuentón recién llegado al equipo, que había sido incapaz de entablar camaradería con ninguno de sus compañeros quizás debido a que había llegado sustituyendo al anterior jefe de grupo, Miguel, un verdadero amigo que se había pre-jubilado hacía unos meses,  ya estaban en cabina.
-¡Joder!, pensó, ¿Estos cabrones duermen en el camión?. Le tocaba de nuevo ir detrás. Apenas se veía la carretera, las sirenas sólo pedían paso a la oscuridad, ya que nadie en su sano juicio se aventuraría a salir con el coche a esas horas y con ese clima. José no se percató de lo ocurrido hasta que estuvieron prácticamente encima del mismo, un coche de color rojo estaba volcado en la cuneta.
-¿Quién coño coge el coche una noche como esta?, pensó a la vez que se bajaba del vehículo y se acercaba junto a sus compañeros a evaluar la situación; aún no habían llegado las ambulancias ni la policía. José se arrodilló junto a la ventana destrozada del piloto y pudo verla aún asida por el cinturón, inconsciente y boca abajo. Se quedó pálido, instintivamente miró el sitio del copiloto y detrás del vehículo, iba sola. Cerró los ojos, respiró profundamente y se alejó del vehículo.
 -¿A dónde vas José?, Le gritó Roberto mientras trataba de cortar el cinturón de la víctima. José hizo caso omiso, anduvo unos 100 metros y se sentó en una piedra mientras la incesante lluvia, a pesar del casco, le resbalaba por la cara y empapaba todo su ser.
 Diez minutos después la ambulancia se llevaba a la mujer carretera abajo, pasó junto al hombre vestido de amarillo que seguía sin levantar la mirada del asfalto.
 Mientras Roberto hablaba con la policía, Juan se acercó a José.
- ¿Estás bien amigo?, le dijo poniendo una de sus manazas en el hombro del bombero sedente. Juan levantó la mirada, hizo una mueca triste con su boca, expiró el aire por la nariz y volvió a mirar el agua que corría arrastrando de todo cuesta abajo.
Ya en el camión de regreso a la base, Roberto se dirigió a José.
-¿Qué coño te ha pasado?
-Nada, dijo de manera lacónica José.
-¿Nada?, No has socorrido a una víctima. Insistió el jefe de la cuadrilla.
-No puedo acercarme a menos de 100 metros de esa mujer. Sentenció José que seguía con la mirada perdida
-¡Pero este es un caso de extrema gravedad!, dijo el conductor del camión de manera exaltada.
Juan que sabía de todo el calvario que había padecido su amigo, puso una de sus enormes manos sobre el antebrazo del hombre que dominaba el volante, este miró al gigante copiloto que giraba su cabeza levemente de manera negativa. El silencio se adueñó de la cabina del vehículo y llegaron al parque de bomberos sin que ninguno de los hombres volviera a abrir la boca.
Al bajar del camión Roberto anunció que iría a elaborar el informe, cuando subía las escaleras, Juan se colocó detrás y le dijo al oído.
-Ni una palabra de la actuación de José, se ha quedado de retén en el parque, ¿Entendido?.
No tuvo que elevar la voz, ni hacer que sonara amenazante, simplemente expuso un hecho que Roberto acató sin rechistar.
 La lluvia había cesado, pero en su interior una borrasca se había creado, trató de dormir de nuevo en su cama improvisada en una de las habitaciones del parque de bomberos, pero su mente no dejaba de recordar la cara ensangrentada de la joven boca abajo en el coche, de su largo pelo negro, lacio que caía en cascada sobre el techo del vehículo, enmarañado y sucio flotando en un charco de tierra, agua y sangre... Su turno había acabado hacía diez minutos, lo supo porque vio llegar a su relevo, le encantaba ser relevado por Tomás, un joven alegre que nunca veía el vaso medio vacío, y que siempre andaba canturreando. Lo saludó, le resumió los partes acontecidos durante esa semana y marchó a darse una ducha.
 Se desnudó de manera parsimoniosa, afeitó la barba que había crecido durante esa semana y se contempló ante el espejo, a sus treinta y cinco años aún  conservaba, y gracias a su profesión, un cuerpo bastante definido y fibrado. Se acarició el abundante pelo rubio y fino como el de su madre, un pelo que aún estaba arraigado a la cabeza. Su "santa madre", como la llamara su padre, siempre le contaba que cuando ella conoció a su marido, este ya lucía una enorme cabeza rala. -Un calvito interesante, decía riendo y removiendo el pelo de un José niño que sonreía de adulto ante el espejo. Un recuerdo amargo le nubló aquellos pensamientos agradables. Maldita la hora que no supo a tiempo parar a aquel desgraciado calvo que mató a su mujer y luego se pegó un tiro; un cobarde que le dejó huérfano a los trece años.
 Juan arrancó su Marco Polo (Furgoneta de la marca Mercedes preparada para viajar, pecnoctar, cocinar en ella) y salió del recinto designado como parque de bomberos. La mañana había amanecido radiante, el sol parecía que quería desquitarse de tantos días sin aparecer, José conectó la radio y comenzó a escuchar a unos contertulios discutir de política, hablaban con énfasis, pero el conductor no prestaba atención a lo que decían, esperaba impaciente el parte de noticias mientras ponía rumbo hacia la costa.
 La carretera apenas era transitada a esa hora de la mañana, las once de un martes cualquiera de primavera, la emisora comenzó a relatar el parte de accidentes y asistencias que habían tenido que cubrir los servicios de emergencia durante la pasada noche, en casi todos había estado él, pero el corazón se le heló cuando confirmaron el fallecimiento de Dolores M. A., una mujer de 35 años, muerta en accidente de tráfico la pasada madrugada.
 Notó al oír el nombre de la que fuera su pareja como si le sacaran todo el aire de los pulmones, y sintió que su mente, para seguir funcionando, exprimiera de todo su ser el poco oxígeno que por sus venas corriera. Se echó a un lado de la carretera, bajó del vehículo y vomitó arrodillado en un prado verde del que no podía adivinar su fin.

viernes, 1 de febrero de 2019

Sangre y Tierra


Agosto de 1938, hospital de soldados de Extremadura. Incapaz de hablar o moverse, veía cómo por el pasillo pasaban heridos leves atendidos por sanitarias, sentía en la garganta el sabor a sangre y tierra, había perdido parte de la lengua y la mandíbula. Al ver pasar a una enfermera, levantó con gran esfuerzo un brazo y esta lo miró como quien ve resucitar a un muerto. Lo sacaron de la morgue para poder contar esta historia.