sábado, 10 de noviembre de 2018

Viaje extremo

Llevaba días, ¡qué digo días!, meses sin escribir una sola línea. La inspiración había desaparecido, las horas pasaban muertas delante del ordenador viendo fotos archivadas que rememoraba una y otra vez en mi mente historias ya vividas. Sonreía, a veces lloraba y en algunas recurría al onanismo visionando imágenes de esas amantes que decidieron jugar con la cámara.
 Los días se mezclaban con las noches. En la barra de herramientas parpadeaba el editor de textos deseando que desvirgara su nívea hoja con las sombras de las palabras, pero aún a sabiendas que debía ponerme a escribir, las imágenes y los recuerdos podían con mi voluntad.
“Viaje a Cancún”. Había revisado todas las carpetas menos esa, el ratón pasaba por encima una y otra vez sin querer detenerse sobre ella, casi de manera involuntaria golpeé dos veces sobre el dibujo amarillo que simulaba un archivador de cartón. En pocos segundos la pantalla comenzó a llenarse de instantáneas, imágenes de la piscina, hotel, selva, siempre sonriendo y acompañado por una exuberante mujer de la cual no lograba recordar su nombre. La última de las fotos me mostraba subiendo a un avión, soñoliento y despidiéndome de manera teatral de la ciudad. Al cerrar la imagen, el editor de texto ocupó toda la pantalla de nuevo y el parpadeo negro sobre blanco del punto de inserción me tenía hipnotizado; de pronto me sobresaltó ver cómo empezaba a moverse dejando tras de él un rastro de  letras...”Ya es la hora...”.
-¿Ya es la hora?, ¿la hora de qué?. Pregunté en voz alta, como si alguien fuera a responder. Quedé de nuevo mirando aquella línea parpadeante tras los puntos suspensivos, y casi sin esperarlo, el cursor siguió escribiendo; “...de la partida”.
No entendía qué estaba pasando, aquello era un mal sueño, miré la habitación que había quedado blanca, despojada de todo objeto….. se había convertido en un espacio impersonal. Sobre la incólume pared comencé a visionar, como si de una proyección en tres dimensiones se tratara, el interior del avión que acababa de salir de México dirección España. Sin esperarlo, una explosión y una luz cegadora me devolvieron de nuevo a mirar, de manera obsesiva ,la pantalla del ordenador personal y el ir y venir periódico del punto de inserción.
-¡Dios mío!, balbuceé, estoy muerto.
-¡Venga! ¡Vamos! ¡Ya es la hora¡. Una voz femenina se introducía en mi oído a la vez que sentía cómo me zarandeaban.
Abrí los ojos y vi a María, mi joven esposa sonriente, vestida cómo una turista y cargada de bolsas.
-¡Vamos, llegamos tarde!, me alentó de manera impaciente sin perder su sempiterna sonrisa, visaje del que me había enamorado.
La seguí como quien sigue la inercia de la multitud cuando abandona un concurrido recinto, al llegar a la escalera que subía al avión, mi chica me dijo:
-Sube que te hago una foto. Y allí subí con aire despreocupado mientras ella cogía la pequeña cámara de la mochila, y sin pensarlo, me despedí de aquella ciudad de forma teatral.

martes, 17 de julio de 2018

La voz de la experiencia

El otro día, hablaba con un octogenario, a decir verdad, aún le faltan algunos meses para cumplir los ochenta. La lucidez y clarividencia a la hora de analizar la situación actual resultaba espeluznante.
 Toda su vida la dedicó a trabajar en el campo, cuidando tierras, cultivos y árboles de otros. Crió y educó a sus hijos bajo una premisa básica. Sentido común, que desgraciadamente, es el menos común de los sentidos.
Con estos mimbres, me contaba que la gente de hoy en día pensaba que el llamado "bienestar", era un maná caído del cielo y que eso era tan falso como una moneda de  3 Euros. Me contaba, que sus padres habían trabajado mucho y que sus vidas habían sido miserables, que él había trabajado se sol a sol y luchado para llegar a lo que hoy en día tenemos, y que le entristece enormemente que no se cuide ese logro social, que tantas lágrimas y esfuerzo ha costado.
Me confesaba, que a él le quedaba poco, pero que sentía pena por nosotros, por las generaciones de sus hijos y nietos. "Difícil lo vais a tener", me decía mirando hacia mi cara pero casi sin verme, ya que la vista la tiene tan cascada cómo su corazón ( 4 infartos y ni se sabe los micro-infartos, con dos pares de muelles) y rodillas...las muletas le ayudan a desplazar ese gran cuerpo.
 Avisa de que la inmigración descontrolada es un problema, el ejemplo tan básico que daba, cuanto menos es curioso. "Si un pueblo tiene una panadería, decía con su voz grave, y sólo tiene capacidad para hacer cincuenta piezas de pan, si tiene que dar 100, seguro que 50 se quedan sin pan". Sentenciaba.
No dejo títere con cabeza de los políticos españoles, que se miran más el ombligo que buscar auténticas soluciones.
De Europa, se quejaba de la desunión que existía y ponía de vuelta y media a la mediocridad política internacional, nada que envidiar a la nacional.
Dio comienzo la final del Mundial de Rusia, Francia batía el cobre con Croacia, los Balcánicos se aproximaron de forma peligrosa, y de pronto, aquella voz de la experiencia volvió a surgir: "Muchos !Huy¡ y pocos ¡Ay!, este partido lo ganaran los Franceses".

...Ya sabéis cómo quedó la cosa....

martes, 15 de mayo de 2018

Día de Playa


Querida lectora, sentada bajo la sombrilla, pasando calor, los pies enterrados en arena, mueves tus dedos mientras lees y escarbas con esas uñas que piensas que ya deberían recibir, como mínimo, un recorte. Sola o acompañada, más bien rodeada, la playa muy a pesar tuyo está abarrotada, levantas la vista un momento y ahí están, esos niños pesados gritando cómo si un megáfono se hubiesen tragado. De manera lamentable, en tu caso, no sólo son los niños, también es esa mujer que otrora se definía sílfide y ahora encarnaría perfectamente el papel de la gorda que se ahogó en el Poseidón. Mujer que viene a la playa con la permanente de peluquería, capaz de hablar con la boca llena de tortilla al mismo tiempo que se queja de que ella no come y que le engorda el aire. Un poco más alejado, un señor con bigote tiene un torrente de voz imponente, parece que habla desde una cueva, está a tres toallas de distancia, pero su vozarrón se mete en tu cabeza. -¡Maldita sea!, parece que está junto a tu oído y no puedes concentrarte en la lectura. Y lo peor, el ridículo que hace tratando de llamar la atención de las dos chicas que escuchan música con sus auriculares, que deben de tenerlo a todo volumen para ignorar al mastuerzo. La lectura de estos relatos te parecen muy interesante, pero notas cómo unas gotas de sudor recorren tu canalillo, un refrescante baño te quitará el sofoco y te desconectará del enjambre que te rodea. Buscas algo para marcar la página, no visualizas nada que pueda servirte, así que decides dejar el libro boca abajo y sortear los obstáculos que te van surgiendo hasta por fin llegar al refrescante agua. Lo primero que introduces son tus pies, definitivamente, debes cortarte las uñas, parecen conchas de almejas. Tus dedos se entierran en la fina arena y la temperatura del agua es la apropiada. Continúas decidida hacia delante, alejándote poco a poco del ruido que emiten 
los bañistas, dejando que el sonido de la naturaleza te embriague. Sus fornidos brazos te agarran por el cuello, estás en un sueño, hace tiempo que has dejado de luchar, sabes que es un imposible y que lo mejor, es dejarse llevar por los acontecimientos. Su moreno rostro se aproxima de manera muy peligrosa al tuyo, sientes cómo sus labios carnosos se funden con los tuyos, y allí, en la orilla, a ojos de todos, abrazas a tu adonis. -¡Ay!. Te quejas - ¡Perdón!, suelta un hombre de más de cincuenta años, con camisa celeste de mangas cortas, abrochados los tres primeros botones, tapando una enorme barriga y gorra de publicidad de pinturas. Cargando con sombrilla y sillas, siguiendo a una señora que busca desesperada un claro donde poner sus pertenencias. Miras al hombre que te ha golpeado la espinilla con cara de pocos amigos. -¡Vaya, me he quedado dormido!, piensas mientras recoges el libro que está sobre tu pecho. ¿Por dónde ibas?, A sí, aquí. Miras a tu derecha y ves a una joven que lee el mismo libro que tú, ¿Qué relato estará leyendo?, discurres mientras observa cómo se seca el sudor que le cae entre los pechos. Las chicas que están a tu lado escuchando música también leen el mismo libro. -¡Joder con el tío del bigote!, ¡qué pesadilla!. No lo dudas, te levantas y le haces saber que está molestando a las chicas, que haga el favor de comportarse. Lejos de amilanarse, el individuo te increpa, la playa centra su atención en la trifulca. -¡Ya la hemos liado!, ese pensamiento es el que se cruza en tu mente a la vez que tu mano sale directa hacia la cara del bigotudo, que de manera prodigiosa se aparta y esquiva el golpe. Se lanza sobre tu cuello y ambos rodáis por la arena, sombrilla, toallas, cuerpos de personas, neveras, palas,… en un abrazo de oso interminable. -¡Qué susto!, gritas a la vez que notas los peludos brazos alrededor de tu cuerpo. 
El chico te mira con cara de alegría, tu lo miras y dejas el libro mientras te fundes en un beso eterno. La playa está como un Domingo, observas todas esas cabezas y piensas que cada una de ellas debe tener una vida interesante, pero que todas, al final llegan a tu playa a disfrutar de un buen día de sol y mar. Desde lo alto de tu escalera de vigilancia, tocas las hojas de un libro, estás deseando que llegue la hora de acabar el turno para echar un ojo a esos relatos. Ves cómo hay muchas personas leyendo el libro, y eso hace que tengas aún más ganas de leerlo. De pronto, una chica se está alejando de la orilla, se introduce bastante en el mar. Tu instinto te pone en alerta. No falla, corres a salvar una vida. -¡Vamos a casa nena!, ya el sol ha caído y no queda casi nadie en la playa. -Un minuto cariño, que termino el relato. La mira con condescendencia y mientras ella termina el último relato, recoge los bártulos. De vez en cuando, la mira de soslayo y observa cómo sonríe. Debe estar bien ese libro que la ha tenido entretenida todo el día, piensa mientras mete la sombrilla en su funda. -¡Ea cariño!, dice la chica mientras se levanta de la silla de playa y cierra el libro con determinación. -Vamos ya para casa, acabo de leer el fin.

viernes, 13 de abril de 2018

Cualquier tiempo pasado

 Hubo un tiempo en el que los hombres eran gigantes, con una fuerza descomunal, capaces de lanzarnos por los cielos y recogernos antes de estrellarnos contra el suelo.
Hubo un tiempo en el que las noches eran largas y los días pasaban lentamente.

Hubo un tiempo en el que las únicas preocupaciones eran divertirse y estar con la familia... hubo un tiempo en el que fuimos niños.

viernes, 23 de febrero de 2018

Gómez y el caso de las cabezas

Bajo el triste amanecer caminaba con paso decidido hacia ninguna parte. La acera resonaba bajo sus pies, creando una sonoridad ambiental que a todas luces indicaba que andaba con prisa. El frío aquella mañana era aterrador, Rocío sólo dejaba traslucir bajo aquel montón de ropas unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo el sol colombiano. Con el bolso agarrado con fuerza y pegado a su costado, pronto dejó de reconocer los edificios y se perdió en el océano de hormigón.
-¡Deje de comer chicle!. La presencia del desagradable detective no pasaba desapercibida. El joven oficial se tragó la goma de mascar impresionado por el porte de su superior.
Parecía sacado de una novela policíaca de los años cincuenta. Vestía con traje de chaqueta, corbata, gabardina beig y un sombrero de lana marrón.
Pasó por el lado de los agentes sin mirarlos, sólo cuando el olor a perfume barato se diluyó, los policías se relajaron.
-¿Qué tenemos aquí?, le preguntó al detective Martinez, un tipo bajo, rechoncho, con incipiente alopecia y unas gafas de pasta demasiado grandes para su pequeña cara. A diferencia de su compañero, Martinez vestía con un sueter azul y pantalones vaqueros.
- Parece un asesinato, dijo Martinez.
-¿Puedo echar un vistazo?, quiso saber el recién llegado.
-Adelante, todo tuyo Gómez.
La escena era aterradora, en la acera se apilaba un montón enorme de ropa, toda ella bien doblada. Delante, en la calzada, un par de botines de cordones con tacón, curiosamente, uno permanecía de pié y otro tumbado. Hasta ellos llegaba un reguero de sangre, Gómez siguió el rastro hasta llegar a una cabeza, el rostro no denotaba nada, pareciera que fuese de cera, lo único destacable, además de su enorme belleza y pelo naranja, eran unos enormes ojos verdes que miraban al infinito.
- ¿Y el resto?, preguntó sin apartar la mirada de aquellos ojos.
- No lo sabemos, le informó Martinez a la vez que garateaba en una libreta.
Un enorme suspiro salió de aquel enorme hombre ataviado con gabardina y sombrero.
-¿Han peinado la zona?,¿Tenemos algo más?. Siguió indagando.
-No hemos encontrado nada, sólo esto que tienes aquí delante. Martinez había cerrado la libreta y guardado el bolígrafo plateado regalo de sus hijos por su cuarenta cumpleaños.
-La científica buscará huellas dactilares, aunque no creo que encuentren nada. Se situó junto a su compañero. Vistos desde atrás, la imagen cuanto menos era curiosa, aquel detective que no llegaba al metro sesenta, y de cerca de ochenta kilos, junto al espigado compañero que sobrepasaba el metro noventa con aquel sombrero de ala y su gabardina beig.
-¿Por dónde empezamos?, quiso saber el más bajo de los hombres.
Gómez lo miró desde su atalaya y le dijo con voz muy seria: -No sé tú, pero yo voy a tomarme un café.
-¡No puedo más!, el grito de la mujer salió del despacho acristalado, todo el que estaba en el exterior miró con preocupación hacia dentro de aquella habitación transparente.
La mujer que gritaba se derrumbaba en una silla tras una enorme mesa, mientras que la otra mujer cerraba las persianas para que la intimidad fuese completa.
- ¡Vamos Marga!, intentaba animarla la joven mientras terminaba de convertir el despacho en un bunker visual. -¡Seguro que es un enfado pasajero!.
-¿Pasajero?, contestaba sin disminuir el tono de su voz, - ¡Es un grandísimo hijo de la gran puta!, afirmaba mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas.
Inés, la joven secretaria, le tendía unos pañuelos de papel tratando de mitigar el dolor -No merece que derrames una sola lágrima por él.
-No es por él, es por mí. Contestaba acongojada Marga...

martes, 26 de diciembre de 2017

Sueño

Sueño, sueñas con alcanzar lo infinito, miras absorto hacia la nada, pensando, soñando. La mísera existencia que vives no se refleja en la única válvula de escape que tienes, tus sueños. Sueñas con el amor, el éxito, la playa, el poder, el dinero. En definitiva, sueños de pobre. Tu mejor sueño es el de la libertad, no ser esclavo del sistema ni de ti mismo, pero tienes miedo a romper las cadenas que voluntariamente te pusiste. Cada día que amanece deseas que llegue la hora del sueño para volver a ser Libre. ¡Despierta, ha llegado el momento!.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El Rey (cap.II)

-¡Co-co-co coño, el sol!. Dijo al romper una rama con su machete.
Por arte mágico, la selva había dejado paso a un enorme descampado, donde el sol nos dejó cegados por unos segundos, lo que pudimos ver cuando los ojos se acostumbraron a la luz nos volvió a dejar sin palabras.
Una veintena de hombres desnudos nos apuntaban con sus arcos rudimentarios y lanzas con puntas de piedra afilada. 
A mi derecha "el Grillo", con la boca tan abierta como los ojos, tras él "el Cabesa", de la población gaditana de San Fernando, que a todo el mundo lo trataba con el apelativo de Cabesa, de ahí que todos se dirigían a él con el mismo calificativo. A mi izquierda, Gonzalo, "el viejo", ya lo conocéis, junto a él "el Mellao", un extremeño con más valor que dientes y cerrando la expedición, un Jienense al que todo el mundo conocía como "el Granaino", pues no en vano se había comido un día una docena de granadas y estuvo más de una semana sin poder dar de cuerpo. A mi me conocían como "el Tiñoso", vecino de Puerto Real y enrolado en las filas de Don Fernando IV, mi apodo me lo pusieron por tener las manos negras de la tizne que soltaban los chocos que cogía para poder sobrevivir. Ahí estábamos, "el Cabesa", "el Grillo", "el Viejo", "el Tiñoso", "el Mellao" y el "el Granaino", cara a cara con los primeros seres humanos que veíamos en semanas.
Una flecha surcó el aire y se estrelló contra mi armadura haciéndose añicos la saeta al contacto con el metal.
- ¡Nos atacan!, gritó "el Viejo", mientras se arrodillaba y descolgaba de su hombro el arcabuz.
Antes de que nos pudiéramos poner en guardia, la batalla había concluido. 
El que había lanzado la flecha, que parecía ser el jefe puesto que se adornaba el cabello con plumas, se había arrodillado y depuesto sus armas. Le siguieron todos y cada uno de los soldados indígenas que le rodeaban. Sus movimientos parecían que eran de adoración. "El Mellao" comenzó a reír a carcajadas, todos lo miramos sorprendido.
-Pues no parece, dijo cogiendo aire, que "el Tiñoso" es su nuevo Dios..
Me di cuenta que todos los hombres arrodillados me miraban de reojo y atemorizados, el brillo de mi coraza bajo el sol y el haber repelido su flecha con mi pecho de hierro, les había hecho creer que yo tenía poderes y era un Dios.
-Venga "Tiñoso", dijo "el Viejo" a la vez que me empujaba hacia delante, -Haz que tus súbditos nos agasajen y den comida, que tengo tanta hambre que me comería a tu madre por los pies.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

El Rey

Estaba mojado hasta los huesos, era el único en la expedición que aún conservaba la armadura, el resto la había ido dejando arrumbada en aquella maldita selva. Desde que entramos en aquella espesura no habíamos visto el sol, pero sí recibíamos en nuestros cansados cuerpos el agua que caía del cielo y subía del suelo. Estábamos en la peor de las emboscadas. Gonzalo, el más viejo del grupo, que se jactaba de haber estado metido en agua hasta el cuello una noche entera en los fríos canales de Flandes, profería improperios de manera continua de lo inhumano que era aquella selva. La calor junto a la humedad, se hacían insoportables. Cada metro que avanzábamos, era ganado a golpe de mandoble contra lianas y arbustos que se empecinaban en retenernos para siempre en aquel vergel.
"El niño", Miguel de Santander, arrastraba su cuerpo tras nosotros, las fiebres y el agotamiento se reflejaban en su rostro, había visto muertos con mejor aspecto que el que lucía el pobre muchacho. Todos nos preguntábamos cómo había sido posible que siendo del norte y acostumbrado a las húmedas tierras cántabras, su cuerpo no resistiera. También es cierto, que ninguno de los presentes habíamos subido de Toledo y no teníamos ni puta idea de cómo era el húmedo Norte. Apenas avanzábamos cien metros en todo un día.
Al anochecer, mientras cenábamos tocino rancio, me dedicaba a acicalar mi armadura. No quería desprenderme de ella, no sabía qué podría encontrarme en esa selva, y no quería que mi escudo corporal se oxidara, así que untaba una parte del tocino de la cena sobre la coraza para que repeliese la humedad y el óxido no se cebara con ella.
El amanecer nos sorprendió infringiendo al grupo una baja. "El niño" había muerto, y parecía tener mejor aspecto que cuando estaba vivo. A lo largo del día, miré hacia detrás, y vi su cara cetrina relajada. En la distancia lo veía apoyado sobre aquel árbol donde su descanso eterno parecía hasta envidiable. En el registro que hicimos antes de reanudar la marcha, encontramos un crucifijo, un pañuelo de seda perteneciente a alguna mujer importante de su vida. Su madre; hermana o amante y una bolsa de cuero con tres céntimos de real. Lo despojamos de sus armas y dejamos que su cuerpo se fundiera con la naturaleza. Durante ese día y los tres siguientes, nadie pronunció una sola palabra. Fue "el Grillo" el primero en romper el mutismo. Cristobal de la Serna, murciano con el defecto de la tartamudez en el habla, Al presentarse, repetía la primera sílaba de su nombre, creando una onomatopeya parecida al sonido que emitían los grillos, de ahí su apodo. "cri, cri, cri".
-¡Co-co-co coño, el sol!. Dijo al romper una rama con su machete.
Por arte mágico, la selva había dejado paso a un enorme descampado, donde el sol nos dejó cegados por unos segundos, lo que pudimos ver cuando los ojos se acostumbraron a la luz nos volvió a dejar sin palabras.

lunes, 9 de octubre de 2017

La larga Noche

Esta historia que os voy a narrar, es cierta en su totalidad. No quitaré un punto ni pondré una coma de más. Entiendo que es una frase muy manida en las historias de terror, pero en esta ocasión es real.
Llegamos al pueblo de ..., no recuerdo el nombre, estaba situado en lo alto de una montaña, era invierno y lloviznaba. La casa que nos asignaron en el hotel que había a la entrada del pueblo, cuanto menos era tétrica. Techos bajos, oscura, de dos plantas, muebles fabricado varios siglos atrás…
Mi esposo, mi niña de 4 años y yo escogimos de las tres habitaciones, la más amplia, con cama de matrimonio y un pequeño ventanuco que daba a la estrecha calle. Tras cenar en el hotel, subimos por callejas siniestras hasta la casa. Nos acostamos los tres juntos en la cama de matrimonio y dormimos.
A media noche, la ventana se abre de golpe y una luz cegadora ilumina la habitación, dura un segundo, mi marido pregunta alterado:
-¿Qué ha sido eso?
- Nada cariño, duerme. Le digo un poco asustada.
Poco después, mi hija se sienta en la cama y comienza a hablar en dirección los pies de la cama.
-¿Quién eres?, ¿Cómo te llamas?.
Al parecer nadie le respondió, y en un tono autoritario Violeta exigió. -¡Oye, te he preguntado cómo te llamas!.
Jalé de ella hacia atrás y nos tapamos los tres hasta la cabeza con la sábana protectora.
La noche fue larga.

sábado, 26 de agosto de 2017

A mi Cuñada Mª José

Amanece, los diablos se han concentrado en un aquelarre vespertino, poco a poco el sol va saliendo y esos bichejos inmundos se evaporan uno tras otro para dejar níveo el espacio que ocupaban.
Cual Brienne de Tarth, desde el interior y de manera silenciosa, la flor que emergerá se abre paso a golpes de espada para dejar aflorar a la dama que protege. Tulipán convertido en señora, que agasaja a todo el que tiene a su alrededor. Siempre pendiente que su familia y amigos se encuentren cómodos junto a ella. 
Te queremos una "jartá" cuñá. Feliz cumpleaños te desea tu familia, Alejandra, Soledad y AMador.

viernes, 21 de julio de 2017

La grieta

 La grieta en la pared es larga y fina, se ensancha un poco en el centro, quebrando su rectitud como si de un rayo perdido se tratase. Cada noche, cuando me meto en la cama y me arropo, es lo último que veo antes de apagar la luz. A veces, sueño que es la puerta hacia un mundo desconocido, otras veces, me imagino atravesando un valle de altas montañas, donde el único paso es esa pequeña grieta.
 Ayer la sonrisa vertical de la pared había desaparecido, en su lugar habían puesto una argamasa plástica, expandida sobre la nívea pared, una mancha deforme, amarillenta y abrupta.
 Anoche soñé que me sellaban los morros, quería gritar, decir al mundo todo lo que sabía, pero mi boca estaba sellada, taponada por una pellada cerosa que desfiguraba mis labios.

Ha pasado un mes, al fin puedo dormir, descubrí una nueva grieta en mi habitación, es cálida, húmeda y permite que una parte de mi penetre en su interior. No entiendo cómo he podido vivir tanto tiempo sin ella. Sueño noche y día con ella, y no veo que llegue nunca el momento de estar en sus entrañas. Vivo con el miedo de llegar a casa y que la hayan tapiado.

Ayer cumplí cinco años, me han regalado una tortuga, dicen que será mi amiga para siempre, quiero enseñarla a hablar y leer. La solté en mi habitación y se escondió en la grieta. Creo que será una buena compañera. Anoche soñé que hablábamos protegidos por la grieta.

Es curioso lo que me pasa, porque ando escribiendo este diario para discernir la vigilia del sueño. Pero ya no sé que es verdad o imaginación.


Apéndice:

-¿Y usted cree que puede oírnos?

-No lo sabemos a ciencia cierta, pero estamos seguro que su voz le reconfortará.

-¿Saldrá de esta doctor?

-No está ya en nuestra mano, dependerá de su fortaleza física y mental, la caída por la falla fue tremenda, tiene una grieta en el cráneo, no sabemos hasta qué punto le ha afectado al cerebro.
 -Debe usted tener confianza y ser fuerte por los tres. Dijo el doctor a la vez que depositaba suavemente la mano en la barriga de la mujer embarazada.

Instintivamente la joven se tocó la barriga y le habló a su embrión. -No te preocupes, verás como papa sale de esta.



jueves, 20 de julio de 2017

Fotos del tiempo.

  Cuando era niña, me fascinaban las historias que los adultos contaban de manera sesgada. Recuerdo cómo se miraban entre ellos y con pocas palabras hablaban de algún suceso acontecido, con la gravedad suficiente, para que nosotros los púberes estuviésemos al margen. Me sentaba en el suelo, en una posición cercana para oír y apartada para poder ver los gestos sin molestar. Haciendo que jugaba con mis muñecas, ponía toda la atención en esos movimientos faciales furtivos unidos a palabras sueltas, para luego en mi desbordante imaginación, tejer las historias que se habían filtrado.
  La tía Matilde era mi comodín, considerada por todos como una mujer distraída pero en el más literal de los sentidos. Siempre quise poder navegar en su mente, me la imaginaba como un lugar anegado donde de vez en cuando aparecía un barco o una isla y entonces la tía Matilde conectaba con la civilización y el mundo que la rodeaba, mostrando una lucidez increíble, pero cuando tanta urbanidad la azoraban, embarcaba de nuevo en su nao y partía hacia el inmenso mar de su mente. Para mantenerla al día o preguntarle algún dato sobre los asuntos a encubrir, debían ser más explicitas. Entonces era cuando brotaba más información para aclararme las historias, que iba uniendo como un puzle.
 De esta manera fue como me enteré que mi primo Adolfito era adoptado, y que el color tan oscuro de su piel se debía a que era negro, y no moreno de naturaleza.
 Que a mi tía Antonia, la había abandonado el novio en el altar, y que eso había supuesto una vergüenza de tal calibre que se metió a monja y que aunque nos la pusieran como ejemplo de la llamada de Dios, lo único que hizo fue huir en vez de enfrentarse a sus padres y vecinos. A mí me molestaba mucho esa actitud servil que había adoptado, porque como niña, ahora mujer, no entendía porqué éramos diferentes las mujeres de los hombres. Y lo peor, auspiciado por las mismas féminas de las casas.
 Hoy tengo cuarenta y cinco años, he recorrido medio mundo y tengo tantas historias o más en mi haber que las que pudieran tener acumuladas las mujeres de mi familia. ¡Hay si la tía Paquita o la tía Pepa viviesen!, ¡Cuanto podrían disfrutar cotilleando sobre mi!.
 Dos matrimonios rotos a mis espaldas, un precioso niño de seis años que me acompaña en mis viajes y al que le oculto las historias más aberrantes de mi vida, cuatro libros publicados y miles de fotografías y artículos escritos para la revista que me paga.

martes, 16 de mayo de 2017

¿Metamorfósis?



La barba, más blanca que negra poblaba la cetrina cara, dos semanas tumbado en el sofá, sin asearse, sin apenas comer de manera decente, bebiendo y ahogándose en su pena, le daban un aspecto deplorable. Poco a poco se fue distanciando de las personas que lo apreciaban, se dejó atrapar por el vino y la soledad, un capullo que hacía que la crisálida se aislara del mundo que lo rodeaba.

miércoles, 15 de marzo de 2017

El viaje de Saya

-¡Vamos Saya!-voceó su madre, aupada en el último escalón y elevando el cuello con la intención de que su voz recorriera menos espacio y llegara así de manera más fácil a su hija.
-¡Ya bajo mami!, una voz infantil resonó por el hueco de la escalera. Diana sonrió y relajó su cuerpo, esperando ver a su niña.
De dos en dos bajó la pequeña Saya los escalones. Sus bailarinas blancas se deslizaban sin apenas hacer ruido por las escalinatas de mármol. Los calcetines de hilo albugíneo permanecían adheridos a la pierna, cubriendo hasta las rodillas, aguantando estoicos los golpes de la chiquilla sin escurrirse. El traje floreado bailaba con el vaivén propio del descenso acelerado. Su largo pelo negro hacía el mismo juego que el vestido, creando una bucólica imagen en la mente de Diana, que miraba orgullosa y feliz a su querida hija.
-¡Feliz Cumpleaños!- gritaron todos los invitados al unísono al ver aparecer a Saya. Norman, su padre, cargaba con una enorme tarta alumbrada con once velas.
Al anochecer, los últimos invitados dejaron la casa. Saya no cabía en sí de gozo.
-¡Ha sido mi mejor fiesta de cumpleaños!-le decía a su madre una y otra vez, mientras ésta, sentada a su vera en la cama,sonreía a la par que acariciaba su inocente mano. El sueño venció al entusiasmo y un beso materno en la frente selló el magnífico día.
- ¡Shhh!- siseó el padre -No te muevas- le dijo al oído mientras la abrazaba agazapado tras una esquina. Vigilando, tras ellos, Diana. Que cargaba un hatillo con todas las pertenencias que tuvieran algún tipo de valor.
Saya, pegada al pecho de su padre, nota el miedo que desprende su progenitor. El corazón latiendo acelerado casi la deja sorda. El sudor caliente recién transpirado se mezcla con el olor a tabaco impregnado en la ropa. Tanto la aprieta, que casi llega a asfixiarla.
Cerró los ojos, intentando recordar el día de su cumpleaños. No había pasado ni una sola semana desde que lo celebraran todos juntos con alegría. Lo único que sus padres le habían permitido llevar consigo era un colgante de media luna que su madre le regaló. Mientras Diana se lo ponía al cuello, le contó que laabuela se lo entregó a ella el día de su undécimo cumpleaños y que así había ido pasando por todas las generaciones. Hasta llegar a Saya.
Cogió con fuerzas el colgante y se hundió aún más en el pecho de su padre. A lo lejos se oían gritos, disparos, llantos y súplicas, muchas súplicas.
Apretaba los ojos intentando que así el sonido también se disipase al igual que la luz, pero pudo escuchar con claridad lo que aquellos hombres decían.
-¡Vamos, fuma!, gritaba una voz poderosa.
Una mujer lloraba y pedía. Rogaba que lo dejasen en paz, que aquel era buen hombre y siervo de Dios.
El guerrillero al mando ignoró a la señora que le impetraba perdón para el reo. Y volvió a hablar elevando el tono de manera ostensible, para que no se enterase solo aquel rehén al que habían obligado a encender el cigarrillo, sino la mayor cantidad de personas posible
-Sabes que fumar es una lenta forma de suicidio y Ala castiga ese pecado con la muerte-. Tras terminar de hablar, se pudo oír el sonido de algo rasgando el aire hasta topar y tajar su objetivo, tras el corte, algo se desprendió y rodó por el suelo. Después, en el silencio que se instauró,pudo oírsecon claridad el ruido que salía de la tráquea al vaciarse los pulmones de aire para anegarse de sangre. El desgarrador grito de la mujer devolvió la vida a la plaza.
-¡Vamos!- dijo su padre. Se pusieron en pie y cruzaron la explanada en la que, instantes antes, había dos hombres. Uno, con el poder que le otorga la fuerza y la locura de pensar que sus actos están protegidos y guiados por la mano divina. Otro, que padece y sufre la locura ajena en forma de muerte. Pasaron cerca de la cabeza que mantenía aún el cigarrillo en los labios y que así se quedó durante semanas como aviso a navegantes.
Norman cobija a su hija con el brazo tratando de que pase inadvertida. Tras ellos, cargando con las pocas cosas que habían decido llevar, su mujer. Vestida entera con un burka negro, oculta de esta manera su bello rostro, su anillado pelo azabache, sus ojos color miel, sus carnosos labios. Saya sabe que, bajo aquella horrible vestimenta, se encuentra su madre. Eso la tranquiliza.
-¡Alto!- gritó una voz. Saya la reconoció de inmediato: era la del hombre que, diez minutos antes, había estado en aquella plaza.
Su padre detuvo el paso. Tras él, su madre. Norman no soltaba la mano de su hija. Se quedaron inmóviles, esperando una nueva orden.
-¡Ven!- volvió a ordenar aquel individuo.
Norman se giró con lentitud. Sin soltar las manos de Saya, se dirigió hasta el vehículo en el que esperaba aquel Yihadista. Uno de sus pies sobresalía del jeep. Entre las piernas portaba un rifle. Sus barbas estaban sucias y no paraba de hurgarse los dientes mientras se dirigía al Sirio.
-¿Porqué no lleva ella el Burka? – preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia Saya.
-Solo es una niña, balbuceó Norman, aún no tiene los diez años, mintió.
Saya no levantó la mirada del suelo, a sabiendas de que su padre mentía para salvarla y el futuro de la familia dependía de las decisiones que tomara aquel faccioso.
-Está bien - se mostró condescendiente el hombre con arma - podéis continuar, pero en menos de dos horas tendremos el toque de queda, ya sabes las consecuencias si te pillamos por la calle.
Norman no pronunció palabra alguna, se volvió y continuó la huida. Sabía que en dos horas ya estarían lejos de aquella ciudad.
-¡Hola Said! - saludó Norman a su buen amigo, a la vez que se fundían en un abrazo. Said era un chico de unos treinta años, había sido alumno de Norman en la universidad, destacaba entre todos los estudiantes por su sensibilidad y capacidad literaria y eso les llevó a entablar una relación de algo más que alumno profesor. Said disponía de un coche ruso de segunda mano capaz de sacarlos de aquella ciudad que profesaba una metamorfosis a maldita.
La salida de la ciudad se hizo sin altercado alguno, apenas había vehículos por las calles y no tuvieron que padecer ningún control de las milicias. Tras el saludo, apenas habían hablado más que algunas indicaciones dada de manera escueta, poco había ya que decir que no estuviese ya hablado y meditado. Dos horas después, la ciudad de Alepo quedaba lejos.
-Estamos a unas cinco horas de la frontera con Turquía - informó Said - les dejaré todo lo cerca que me sea posible.
-¿No la cruzarás con nosotros? - quiso saber Norman.
-Mi sitio está aquí, seguiré asistiendo a la universidad, ahora que usted no está, alguien debe ejercer de profesor titular – dijo, con una sonrisa que denotaba amargura, a pesar de que trataba de reflejar todo lo contrario.
Se despidieron con el mismo énfasis con el que se habían saludados horas antes, la familia se unió a un grupo que andaba por el arcén y comenzaron el peregrinaje a pie.
El sol apretaba. A pesar del calor, Saya miraba con los ojos de la inocencia el mundo que la rodeaba, cientos de personas deambulando como muertos vivientes hacia una vida mejor.
Un bebé en brazos de sus progenitores lloraba desesperado. El hambre, el cansancio, el exilio, demasiada carga para cuerpos tan pequeños. Saya le sonrió e hizo gestos con la mano. En ese momento, el bebé dejó de llorar y su mirada se perdió en un vacío eterno. La muerte era el destino de los más débiles, el camino más corto hacia la paz.
Ya llevaban cinco días andando por entre aquellas montañas y valles, parecieran meses deambulando por las tierras áridas que separaban Siria de Turquía.
Al tercer día, Norman decidió alejarse del grupo que formaba el éxodo y viajaba en línea recta hacia Turquía, dando un rodeo e intentando evitar así los ejércitos fronterizos. Sin nada que llevarse a la boca, sobrevivían gracias a la generosidad de los pocos pastores nómadas que se iban encontrando en el camino. Las noches son frías, los días calurosos. El cansancio se acumula en las jóvenes piernas de Saya que, débil y desnutrida, comienza a sufrir fiebres.
Norman, a sabiendas de lo duro que resulta el viaje, intenta que sea ameno y esperanzador, para conseguirlo, les cuenta a su mujer e hija historias de antepasados. De lo grandes y poderosos que fueron sus ejércitos. Decómo, en otra época, el mundo giraba alrededor de Siria. Al terminar de relatar las antiguas gestas , les asegura que, cuando lleguen a Europa, serán muy bien acogidos, ya que el legado que han aportado a la humanidad, les abrirá todas las puertas.
Saya apenas entendía lo que su padre le contaba, pero trataba de emitir una sonrisa cada vez que este se giraba y la miraba, lo hacía a pesar de tener los labios secos y resquebrajados por la fiebre y el calor. La debilidad y el polvo se acumulaban de forma abusiva en ella.
Al octavo día llegaron a un enorme asentamiento cerca de la frontera turca, en la provincia de Iblib. Esa noche comieron sopa caliente y algo de pan.
El cielo estaba lleno de estrellas. Si Saya alargaba la mano, estaba segura de que podría coger alguna. A lo lejos, alguien tocaba el saz cantando canciones de amor. Tenía una voz dulce que ayudaba a conciliar el sueño.
Saya notó como su padre se acercaba y le besaba la frente en la oscuridad.
-¿Porqué a nosotros papa? - preguntó la niña con voz baja. No obtuvo respuesta, aunque sabía que su padre aún estaba allí, ya que su silueta sobre ella recortaba el cielo estrellado.
-¿No hay nadie que pueda parar este terror? ¿Qué hemos hecho para que nos tengamos que ir de nuestra casa? Saya hacía las preguntas sin obtener contestación. Notó una gota en su mejilla y supo que su padre solo tenía como respuesta una lágrima. Entonces calló y dejó que los sueños la abrazaran.
El nuevo amanecer se convirtió en la peor pesadilla de la familia. Saya despertó sobresaltada con los gritos de su padre, que a voces llamaba a Diana.
¿Qué ocurría?, ¿Dónde estaba su madre?. No podía ser: ¡su madre había desaparecido!
Norman cogió a Saya de la mano y comenzaron su búsqueda.
A las afueras del campamento unos gritos alertaron a Norman. No había duda, era la voz de Diana. Corrió hacia donde surgían los lamentos. Tres soldados abusaban de su bella mujer mientras esta trataba en vano de desasirse de aquellos fornidos brazos. Cuando Norman llegó por fin junto a ella, solo encontró a su esposa desnuda, golpeada y llena de sangre. En la lejanía observó impotente como aquellos violadores marchaban armados y quiso morir al oír como reían tras su crimen.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de aquel hombre, que arrodillado junto al cadáver de su compañera trataba de no volverse loco. La sangre le corría con fuerza por sus venas, la sien le martilleaba su cabeza en latidos sordos. El dolor del alma se apoderó de todo su ser. Cogió a su pareja en brazos, Saya se agarró a la mano de su madre yacente y comenzaron a andar en la misma dirección por la que se habían ido los asesinos.
Como la pólvora corrió la noticia por el asentamiento, apenas tardaron unos minutos en movilizarse y marchar todos en silencio junto al afligido padre, la occisa y la inocente niña
Al llegar a la frontera, aquellos hombres uniformados amenazaron con disparar si intentaban entrar en territorio Turco. Norman depositó a su mujer con mucha dulzura en el suelo, se incorporó y se dirigió él solo en dirección a la alambrada que separaban los dos países.
Hizo caso omiso de los guardias, que a cada paso que daba el Sirio, más nervioso se mostraban, elevando la voz y las amenazas.
Al llegar a la puerta que separaba el futuro del presente, rodeada de vallas y alambres de pinchos, Norman agarró con su mano el candado que la mantenía cerrada. Tiró de él en un vano intento de que se abriese y escuchó las detonaciones. El instinto le llevó a agacharse, oía silbar las balas sobre su cabeza, pudo ver como el grupo que lo había acompañado se dispersó en una alborotada huida.
El mundo se detuvo para Norman cuando se dio cuenta de que Saya estaba derrumbada sobre su madre y no se movía. En aquel momento la sangre se heló en sus venas. Corrió hacia ellas, y aunque la distancia que debía hacer no era muy grande, los pocos segundos que tardó en cruzar aquel espacio se le hizo eterno. Hasta que no alcanzó a su hija, sus movimientos transcurrieron a cámara súper lenta.
Al girar a la niña para verle la cara, el tiempo cobró su ritmo natural. Saya le sonrió. Sus manos descansaban sobre su estómago, de entre sus dedos comenzó a brotar sangre de un color rojo brillante imposible de retener.
Un desgarrador grito surcó el aire y se perdió en el desierto, luego silencio.
Norman mecía a su hija, que hacía rato había dejado de sangrar, ella aún mantenía sus ojos abiertos, que miraban hacia el inmenso cielo azul, aunque ya nunca más podría contemplarlo.
Con gran delicadeza, pasó la mano por su rostro y se los cerró para siempre.
-¡Que tengas un buen viaje, Saya!- despidió de su hija.
La noche la pasó junto a los cadáveres, velando sus cuerpos. Al amanecer las enterró en una fosa cavada con sus propias manos, antes de cubrir los cuerpos con la arena del desierto, cogió el colgante de su hija y se lo guardó en un bolsillo, quitó el velo que tapaba el rostro y el pelo de su mujer y los dejó libre.

Comenzó a andar, dirección a Alepo. Nunca abandonaría la tierra donde descansaban su mujer y su hija.

sábado, 25 de febrero de 2017

Maniquí

 No me pude creer lo que veía, un maniquí casi nuevo tirado junto a un contenedor de basura. No me lo pensé dos veces, cogí aquella maravilla y y lo llevé conmigo.
En el autobús viajábamos de pie, al final del autocar, junto a un grupo de señoras que cargaban con sus bolsas del mercado llena de frutas, verduras, embutidos,….cosas mundanas necesarias para vivir, y que desgraciadamente yo tenía también que hacer a menudo, pero hoy yo llevaba mi maniquí casi nuevo, aún desnudo, con esos ojos que miraban al infinito, esos ojos que me miraron desde el contenedor pidiendo auxilio, suplicando que lo rescatara y llevara a casa conmigo. No me negué, desde que cruzamos miradas estamos predestinados el uno para el otro, él ordena y yo ejecuto.
Cuando llegamos a casa lo lave, vestí, compré una peluca rubia, y lo peiné, retoqué con pintura algún que otro desconchón que lucía su cuerpo, y lo senté en el butacón que presidía la casa frente a la gran ventana que daba a la avenida.
Tres días estuvo allí sentado, pensativo, agradecido por el trato que le había dispensado, al cuarto día estaba yo en la cocina preparando algo de cenar cuando oí como me llamaban. Al principio no reconocí su voz, no sabía quien me llamaba por mi nombre, pero cuando me di cuenta que era él quien requería mi presencia un escalofrío recorrió mi espalda hasta la nuca. Esa sensación de mil hormigas subiendo a toda velocidad por la columna hasta llegar al bulbo raquídeo… odio esa sensación.
Lo dejé todo a medio hacer y acudí al salón, el maniquí seguía mirando la ventana. Es absurdo, ¿cómo puede hablarme un maniquí?, pensé. Me giré para volver a mis quehaceres y de nuevo su voz. El timbre que tenía era como si me hablase con una lata puesta en la boca. Al dirigirse a mi, lo primero que hizo fue hacerme una pregunta, pero no una al estilo de: -Hola Mario, ¿Cómo estás?, o ¿Que tal el día hoy?, o ¿Te resulta extraño que te hable un maniquí?. Nada de eso, su primera pregunta fue: -¿Por qué?.
-¿Por qué?, Esa era la pregunta más absurda que me habían formulado y era obvio que un maniquí fuese el responsable de esa pregunta. ¿A qué diantres se refería con ese “por qué”?.
No volvió a hablar en toda la noche, cené, vi una película y me acosté. El maniquí permaneció, como no podía ser de otra manera, sentado en el butacón, frente a la cristalera que daba a la avenida.
A las cuatro de la mañana me desperté sobresaltado, notaba la mirada de alguien a los pies de mi cama, estaba seguro que era el maniquí, encendí la luz de la mesita de noche y allí no había nadie. ¿Habría sido todo un sueño?, ¿Me estaría volviendo loco?. Ya no pude volver a conciliar el sueño, a las seis sonó el despertador que esta vez no cumplió su misión, ya que no había nadie a quien despertar, dejé que sonase Radio KFM y me metí en la ducha.
Todo el tiempo tuve esa incómoda sensación de no estar solo y ser continuamente observado.
-No me encontraba bien, mi cabeza hervía y no precisamente de fiebre. El no haber descansado bien, la experiencia de que me hablaba un muñeco, las obligaciones de estar en el trabajo y tener un jefe y unos compañeros desagradables; todo eso me estaba haciendo perder el control. Me estaba convirtiendo sin saberlo en un ser voluble, una máquina obediente y a expensas de un regidor.
-¡Ya está bien Mario!, la dulce voz de María me sacó de mi ensimismamiento. Apoyada sobre mi mesa, dejaba ver un escote de piel canela muy apetecible, su sonrisa albugínea iluminaba aquel rostro moreno sobre el que caían unos rebeldes rizos negros.
-Me tienes que dar ya esos informes- siguió hablando María .-ya no puedo demorar más la entrega- continuó hablando poniendo una carita de cordero degollado que debía usar mucho, ya que conocía el poder devastador que ejercía sobre los hombres. Era una preciosa chica a la que pocos se habrían resistido a sus encantos.
-Aquí los tienes, le dije dándole unos cuantos folios escritos a doble espacio. Los miró por encima y se giró a la vez que me guiñaba un ojo. Se marchó contoneándo su precioso y redondo culo embutido en aquella falda de tubo hasta las rodillas que la obligaban a andar a pasitos cortos.

-¿Por qué?, y ¿por qué, no?. Una nube ocultó todo en mi mente y una sonrisa maléfica acudió a mi. El resto del día todos me ignoraron, esa sonrisa en mi cara al parecer no le gustaba a nadie salvo a mí.

jueves, 23 de febrero de 2017

El tiempo escondido

Juan Manuel, Juanma para los amigos y vecinos del pueblo, no era un hombre avezado en inteligencia, es más, casi no era hombre. Su vida había transcurrido anodina en la vieja casa que sus padres tenían a las afueras del pueblo.
 Bajando la cuesta se llegaba a su vivienda; de piedra maciza y tejado de toscas tejas cubiertas de rastrojos, era también ese, el final del camino. Subiendo por la empinada vía de tierra, se accedía al resto del pueblo, que se alojaba en su totalidad a este lado de la ladera. El único acceso que se tenía al mismo, estaba por la otra cara. Esta particularidad de estar situado en el lado opuesto de la montaña, hacia que nadie se diera cuenta del mismo hasta que prácticamente ya estaba en su interior.
 Juanma era muy querido por todos, nadie jamás le afeó su condición, y él no se sentía ni diferente ni extraño entre sus vecinos. En la casa más cercana vivía doña Tula, la más anciana del lugar, cuentan que tenía ciento cincuenta años. Aunque Juanma lo desconocía, ya que nunca había visto a la señora Tula soplar unas velas. A decir verdad, nunca había visto a nadie soplar velas ni sabía lo que era un cumpleaños ni una fiesta para celebrar el día del nacimiento de uno. En el pueblo, se regían por costumbres, casi todas adoptadas de los animales y jamás habían visto a un toro, ni una cabra, ni una gallina, ratón, perro o pez, celebrar el día de su nacimiento.
 Juanma medía algo más de un metro, de escaso pelo, su bizquera era tan pronunciada que apenas podía nadie fijarse en que carecía de dientes, su nariz parecía que se la habían arrojado desde lejos, quedando pegado en la cara un pegote deforme entre los estrábicos ojos condenados a mirarla. Sus robustos brazos llenos de un pelo negro que escaecía en su cabeza, colgaban inertes junto al fornido cuerpo, y se remataban en unos dedos gruesos y peludos.
 Por encima de la casa de doña Tula, vivían don José y doña Angustias, matrimonio sin hijos y residentes en el pueblo desde su nacimiento. Frente a ellos, en la casa más alta, don Frasquito, el más listo de todos los habitantes, se había apoderado de la casa del párroco, que los había dejado hacía tanto que ya nadie se acordaba de él, a excepción de Juan. Este vecino nunca quiso que se le pusiera el don delante, decía que su único don era ver el futuro. De vez en cuando, cuando se cruzaba con don Frasquito, y le decía:
-¡Ya verás, ya verás!, En cuanto el párroco se canse de estar con Dios, baja y te quita la casa. Te lo digo porque lo vi en sueños... Y se iba como si nada hubiera pasado.
 Cuando el párroco murió, vino un automóvil y se llevó el cuerpo, los vecinos preguntaron a donde iban, y el conductor dijo:
- Me lo llevo a la ciudad, el párroco se va con Dios.
 Y ya nunca más se les volvió a ver, ni a él ni al conductor del coche.
 La primera casa habitada estaba ocupada por doña Mencía, hacía un pan exquisito, y a Juanma le encantaba atravesar todo el pueblo hasta su casa para ayudarla a amasar el pan y hornearlo. Siempre se llevaba a casa una hogaza.
¡Cumbrescondida!, el pueblo de nueve habitantes que cambió los designios del mundo, y que ha quedado olvidado en la historia.

viernes, 17 de febrero de 2017

Miedo

 Me he quedado seco, no hace mucho, las ideas fluían en mi cabeza y conformaban mundos paralelos donde era tan feliz como lo pueda ser en este terrenal.
De un tiempo a esta parte, mi mundo imaginario está congelado. Apenas logro esbozar un inicio, una página de mi “imagilandia” o tierra de la imaginación. Y al cabo de unos segundos desaparece, se seca como la gota de agua sobre la sartén caliente. Se evaporan esos sueños para topar de bruces con un realidad de la cual nada quiero saber.
Mi realidad es como la de todos, anodina si no tienes algo a lo que agarrarte. Las mentes menos pre-claras, se adhieren a equipos de fútbol o partidos políticos, anexionados como si la vida le fuese en ello para acabar con su rival. Tienen almas de soldados rasos, masas ingentes espoleadas por un motivo en común, una bandera que pueda representar cualquier cosa, todo lo que ella defienda les parecerá bien.
Otras mentes más avanzadas intentan disfrutar moviendo los hilos y se regocijan de su capacidad de moldear los pensamientos ajenos. Son los peligrosos de verdad.
Unos pocos, nos conformamos con crear mundos imaginarios, algunos lo plasman en lienzos, otros en robot o maquinarias increíbles, otros pocos vomitamos letras en papel o pantallas de ordenador que brillan como luciérnagas en la noche.
Trato de leer, pero un libro me atiborra de nuevos inicios, corro hacia el papel en blanco que parpadea en la pantalla esperando ver algo impreso, y antes de llegar al ordenador, toda idea se pierde.
Mi cuerpo físico está cansado, el psicológico, que siempre se ha valido de ello para explorar y aventurar nuevas historia, está sentado junto al cuerpo natural en el sofá, viendo sin ver, comiendo sin comer, saturando todo con borbotones de anodina existencia.
Las dos de la mañana, deambulo por la casa como alma errante, tengo ganas de escribir, estoy creativo, me siento bien. Me acuesto y duermo feliz, mañana he de madrugar. Soy un cobarde por no atreverme a esforzarme por lo que quiero, sufro, lo paso mal, siento que mi mundo feliz se apaga.

Un nuevo día, ya avanza el año, miro hacia la pantalla del ordenador y el folio está en blanco, mañana es el día de los enamorados, unos años atrás, por estas fechas ya tenía escrito más de dos docena de relatos. El pozo sigue seco.

miércoles, 15 de febrero de 2017

“Laboradicto”



Encerrado en una habitación acolchada, atado e inmóvil sobre la cama, no dejaba de pensar en aquellas tardes en el lago junto a su familia; paseando y dando de comer a los cisnes de la mano de sus pequeñas.
Escuchó pasos, se puso en guardia y detuvo la mente en aquella imagen idílica. No quiso romper lo único que le daba felicidad para regresar a la dura realidad.

-Bloqueo mental con tendencia parricida,-sentenció el psiquiatra mirando al juez y al alguacil de la prisión- causado por exceso de trabajo y nada de ocio

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fiesta

Vivían en la ignorancia de lo que sucedía a su alrededor, no quisieron ver la otra realidad, la cruel y dura verdad que los rodeaba, haciendo gala del más puro estilo de vida Epicúreo, ni tan siquiera dirigieron su mirada hacia el exterior, bordeaban las ventanas para no mirar ni de reojo el caos que ya llegaba a sus jardines.  Escuchaban la música en aquella fiesta que parecía interminable, pero no hay fiesta eterna.
Los primeros invitados en abandonar el baile se toparon con una realidad que les agujereó el alma, poco a poco el salón fue quedando vacío, ya hacía tiempo que los músicos habían dejado de tocar, serpentinas, copas a medio vaciar, botellas de champán por todas las mesas auxiliares, evidenciaban que aquella había sido una fiesta mítica.
El anfitrión la había abandonado a la vez que los músicos entonaron la última de las baladas. Un tiro en la cabeza acabó con su vida y la de su compañera.
Setenta años después, otra fiesta se celebra, ahora han puesto papel celofán en las ventanas para que disimule el drama del exterior, quienes golpean las ventanas con fuerza son apartados por los equipos de seguridad para que no enturbien la diversión de los de adentro. ¿Hasta cuando?...el tiempo nos lo dirá.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Plato único


Tras la barra, un hombre de aspecto sucio mataba moscas con un trapo. Todo olía a frituras; era un milagro que sanidad no le hubiera cerrado ya el establecimiento.
Pérez llegó a la hora acostumbrada, con más de cien kilogramos de peso, retaba cada día a la banqueta de madera para no partirla en mil astillas.
-¡Hola Pedro!, saludo secándose el sudor de la barbilla. -¡El guiso del día!, dijo mientras emitía extraños sonidos debido al esfuerzo que le costaba respirar.
Sin mediar palabra, Pedro le sirvió un plato enorme de carne con tomates.
-¡Que te aproveche!, dijo de mala gana.
En la distancia observó como Pérez daba buena cuenta de su comida, lo hacía con fruición, sin levantar la mirada del plato, llenando los dos carrillos y engullendo casi sin masticar.
De pronto, comenzó a convulsionar. Ya no emitía sonido alguno y su rostro se azulaba por momentos, un golpe de tos y algo sobrevoló la barra hasta caer a los pies de Pedro. Un trozo de carne con un pequeño pendiente adherido.
-Dile a Carmen que el guiso estaba de muerte, se despidió Pérez.
Pedro miró el trozo de carne en el suelo y dijo:
-¡Ya has oído!

martes, 15 de noviembre de 2016

Desconsuelo

 El Domingo día 13 de Noviembre del año 2.016, la tristeza inundó nuestros corazones. Emilio perdió la lucha contra sus células malas.
 Nosotros perdimos su felicidad; su manera de hablar; su actitud ante todo, bueno y malo; su dedo meñique levantado al beber; su sonrisa; su forma de tomarlo todo con calma;...
 Te gustaba entrar en este blog a leer mis relatos, luego lo comentábamos. Nunca más podremos hacerlo y este, tu relato propio quedará como tu cuerpo, inerte a la espera de algún lector que te mantendrá vivo en mente, te conociera o no, al saber que existió una persona buena, una buena persona llamada Emilio Blanco Coria.
 Desde que entraste a formar parte de mi vida allá por los años ochenta, cuando aún eras novio de la tía Mari, las anécdotas y recuerdos se amontonan en el baúl de mi memoria. Hoy cientos de personas han sentido tu marcha, no digo tu pérdida, porque mientras te recordemos, no habrás-no te habremos- perdido.
En el cementerio, mientras alargábamos la despedida, no pude más que contemplar a todos los que allí habíamos con lágrimas en los ojos al saber que tu cuerpo en breve desaparecerá de nuestra vida para siempre.
 Cuanto dolor desparramado sobre aquellas piedras, cuantas madres, padres, hijos, hijas, hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, sobrinos, sobrinas, primos, primas, cuñados, cuñadas, amigos, amigas...habrán dejado en algún momento de su existencia dolor sobre aquellas marmóreas lápidas.
 Sé que si leyeses esto, hasta me reñirías, -"sobrino, sobre mi escribe cosas alegres"-; pero esto ya no es sobre ti, es sobre mi y sobre quienes nos quedamos sin poder disfrutar de ti.
 Aún pesa sobre mis dedos la pena, el desasosiego de querer decir pero no poder escribir sobre el padre que quiso a sus hijas por encima de todas las cosas; el marido que siempre tuvo un beso, un abrazo para su mujer; el cuñado que era querido por todos ya que siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien lo necesitaba; el hombre que supo darle a todos su sitio.
 Tus restos descansan entre los pinos y el mar, tu recuerdo en nuestros corazones.
 Hasta siempre Emilio.