martes, 16 de mayo de 2017

¿Metamorfósis?



La barba, más blanca que negra poblaba la cetrina cara, dos semanas tumbado en el sofá, sin asearse, sin apenas comer de manera decente, bebiendo y ahogándose en su pena, le daban un aspecto deplorable. Poco a poco se fue distanciando de las personas que lo apreciaban, se dejó atrapar por el vino y la soledad, un capullo que hacía que la crisálida se aislara del mundo que lo rodeaba.

miércoles, 15 de marzo de 2017

El viaje de Saya

-¡Vamos Saya!-voceó su madre, aupada en el último escalón y elevando el cuello con la intención de que su voz recorriera menos espacio y llegara así de manera más fácil a su hija.
-¡Ya bajo mami!, una voz infantil resonó por el hueco de la escalera. Diana sonrió y relajó su cuerpo, esperando ver a su niña.
De dos en dos bajó la pequeña Saya los escalones. Sus bailarinas blancas se deslizaban sin apenas hacer ruido por las escalinatas de mármol. Los calcetines de hilo albugíneo permanecían adheridos a la pierna, cubriendo hasta las rodillas, aguantando estoicos los golpes de la chiquilla sin escurrirse. El traje floreado bailaba con el vaivén propio del descenso acelerado. Su largo pelo negro hacía el mismo juego que el vestido, creando una bucólica imagen en la mente de Diana, que miraba orgullosa y feliz a su querida hija.
-¡Feliz Cumpleaños!- gritaron todos los invitados al unísono al ver aparecer a Saya. Norman, su padre, cargaba con una enorme tarta alumbrada con once velas.
Al anochecer, los últimos invitados dejaron la casa. Saya no cabía en sí de gozo.
-¡Ha sido mi mejor fiesta de cumpleaños!-le decía a su madre una y otra vez, mientras ésta, sentada a su vera en la cama,sonreía a la par que acariciaba su inocente mano. El sueño venció al entusiasmo y un beso materno en la frente selló el magnífico día.
- ¡Shhh!- siseó el padre -No te muevas- le dijo al oído mientras la abrazaba agazapado tras una esquina. Vigilando, tras ellos, Diana. Que cargaba un hatillo con todas las pertenencias que tuvieran algún tipo de valor.
Saya, pegada al pecho de su padre, nota el miedo que desprende su progenitor. El corazón latiendo acelerado casi la deja sorda. El sudor caliente recién transpirado se mezcla con el olor a tabaco impregnado en la ropa. Tanto la aprieta, que casi llega a asfixiarla.
Cerró los ojos, intentando recordar el día de su cumpleaños. No había pasado ni una sola semana desde que lo celebraran todos juntos con alegría. Lo único que sus padres le habían permitido llevar consigo era un colgante de media luna que su madre le regaló. Mientras Diana se lo ponía al cuello, le contó que laabuela se lo entregó a ella el día de su undécimo cumpleaños y que así había ido pasando por todas las generaciones. Hasta llegar a Saya.
Cogió con fuerzas el colgante y se hundió aún más en el pecho de su padre. A lo lejos se oían gritos, disparos, llantos y súplicas, muchas súplicas.
Apretaba los ojos intentando que así el sonido también se disipase al igual que la luz, pero pudo escuchar con claridad lo que aquellos hombres decían.
-¡Vamos, fuma!, gritaba una voz poderosa.
Una mujer lloraba y pedía. Rogaba que lo dejasen en paz, que aquel era buen hombre y siervo de Dios.
El guerrillero al mando ignoró a la señora que le impetraba perdón para el reo. Y volvió a hablar elevando el tono de manera ostensible, para que no se enterase solo aquel rehén al que habían obligado a encender el cigarrillo, sino la mayor cantidad de personas posible
-Sabes que fumar es una lenta forma de suicidio y Ala castiga ese pecado con la muerte-. Tras terminar de hablar, se pudo oír el sonido de algo rasgando el aire hasta topar y tajar su objetivo, tras el corte, algo se desprendió y rodó por el suelo. Después, en el silencio que se instauró,pudo oírsecon claridad el ruido que salía de la tráquea al vaciarse los pulmones de aire para anegarse de sangre. El desgarrador grito de la mujer devolvió la vida a la plaza.
-¡Vamos!- dijo su padre. Se pusieron en pie y cruzaron la explanada en la que, instantes antes, había dos hombres. Uno, con el poder que le otorga la fuerza y la locura de pensar que sus actos están protegidos y guiados por la mano divina. Otro, que padece y sufre la locura ajena en forma de muerte. Pasaron cerca de la cabeza que mantenía aún el cigarrillo en los labios y que así se quedó durante semanas como aviso a navegantes.
Norman cobija a su hija con el brazo tratando de que pase inadvertida. Tras ellos, cargando con las pocas cosas que habían decido llevar, su mujer. Vestida entera con un burka negro, oculta de esta manera su bello rostro, su anillado pelo azabache, sus ojos color miel, sus carnosos labios. Saya sabe que, bajo aquella horrible vestimenta, se encuentra su madre. Eso la tranquiliza.
-¡Alto!- gritó una voz. Saya la reconoció de inmediato: era la del hombre que, diez minutos antes, había estado en aquella plaza.
Su padre detuvo el paso. Tras él, su madre. Norman no soltaba la mano de su hija. Se quedaron inmóviles, esperando una nueva orden.
-¡Ven!- volvió a ordenar aquel individuo.
Norman se giró con lentitud. Sin soltar las manos de Saya, se dirigió hasta el vehículo en el que esperaba aquel Yihadista. Uno de sus pies sobresalía del jeep. Entre las piernas portaba un rifle. Sus barbas estaban sucias y no paraba de hurgarse los dientes mientras se dirigía al Sirio.
-¿Porqué no lleva ella el Burka? – preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia Saya.
-Solo es una niña, balbuceó Norman, aún no tiene los diez años, mintió.
Saya no levantó la mirada del suelo, a sabiendas de que su padre mentía para salvarla y el futuro de la familia dependía de las decisiones que tomara aquel faccioso.
-Está bien - se mostró condescendiente el hombre con arma - podéis continuar, pero en menos de dos horas tendremos el toque de queda, ya sabes las consecuencias si te pillamos por la calle.
Norman no pronunció palabra alguna, se volvió y continuó la huida. Sabía que en dos horas ya estarían lejos de aquella ciudad.
-¡Hola Said! - saludó Norman a su buen amigo, a la vez que se fundían en un abrazo. Said era un chico de unos treinta años, había sido alumno de Norman en la universidad, destacaba entre todos los estudiantes por su sensibilidad y capacidad literaria y eso les llevó a entablar una relación de algo más que alumno profesor. Said disponía de un coche ruso de segunda mano capaz de sacarlos de aquella ciudad que profesaba una metamorfosis a maldita.
La salida de la ciudad se hizo sin altercado alguno, apenas había vehículos por las calles y no tuvieron que padecer ningún control de las milicias. Tras el saludo, apenas habían hablado más que algunas indicaciones dada de manera escueta, poco había ya que decir que no estuviese ya hablado y meditado. Dos horas después, la ciudad de Alepo quedaba lejos.
-Estamos a unas cinco horas de la frontera con Turquía - informó Said - les dejaré todo lo cerca que me sea posible.
-¿No la cruzarás con nosotros? - quiso saber Norman.
-Mi sitio está aquí, seguiré asistiendo a la universidad, ahora que usted no está, alguien debe ejercer de profesor titular – dijo, con una sonrisa que denotaba amargura, a pesar de que trataba de reflejar todo lo contrario.
Se despidieron con el mismo énfasis con el que se habían saludados horas antes, la familia se unió a un grupo que andaba por el arcén y comenzaron el peregrinaje a pie.
El sol apretaba. A pesar del calor, Saya miraba con los ojos de la inocencia el mundo que la rodeaba, cientos de personas deambulando como muertos vivientes hacia una vida mejor.
Un bebé en brazos de sus progenitores lloraba desesperado. El hambre, el cansancio, el exilio, demasiada carga para cuerpos tan pequeños. Saya le sonrió e hizo gestos con la mano. En ese momento, el bebé dejó de llorar y su mirada se perdió en un vacío eterno. La muerte era el destino de los más débiles, el camino más corto hacia la paz.
Ya llevaban cinco días andando por entre aquellas montañas y valles, parecieran meses deambulando por las tierras áridas que separaban Siria de Turquía.
Al tercer día, Norman decidió alejarse del grupo que formaba el éxodo y viajaba en línea recta hacia Turquía, dando un rodeo e intentando evitar así los ejércitos fronterizos. Sin nada que llevarse a la boca, sobrevivían gracias a la generosidad de los pocos pastores nómadas que se iban encontrando en el camino. Las noches son frías, los días calurosos. El cansancio se acumula en las jóvenes piernas de Saya que, débil y desnutrida, comienza a sufrir fiebres.
Norman, a sabiendas de lo duro que resulta el viaje, intenta que sea ameno y esperanzador, para conseguirlo, les cuenta a su mujer e hija historias de antepasados. De lo grandes y poderosos que fueron sus ejércitos. Decómo, en otra época, el mundo giraba alrededor de Siria. Al terminar de relatar las antiguas gestas , les asegura que, cuando lleguen a Europa, serán muy bien acogidos, ya que el legado que han aportado a la humanidad, les abrirá todas las puertas.
Saya apenas entendía lo que su padre le contaba, pero trataba de emitir una sonrisa cada vez que este se giraba y la miraba, lo hacía a pesar de tener los labios secos y resquebrajados por la fiebre y el calor. La debilidad y el polvo se acumulaban de forma abusiva en ella.
Al octavo día llegaron a un enorme asentamiento cerca de la frontera turca, en la provincia de Iblib. Esa noche comieron sopa caliente y algo de pan.
El cielo estaba lleno de estrellas. Si Saya alargaba la mano, estaba segura de que podría coger alguna. A lo lejos, alguien tocaba el saz cantando canciones de amor. Tenía una voz dulce que ayudaba a conciliar el sueño.
Saya notó como su padre se acercaba y le besaba la frente en la oscuridad.
-¿Porqué a nosotros papa? - preguntó la niña con voz baja. No obtuvo respuesta, aunque sabía que su padre aún estaba allí, ya que su silueta sobre ella recortaba el cielo estrellado.
-¿No hay nadie que pueda parar este terror? ¿Qué hemos hecho para que nos tengamos que ir de nuestra casa? Saya hacía las preguntas sin obtener contestación. Notó una gota en su mejilla y supo que su padre solo tenía como respuesta una lágrima. Entonces calló y dejó que los sueños la abrazaran.
El nuevo amanecer se convirtió en la peor pesadilla de la familia. Saya despertó sobresaltada con los gritos de su padre, que a voces llamaba a Diana.
¿Qué ocurría?, ¿Dónde estaba su madre?. No podía ser: ¡su madre había desaparecido!
Norman cogió a Saya de la mano y comenzaron su búsqueda.
A las afueras del campamento unos gritos alertaron a Norman. No había duda, era la voz de Diana. Corrió hacia donde surgían los lamentos. Tres soldados abusaban de su bella mujer mientras esta trataba en vano de desasirse de aquellos fornidos brazos. Cuando Norman llegó por fin junto a ella, solo encontró a su esposa desnuda, golpeada y llena de sangre. En la lejanía observó impotente como aquellos violadores marchaban armados y quiso morir al oír como reían tras su crimen.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de aquel hombre, que arrodillado junto al cadáver de su compañera trataba de no volverse loco. La sangre le corría con fuerza por sus venas, la sien le martilleaba su cabeza en latidos sordos. El dolor del alma se apoderó de todo su ser. Cogió a su pareja en brazos, Saya se agarró a la mano de su madre yacente y comenzaron a andar en la misma dirección por la que se habían ido los asesinos.
Como la pólvora corrió la noticia por el asentamiento, apenas tardaron unos minutos en movilizarse y marchar todos en silencio junto al afligido padre, la occisa y la inocente niña
Al llegar a la frontera, aquellos hombres uniformados amenazaron con disparar si intentaban entrar en territorio Turco. Norman depositó a su mujer con mucha dulzura en el suelo, se incorporó y se dirigió él solo en dirección a la alambrada que separaban los dos países.
Hizo caso omiso de los guardias, que a cada paso que daba el Sirio, más nervioso se mostraban, elevando la voz y las amenazas.
Al llegar a la puerta que separaba el futuro del presente, rodeada de vallas y alambres de pinchos, Norman agarró con su mano el candado que la mantenía cerrada. Tiró de él en un vano intento de que se abriese y escuchó las detonaciones. El instinto le llevó a agacharse, oía silbar las balas sobre su cabeza, pudo ver como el grupo que lo había acompañado se dispersó en una alborotada huida.
El mundo se detuvo para Norman cuando se dio cuenta de que Saya estaba derrumbada sobre su madre y no se movía. En aquel momento la sangre se heló en sus venas. Corrió hacia ellas, y aunque la distancia que debía hacer no era muy grande, los pocos segundos que tardó en cruzar aquel espacio se le hizo eterno. Hasta que no alcanzó a su hija, sus movimientos transcurrieron a cámara súper lenta.
Al girar a la niña para verle la cara, el tiempo cobró su ritmo natural. Saya le sonrió. Sus manos descansaban sobre su estómago, de entre sus dedos comenzó a brotar sangre de un color rojo brillante imposible de retener.
Un desgarrador grito surcó el aire y se perdió en el desierto, luego silencio.
Norman mecía a su hija, que hacía rato había dejado de sangrar, ella aún mantenía sus ojos abiertos, que miraban hacia el inmenso cielo azul, aunque ya nunca más podría contemplarlo.
Con gran delicadeza, pasó la mano por su rostro y se los cerró para siempre.
-¡Que tengas un buen viaje, Saya!- despidió de su hija.
La noche la pasó junto a los cadáveres, velando sus cuerpos. Al amanecer las enterró en una fosa cavada con sus propias manos, antes de cubrir los cuerpos con la arena del desierto, cogió el colgante de su hija y se lo guardó en un bolsillo, quitó el velo que tapaba el rostro y el pelo de su mujer y los dejó libre.

Comenzó a andar, dirección a Alepo. Nunca abandonaría la tierra donde descansaban su mujer y su hija.

sábado, 25 de febrero de 2017

Maniquí

 No me pude creer lo que veía, un maniquí casi nuevo tirado junto a un contenedor de basura. No me lo pensé dos veces, cogí aquella maravilla y y lo llevé conmigo.
En el autobús viajábamos de pie, al final del autocar, junto a un grupo de señoras que cargaban con sus bolsas del mercado llena de frutas, verduras, embutidos,….cosas mundanas necesarias para vivir, y que desgraciadamente yo tenía también que hacer a menudo, pero hoy yo llevaba mi maniquí casi nuevo, aún desnudo, con esos ojos que miraban al infinito, esos ojos que me miraron desde el contenedor pidiendo auxilio, suplicando que lo rescatara y llevara a casa conmigo. No me negué, desde que cruzamos miradas estamos predestinados el uno para el otro, él ordena y yo ejecuto.
Cuando llegamos a casa lo lave, vestí, compré una peluca rubia, y lo peiné, retoqué con pintura algún que otro desconchón que lucía su cuerpo, y lo senté en el butacón que presidía la casa frente a la gran ventana que daba a la avenida.
Tres días estuvo allí sentado, pensativo, agradecido por el trato que le había dispensado, al cuarto día estaba yo en la cocina preparando algo de cenar cuando oí como me llamaban. Al principio no reconocí su voz, no sabía quien me llamaba por mi nombre, pero cuando me di cuenta que era él quien requería mi presencia un escalofrío recorrió mi espalda hasta la nuca. Esa sensación de mil hormigas subiendo a toda velocidad por la columna hasta llegar al bulbo raquídeo… odio esa sensación.
Lo dejé todo a medio hacer y acudí al salón, el maniquí seguía mirando la ventana. Es absurdo, ¿cómo puede hablarme un maniquí?, pensé. Me giré para volver a mis quehaceres y de nuevo su voz. El timbre que tenía era como si me hablase con una lata puesta en la boca. Al dirigirse a mi, lo primero que hizo fue hacerme una pregunta, pero no una al estilo de: -Hola Mario, ¿Cómo estás?, o ¿Que tal el día hoy?, o ¿Te resulta extraño que te hable un maniquí?. Nada de eso, su primera pregunta fue: -¿Por qué?.
-¿Por qué?, Esa era la pregunta más absurda que me habían formulado y era obvio que un maniquí fuese el responsable de esa pregunta. ¿A qué diantres se refería con ese “por qué”?.
No volvió a hablar en toda la noche, cené, vi una película y me acosté. El maniquí permaneció, como no podía ser de otra manera, sentado en el butacón, frente a la cristalera que daba a la avenida.
A las cuatro de la mañana me desperté sobresaltado, notaba la mirada de alguien a los pies de mi cama, estaba seguro que era el maniquí, encendí la luz de la mesita de noche y allí no había nadie. ¿Habría sido todo un sueño?, ¿Me estaría volviendo loco?. Ya no pude volver a conciliar el sueño, a las seis sonó el despertador que esta vez no cumplió su misión, ya que no había nadie a quien despertar, dejé que sonase Radio KFM y me metí en la ducha.
Todo el tiempo tuve esa incómoda sensación de no estar solo y ser continuamente observado.
-No me encontraba bien, mi cabeza hervía y no precisamente de fiebre. El no haber descansado bien, la experiencia de que me hablaba un muñeco, las obligaciones de estar en el trabajo y tener un jefe y unos compañeros desagradables; todo eso me estaba haciendo perder el control. Me estaba convirtiendo sin saberlo en un ser voluble, una máquina obediente y a expensas de un regidor.
-¡Ya está bien Mario!, la dulce voz de María me sacó de mi ensimismamiento. Apoyada sobre mi mesa, dejaba ver un escote de piel canela muy apetecible, su sonrisa albugínea iluminaba aquel rostro moreno sobre el que caían unos rebeldes rizos negros.
-Me tienes que dar ya esos informes- siguió hablando María .-ya no puedo demorar más la entrega- continuó hablando poniendo una carita de cordero degollado que debía usar mucho, ya que conocía el poder devastador que ejercía sobre los hombres. Era una preciosa chica a la que pocos se habrían resistido a sus encantos.
-Aquí los tienes, le dije dándole unos cuantos folios escritos a doble espacio. Los miró por encima y se giró a la vez que me guiñaba un ojo. Se marchó contoneándo su precioso y redondo culo embutido en aquella falda de tubo hasta las rodillas que la obligaban a andar a pasitos cortos.

-¿Por qué?, y ¿por qué, no?. Una nube ocultó todo en mi mente y una sonrisa maléfica acudió a mi. El resto del día todos me ignoraron, esa sonrisa en mi cara al parecer no le gustaba a nadie salvo a mí.

jueves, 23 de febrero de 2017

El tiempo escondido

Juan Manuel, Juanma para los amigos y vecinos del pueblo, no era un hombre avezado en inteligencia, es más, casi no era hombre. Su vida había transcurrido anodina en la vieja casa que sus padres tenían a las afueras del pueblo.
 Bajando la cuesta se llegaba a su vivienda; de piedra maciza y tejado de toscas tejas cubiertas de rastrojos, era también ese, el final del camino. Subiendo por la empinada vía de tierra, se accedía al resto del pueblo, que se alojaba en su totalidad a este lado de la ladera. El único acceso que se tenía al mismo, estaba por la otra cara. Esta particularidad de estar situado en el lado opuesto de la montaña, hacia que nadie se diera cuenta del mismo hasta que prácticamente ya estaba en su interior.
 Juanma era muy querido por todos, nadie jamás le afeó su condición, y él no se sentía ni diferente ni extraño entre sus vecinos. En la casa más cercana vivía doña Tula, la más anciana del lugar, cuentan que tenía ciento cincuenta años. Aunque Juanma lo desconocía, ya que nunca había visto a la señora Tula soplar unas velas. A decir verdad, nunca había visto a nadie soplar velas ni sabía lo que era un cumpleaños ni una fiesta para celebrar el día del nacimiento de uno. En el pueblo, se regían por costumbres, casi todas adoptadas de los animales y jamás habían visto a un toro, ni una cabra, ni una gallina, ratón, perro o pez, celebrar el día de su nacimiento.
 Juanma medía algo más de un metro, de escaso pelo, su bizquera era tan pronunciada que apenas podía nadie fijarse en que carecía de dientes, su nariz parecía que se la habían arrojado desde lejos, quedando pegado en la cara un pegote deforme entre los estrábicos ojos condenados a mirarla. Sus robustos brazos llenos de un pelo negro que escaecía en su cabeza, colgaban inertes junto al fornido cuerpo, y se remataban en unos dedos gruesos y peludos.
 Por encima de la casa de doña Tula, vivían don José y doña Angustias, matrimonio sin hijos y residentes en el pueblo desde su nacimiento. Frente a ellos, en la casa más alta, don Frasquito, el más listo de todos los habitantes, se había apoderado de la casa del párroco, que los había dejado hacía tanto que ya nadie se acordaba de él, a excepción de Juan. Este vecino nunca quiso que se le pusiera el don delante, decía que su único don era ver el futuro. De vez en cuando, cuando se cruzaba con don Frasquito, y le decía:
-¡Ya verás, ya verás!, En cuanto el párroco se canse de estar con Dios, baja y te quita la casa. Te lo digo porque lo vi en sueños... Y se iba como si nada hubiera pasado.
 Cuando el párroco murió, vino un automóvil y se llevó el cuerpo, los vecinos preguntaron a donde iban, y el conductor dijo:
- Me lo llevo a la ciudad, el párroco se va con Dios.
 Y ya nunca más se les volvió a ver, ni a él ni al conductor del coche.
 La primera casa habitada estaba ocupada por doña Mencía, hacía un pan exquisito, y a Juanma le encantaba atravesar todo el pueblo hasta su casa para ayudarla a amasar el pan y hornearlo. Siempre se llevaba a casa una hogaza.
¡Cumbrescondida!, el pueblo de nueve habitantes que cambió los designios del mundo, y que ha quedado olvidado en la historia.

viernes, 17 de febrero de 2017

Miedo

 Me he quedado seco, no hace mucho, las ideas fluían en mi cabeza y conformaban mundos paralelos donde era tan feliz como lo pueda ser en este terrenal.
De un tiempo a esta parte, mi mundo imaginario está congelado. Apenas logro esbozar un inicio, una página de mi “imagilandia” o tierra de la imaginación. Y al cabo de unos segundos desaparece, se seca como la gota de agua sobre la sartén caliente. Se evaporan esos sueños para topar de bruces con un realidad de la cual nada quiero saber.
Mi realidad es como la de todos, anodina si no tienes algo a lo que agarrarte. Las mentes menos pre-claras, se adhieren a equipos de fútbol o partidos políticos, anexionados como si la vida le fuese en ello para acabar con su rival. Tienen almas de soldados rasos, masas ingentes espoleadas por un motivo en común, una bandera que pueda representar cualquier cosa, todo lo que ella defienda les parecerá bien.
Otras mentes más avanzadas intentan disfrutar moviendo los hilos y se regocijan de su capacidad de moldear los pensamientos ajenos. Son los peligrosos de verdad.
Unos pocos, nos conformamos con crear mundos imaginarios, algunos lo plasman en lienzos, otros en robot o maquinarias increíbles, otros pocos vomitamos letras en papel o pantallas de ordenador que brillan como luciérnagas en la noche.
Trato de leer, pero un libro me atiborra de nuevos inicios, corro hacia el papel en blanco que parpadea en la pantalla esperando ver algo impreso, y antes de llegar al ordenador, toda idea se pierde.
Mi cuerpo físico está cansado, el psicológico, que siempre se ha valido de ello para explorar y aventurar nuevas historia, está sentado junto al cuerpo natural en el sofá, viendo sin ver, comiendo sin comer, saturando todo con borbotones de anodina existencia.
Las dos de la mañana, deambulo por la casa como alma errante, tengo ganas de escribir, estoy creativo, me siento bien. Me acuesto y duermo feliz, mañana he de madrugar. Soy un cobarde por no atreverme a esforzarme por lo que quiero, sufro, lo paso mal, siento que mi mundo feliz se apaga.

Un nuevo día, ya avanza el año, miro hacia la pantalla del ordenador y el folio está en blanco, mañana es el día de los enamorados, unos años atrás, por estas fechas ya tenía escrito más de dos docena de relatos. El pozo sigue seco.

miércoles, 15 de febrero de 2017

“Laboradicto”



Encerrado en una habitación acolchada, atado e inmóvil sobre la cama, no dejaba de pensar en aquellas tardes en el lago junto a su familia; paseando y dando de comer a los cisnes de la mano de sus pequeñas.
Escuchó pasos, se puso en guardia y detuvo la mente en aquella imagen idílica. No quiso romper lo único que le daba felicidad para regresar a la dura realidad.

-Bloqueo mental con tendencia parricida,-sentenció el psiquiatra mirando al juez y al alguacil de la prisión- causado por exceso de trabajo y nada de ocio

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fiesta

Vivían en la ignorancia de lo que sucedía a su alrededor, no quisieron ver la otra realidad, la cruel y dura verdad que los rodeaba, haciendo gala del más puro estilo de vida Epicúreo, ni tan siquiera dirigieron su mirada hacia el exterior, bordeaban las ventanas para no mirar ni de reojo el caos que ya llegaba a sus jardines.  Escuchaban la música en aquella fiesta que parecía interminable, pero no hay fiesta eterna.
Los primeros invitados en abandonar el baile se toparon con una realidad que les agujereó el alma, poco a poco el salón fue quedando vacío, ya hacía tiempo que los músicos habían dejado de tocar, serpentinas, copas a medio vaciar, botellas de champán por todas las mesas auxiliares, evidenciaban que aquella había sido una fiesta mítica.
El anfitrión la había abandonado a la vez que los músicos entonaron la última de las baladas. Un tiro en la cabeza acabó con su vida y la de su compañera.
Setenta años después, otra fiesta se celebra, ahora han puesto papel celofán en las ventanas para que disimule el drama del exterior, quienes golpean las ventanas con fuerza son apartados por los equipos de seguridad para que no enturbien la diversión de los de adentro. ¿Hasta cuando?...el tiempo nos lo dirá.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Plato único


Tras la barra, un hombre de aspecto sucio mataba moscas con un trapo. Todo olía a frituras; era un milagro que sanidad no le hubiera cerrado ya el establecimiento.
Pérez llegó a la hora acostumbrada, con más de cien kilogramos de peso, retaba cada día a la banqueta de madera para no partirla en mil astillas.
-¡Hola Pedro!, saludo secándose el sudor de la barbilla. -¡El guiso del día!, dijo mientras emitía extraños sonidos debido al esfuerzo que le costaba respirar.
Sin mediar palabra, Pedro le sirvió un plato enorme de carne con tomates.
-¡Que te aproveche!, dijo de mala gana.
En la distancia observó como Pérez daba buena cuenta de su comida, lo hacía con fruición, sin levantar la mirada del plato, llenando los dos carrillos y engullendo casi sin masticar.
De pronto, comenzó a convulsionar. Ya no emitía sonido alguno y su rostro se azulaba por momentos, un golpe de tos y algo sobrevoló la barra hasta caer a los pies de Pedro. Un trozo de carne con un pequeño pendiente adherido.
-Dile a Carmen que el guiso estaba de muerte, se despidió Pérez.
Pedro miró el trozo de carne en el suelo y dijo:
-¡Ya has oído!

martes, 15 de noviembre de 2016

Desconsuelo

 El Domingo día 13 de Noviembre del año 2.016, la tristeza inundó nuestros corazones. Emilio perdió la lucha contra sus células malas.
 Nosotros perdimos su felicidad; su manera de hablar; su actitud ante todo, bueno y malo; su dedo meñique levantado al beber; su sonrisa; su forma de tomarlo todo con calma;...
 Te gustaba entrar en este blog a leer mis relatos, luego lo comentábamos. Nunca más podremos hacerlo y este, tu relato propio quedará como tu cuerpo, inerte a la espera de algún lector que te mantendrá vivo en mente, te conociera o no, al saber que existió una persona buena, una buena persona llamada Emilio Blanco Coria.
 Desde que entraste a formar parte de mi vida allá por los años ochenta, cuando aún eras novio de la tía Mari, las anécdotas y recuerdos se amontonan en el baúl de mi memoria. Hoy cientos de personas han sentido tu marcha, no digo tu pérdida, porque mientras te recordemos, no habrás-no te habremos- perdido.
En el cementerio, mientras alargábamos la despedida, no pude más que contemplar a todos los que allí habíamos con lágrimas en los ojos al saber que tu cuerpo en breve desaparecerá de nuestra vida para siempre.
 Cuanto dolor desparramado sobre aquellas piedras, cuantas madres, padres, hijos, hijas, hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, sobrinos, sobrinas, primos, primas, cuñados, cuñadas, amigos, amigas...habrán dejado en algún momento de su existencia dolor sobre aquellas marmóreas lápidas.
 Sé que si leyeses esto, hasta me reñirías, -"sobrino, sobre mi escribe cosas alegres"-; pero esto ya no es sobre ti, es sobre mi y sobre quienes nos quedamos sin poder disfrutar de ti.
 Aún pesa sobre mis dedos la pena, el desasosiego de querer decir pero no poder escribir sobre el padre que quiso a sus hijas por encima de todas las cosas; el marido que siempre tuvo un beso, un abrazo para su mujer; el cuñado que era querido por todos ya que siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien lo necesitaba; el hombre que supo darle a todos su sitio.
 Tus restos descansan entre los pinos y el mar, tu recuerdo en nuestros corazones.
 Hasta siempre Emilio.
 

viernes, 14 de octubre de 2016

Borrado

2:00 Horas. 16 de Julio de 2.012

Acabo de levantarme para ir al servicio, antes de volver a la cama me he mirado al espejo y sentí la irrefutable necesidad de sentarme en el ordenador a escribir.
 Desde hace meses estoy notando una extraña sensación de cambio en mi cuerpo, para ser más exacto, en mi mente. La evolución de mi memoria ha tocado techo, ahora comienza a descomponerse, y lo peor, tengo conciencia de ello.

11:00 Horas 17 de Julio de 2.012

 Anoche tardé en coger el sueño, pero tras una ducha ya estoy de nuevo operativo. Cuando busqué el café en la alacena, pude observar que no sabía que buscaba, puede ser Alzehimer, espero que no sea eso, ya que es una auténtica putada tener esta enfermedad con tan solo 24 años.

14:00 Horas 17 de Julio de 2.012

 Estoy tranquilo, no es Alzehimer, acabo de darme cuenta que me están borrando el cerebro poco a poco, en plan experimento. Saben que sé demasiado. ¿Que quienes lo saben?, ¡El Gobierno!. No, este gobierno nuestro no, "El Gobierno" con mayúsculas, el que crea las guerras y pone y deroga presidentes. ¡Maldita sea!, no creí que diesen conmigo tan pronto.

21:00 Horas 17 de Julio de 2.012

Llevo cinco horas escondido en el baño, para evitar el borrado de mi cerebro me he recubierto la cabeza con papel de aluminio, se que solo aguantará las ondas por poco tiempo, pero debo intentar que mi cabeza no se quede en blanco. Voy a ducharme.

10:00 Horas 18 de Julio de 2.012

Anoche estuve encerrado en el baño hasta las cinco de la mañana, creo que he despistado a esos malditos mercenarios cibernéticos del gobierno. No he notado lagunas ni disminución de mi capacidad de memoria en estas últimas 24 horas.

16:00 Horas  6 Noviembre de 2.014

He abierto el ordenador y me he encontrado este diario, no se quien escribió esto ahí, no se de que habla, no se escribir....

jueves, 13 de octubre de 2016

Libre

Hace unos días recibí en mi correo electrónico la invitación de una editorial para participar en un certamen cuyo título era :"Hay vida después del cáncer". Cuando leí el correo, el plazo acababa en seis horas, así que decidí, tras leer las bases, escribir este relato y enviarlo.



Todos los sentidos los tenía a flor de piel; el olor a mar inundaba sus fosas nasales; el ruido de las olas la alejaban de la ciudad; el sabor a sal la invitaban al baño; el suave tacto de la brisa sobre su desnuda piel hacía que cada poro cobrase vida propia.

Abrió los ojos para cerciorarse que, tras tantos meses aislada, aquello era real. Cuando vio las cicatrices de sus inexistentes pechos una mueca se dibujó en su cara. Sonrió y corrió desnuda hacia el mar, feliz por volver a sentirse libre.

martes, 11 de octubre de 2016

Amores perros

 Deambulaba por aquella ciudad asfaltada, llena de autos y edificios, apenas podía verse el celeste cielo. Vestido impecable de traje hablaba sólo, no elevaba la voz, pero cualquiera que se situase a no menos de un paso, podría oír con toda nitidez lo que decía.
 -Sí, debajo de la cama-. Silencio y mirada perdida sobre los transeúntes que iban y venían.
 Notó la afilada hoja de metal incrustarse en su riñón derecho, la punzada de dolor hizo que emitiera un grito que la marea humana que desfilaba por la amplia acera se movilizó para describir un círculo a su alrededor dejando un hueco lo suficientemente amplio para que aquel hombre se diese cuenta que a pesar de estar rodeado de personas, se sintiese solo.
 Allí tirado en la fría acera gris, notaba como su ropa se empapaba de la caliente sangre que se enfriaba y le producía una extraña sensación sobre la piel. Observó con detenimiento lo que hacía años no había mirado, se tuvo que retrotraer a su más tierna infancia, a cuando su abuelo lo llevaba al parque y le enseñaba el cielo, los árboles,...
 -¡Joder, este traje vale más de mil euros!-, murmuraba mentalmente mientras sabía que la sangre, la orina, la suciedad del suelo se impregnaba sobre las costosas telas.
 -¡Cariño, cariño!...-oía la voz de un ser querido, alguien conocido. ¡Era Cati!, Catalina, su mujer, aquella que se enamoró de forma extraña, y a la que utilizaba como ama de casa y de vez en cuando le echaba un mal polvo que la contentaba.
  -¡Me han apuñalado!-, apenas reconocía su propia voz.
  -¿Duele?-, preguntó con una voz demasiado tranquila. Más que la pregunta, que ya de por sí era extraña, lo que le sorprendió fue el tono con el que efectuó la pregunta.
 -Sí Cati, duele y mucho-.
Silencio al otro lado.
-¡Cati, nadie se para a ayudarme!, ¡Avisa a una ambulancia!-. Su voz sonaba patética, él Gumersindo Fernández ¿suplicando?.
-¿Duele cariño?- Insistió la voz al otro lado de la línea.
-Sí, si duele, ¡Joder!, pide ayuda.- exclamó sobrepasado por las circunstancias.
-Me alegro-, continuó hablando la voz de la mujer, sin sobresaltarse.
-¿Cómo?- Dijo el moribundo.
-Que me alegro que te duela, que sufras como me has hecho sufrir a mí, te revuelques en la mierda suplicando un poco de compasión, que sepas que mi infelicidad, tus traiciones, desprecios, abusos, los estás ahora pagando, y lo que más siento es que si mueres, tu dolor será efímero, mientras que el mío dura años.
-Pi-pi-pi.
-¡Hija de puta!, como puede se arrastra por la acera, el círculo de viandantes se mueve acompasado a su desplazamiento, llega hasta el mismo borde de la acera, tras él puede escuchar un:
-¡Eh taxi!, seguido de un silbido.
-¡Crush !, la rueda del taxi revienta la cabeza del moribundo.
Tras el taxi una ambulancia, sólo pueden certificar la muerte del individuo por aplastamiento de cráneo.


lunes, 3 de octubre de 2016

muerte

 La muerte debe esperar, salí de casa con lo primero que pillé, las escaleras las bajaba de dos en dos, pobre vecina del tercero que casi la arrollo al liarse mis pies con la correa de su pekinés, ¿Quien tiene ya pequinés cuando la raza lame coños de moda son los yorkshire?, caí rodando hasta toparme con la pared, el perro chillaba, me desembaracé de aquella cuerda que se liaba entre mis pies y continué la bajada, ya os he dicho que la muerte debía esperar, no me hice absolutamente nada en aquella tremenda caída, del pekinés no puedo decir lo mismo, ya que le pisé la cabeza antes de poder deshacer el último de los lazos que me unía a él.
 Imagino que os preguntaréis que a donde iba tan corriendo, y porqué la muerte no me alcanzó. Para ello deberíamos irnos dos semanas atrás, cuando realmente la muerte me dio caza. Cruzaba el semáforo en verde, cuando la moto de correos me arrolló.
 Os podéis imaginar el zipi zape que allí se formó, la señora que conducía la motocicleta desmayada, la gente acudiendo a ambos, mi cartera voló en mano de una experimentada joven que se  apropió de lo ajeno aprovechando la confusión. Y mi alma que se sacudía el polvo de los pantalones a la vez que decía:
 -No ha pasado nada, todo ha sido un susto-. Chico susto el que me llevé al verme tirado y sin respirar. Cuando apareció la parca negocié, ¿Que es imposible?, bueno, aquí estoy y no me sobra precisamente el tiempo para perder lo en tratar de convenceros.
 Desde hace dos semanas ando dando esquinazo a tan incisivo personaje, pero me temo que esta será mi última historia.
 

sábado, 27 de agosto de 2016

Vacaciones

 -Nunca pensé que esto pudiera ocurrirme a mí. ¿Cuantas veces había oído esa frase a lo largo de mi vida?, tantas que no sabría decir la cantidad exacta. Mi trabajo como médico oncólogo en el Hospital Universitario de Puerto Real me habían llevado a transmitir tan mala noticia a tantos pacientes, que el día que me tocó a mi, repetí indefectible la frase que tanto había oído de boca de los aflijidos pacientes.

Me llamo Juan Salvador Gaviño, sí, la broma de la gaviota me la habían echo hasta la saciedad. La gente se repite, nos repetimos en lo que creemos que pueda ser un alarde de ingenio para convertirlo en un bucle cansino y poco afortunado.

-¿Cómo se llama Usted?
-Juan Salvador Gaviño
¡Ah!, decían a la vez que asomaba una sonrisa estúpida y cambiaban de manera estudiada a cara de ser ingenioso e ilustrado. ¡Juan Salvador Gaviota!, ¡como el libro!.
El hecho de recalcar que mi nombre era como el título de la obra más reconocida de Bach, me repateaba el hígado, pero como buen ser humano sacaba mi cara más falsa para sonreír de manera que pareciese que acababa de oír por primera vez aquel ingenioso chascarrillo.

Los análisis no engañaban, Juan Salvador “Gaviota” tenía metástasis por todo el cuerpo, a lo sumo, viviría tres meses más. Miré mi reloj, vaya fastidio, lo tarde que es con la de cosas que tengo aún que hacer. Cerré la carpeta que contenía el informe, me despojé de la bata blanca y salí con los papeles bajo el brazo dirección de la oficina del director jefe.

-Buenas tardes, dije a la vez que accedía al despacho del director jefe, en la puerta una pequeña placa informaba de quien había tras la puerta, M. Sánchez López.
-Hola Miguel, dije mientras me sentaba en el sillón rojo frente a la mesa atestada de papeles e informes del médico jefe. Miguel me saludó sin levantar la vista de los folios que leía. Pude fijarme con atención en aquel pequeño hombre, pasaría de largo los cuarenta pero nada delataba su edad. El pelo lacio separado por una línea hecha con regla aún permanecía zaino, un poblado bigote bajo la nariz desproporcionada para aquella cara, aún más pronunciada por la pequeña gafa sin monturas que usaba, se movía debido a la lectura silenciosa que hacía el médico. Su despacho estaba repleto de estanterías con libros y archivadores, una pequeña ventana era insuficiente para llenar de claridad la estancia, que al igual que todo el hospital, se iluminaba de fluorescentes.
No sentía nada, ni dolor, ni miedo, ni rabia. Esperaba paciente observando todo a mi alrededor, a sabiendas que todo carecía de importancia e interés, salvo que tenía mis horas contadas. Pero aún así, mi estado anímico seguía siendo el mismo que adquirí tras tomar mi primer café.
-Tú dirás, interrumpió mis pensamientos las voz grave que parecía salir de lo más profundo de una caverna, impropia de aquel pequeño hombrecillo. Sin mediar palabra le arrojé mis informes sobre la mesa.
Miguel sin apartar sus ojos que asomaban por encima de las lentes sobre su inmensa nariz de los míos, tomo el informe y solo hasta que tuvo los papeles a la distancia correcta y en posición para el enfoque correcto no dejó de mirarme para fijarse en los documentos.
Su cara se iba demudando, cuando acabó de escudriñar todos los datos dijo de manera casi automática.
- ¡Vaya por Dios!
- ¿Qué tiene que ver Dios en todo esto?, dije en un tono monótono.
Miguel, acostumbrado a mi estado ateo, ni tan siquiera se dignó a replicar.
- ¿Qué piensas hacer?
- Nada, fue mi lacónica respuesta.
- ¿No quieres entrar en ningún programa experimental?, aventuró a modo de último salvavidas.
Sonreí de medio lado, negué con la cabeza y dije con el mismo tono invariable:

-Me tomo estos tres meses de vacaciones.

martes, 23 de agosto de 2016

MIEDO

El MIEDO, así con mayúsculas. Todos tenemos miedo, es algo intrínseco a los seres vivos, el miedo nos hace ser prudentes y ayuda a que las especies sobrevivan, aunque siempre hay individuos que carecen de una parte de los miedos o de casi su totalidad. Hay personas que si oyen un ruido, no se tapan con la sábana protectora de cuchillos, y son capaces de levantarse de la cama e ir a ver que ocasionó el estruendo; o quienes son capaces de escalar montañas imposibles o descender a cavernas jamás visitadas. El miedo, esa sensación tan subjetiva y tan aprovechada; Explotada por sacerdotes y escritores, pasando por madres, profesores, cineastas... El miedo a Morir; a ser devorados; a que te entierren vivo; a perder a un ser querido; al dolor; a la condena eterna; a la oscuridad; a las alturas; a los seres de otras especies; a lo desconocido... Sólo para aquellos pocos valientes que no tienen miedo y se diferencian de los de su especie, va dirigido el relato que podrán leer en mi blog. Una vez leído, sabed que os convertiréis en mansos corderos temerosos de la manada.

martes, 5 de julio de 2016

María

María era una niña de once años con una imaginación desbordante, enjuta y con una cabeza rubia llena de rizos, su pequeña nariz se perdía entre los dos grandes ojos de color verde.  Todos los día se retrasaba en la llegada del colegio y le presentaba a su madre las más dispares de las historias para justificar su tardanza.
 Así, un día le dijo a su madre, que cuanto más rápido avanzaba, más largo se hacía el camino, este se estiraba como chicle y jamás lograba llegar a casa, y que gracias a su ingenio, pudo llegar a una esquina y bordear a la calle esa que no la dejaba avanzar.
 Otro día que llegó llena de tierra, sucia como si se hubiese bañado en lodo y también a horas intespestivas, le contó a su madre que la calle se había derretido, y que casi se la traga, pero que una cigüeña se apiadó de ella y le ofreció sus patas para que se agarrase y poder salir volando de aquella muerte segura.
 Su madre, viuda y que se desvivía por su niña María, evitaba enfadarse y escuchaba con estoicismo las fábulas que su hija le narraba, tal era el énfasis que la niña ponía al contar aquellas historias decorándolas con detalles y sensaciones, que a su madre se le difuminaba el enfado y acababa embelesada  escuchando con apremio las luchas de su hija por llegar sana y salva a su casa.
 Aquel Viernes todo fue diferente. La madre de María no tenía que trabajar, así que decidió ir a recogerla al colegio, e irse a comer algo a un bar. Cuando desde la acera vio a su hija salir del colegio, un vuelco le dio en el corazón. No podía creer lo que veía, su rostro se descompuso y entonces rompió a llorar.

viernes, 17 de junio de 2016

El Hombre Araña

 -Me llamo Marcos, tengo 31 años y vivo en una pequeña ciudad al sur de Andalucía.
La habitación no era muy grande, del techo caía un micrófono, aquello le recordaba demasiado a un cuadrilátero de boxeo, y frente a él un espejo donde se veía reflejado. Sabía que detrás del espejo tres personas lo observaban con detenimiento y grababan todo lo que entre aquellas blancas paredes estaba sucediendo.
 Todo empezó el invierno del año pasado, debido a un fuerte resfriado, combinaba unos potentes fármacos para aliviar mi mal estar. Al estar bajo los efectos de los analgésicos no noté como una araña había inoculado su veneno en mi torrente sanguíneo.
 Una semana después, comencé a sentir los efectos de la picadura. Trabajo en una refinería, limpiando las gigantescas cubetas donde se depositan los distintos elementos de la transformación del petróleo. Eso junto a la radio actividad de los submarinos nucleares que pasan por el estrecho, aceleraron la mutación.
 Mi cuerpo se transformó, mis caderas se desplazaron hacia detrás creciendo dos piernas nuevas, bajo mis brazos, brotaron dos nuevos, así fue como se convirtió mi cuerpo en una mutación muy desagradable, mezcla de homínido y artrópodo.
 Mi vista no es aguda, pero he desarrollado una gran capacidad olfativa, y cada vello de mi cuerpo es capaz de determinar la humedad del aire y la temperatura.
 La alimentación también ha variado, ya no como verduras, actualmente solo devoro perros, gatos, gallinas,...
-No doy crédito, le decía la doctora Susana López a sus compañeros, el doctor Francisco Prieto y Roberto Muñoz.

miércoles, 1 de junio de 2016

Los Gonzalez

Mi abuelo se llamaba Iñigo Zurragamendi, cuando se trasladó al sur con toda su familia, pasó a llamarse "el vasco", mucho más cómodo de hilvanar en las bocas sureñas que cualquier apellido de las vascongadas. Pero a mi abuelo se le conocería después por muchos otros apodos.
Abu, así es como yo le llamaba, todos los demás nietos y nietas le llamaban Señor, yo al ser la primogénita, desfloré su endurecido corazón, que andaba limpio de afecto y obtuve el cariño de aquel hombre impertérrito. Como os iba diciendo, Abu era un tipo muy vikingo, no solo en su fornido aspecto físico, también en su forma de pensar y actuar. Por ello, a su muerte, quiso que le quemaran en un barco y lanzaran su cuerpo al mar. Algo que se negó en rotundo mi abuela, que cedió en parte y solo permitió que se quemara el cuerpo tras un padrenuestro silencioso.
Así, dispuso que en el jardín de la casa se hiciera una cama de leña, en la cual reposó el cadáver que estuvo ardiendo dos días. Una lluvia primaveral hizo que mi abuelo terminara por extinguirse.
 Esa misma tarde, hice un alcorque con los restos de la ceniza y planté en él un fresno. Tiempo después, descubrí que el árbol fue intensamente regado por las lágrimas de mi abuela, que cada amanecer se acercaba a hablar al fresno como si de su marido se tratase; y acababa de rodillas, arrancando los pequeños brotes de hierba que intentaban nacer en los dominios de la tumba; derramando lágrimas como una fuente.
 Escribo estas líneas cobijada por las ramas del árbol que hace años planté, aún siento como mi abuelo mira por encima de mi hombro a ver que ando tramando y escribiendo.

martes, 31 de mayo de 2016

Dragón

 La noche había dura, muy dura. Drogas, sexo, alcohol. Los mil euros que había cobrado habían desaparecido de su bolsillo en un solo día, invirtió el capital en placeres efímeros que solo se reflejarían ahondando la decrepitud de su cuerpo y en su debilitada memoria.
 La casa en la que vivía, embargada por las deudas, había conocido tiempo mejores, ahora, paredes vacías, donde la pintura que quedaba no era más que un reflejo de lo que en otro día fue. Una butaca, un catre y una televisión en blanco y negro depositada en el suelo, que hacía las veces de mesa, para apoyar un cenicero al que no se le veía el fondo desde hacía años.
 Una caja oscura y vacía era su morada, su mundo exterior era un reflejo de su interior. Aquel día había sido épico, la garganta le quemaba por el exceso de alcohol, tabaco y cocaína. Se levantó del sofá y se dejó caer en la cama, mientras caía sobre el mugriento colchón, se daba cuenta que aquella había sido una mala idea, mientras su cuerpo se inclinaba y adoptaba la posición horizontal, de su estómago brotaban los jugos gástricos quemando todo resto de debilitada piel, subía proporcionalmente a la misma velocidad que el cuerpo caía. Intentó estabilizarse en el aire, pero la maldita gravedad hacía cumplir su ley, era una justicia implacable. Las sudadas sábanas estaban tan próximas a su cara como el vómito de ácido a su boca. Rebotó sobre el colchón, pero el fuego salió de su boca sin control, esparciendo el corrosivo líquido mezclado con sangre por todos lados. Cuando su cara volvió a posarse sobre las ya húmedas sábanas, la quemazón había acabado y pudo dormir el sueño eterno de los dragones.

miércoles, 20 de abril de 2016

El General Demócrata

Corría el año 258 A.C., Cartago envía al cuestionado general Anibal Giscón defender la isla de Cerdeña. Tras una vida azarosa con derrotas y victorias en su haber, la pérdida de toda la flota cartaginesa contra los romanos, puso su cabeza pendiente de un hilo, tal y como le sucedería al envidioso de Damocles; cuando el tirano Dinisio I, le dejó sentarse por una noche en su trono. Durante el banquete, el ciudadano se dio cuenta que una espada estaba sujeta por un hilo sobre su efímero trono. El rey, le advirtió que esa noche disfrutaría de los lujos, y los peligros que él mismo padecía cada día.
Debía defender una plaza complicada, así decidió repartir la responsabilidad con sus soldados, sometió a votaciones los turnos de vigilancia, las tácticas que se debían emplear en los ataques, el reparto de alimentos... los días pasaban en poner de acuerdo a tanto soldado ocioso, que prefería discutir en corrillos a prepararse ante la inminente batalla.
 Los espías Romanos, pronto dieron cuenta a sus cónsules del estado democrático en el que estaba sumida la isla. El ataque y la victoria se realizó con celeridad. Los soldados no sabían que hacer, Giscón sometía a votación todo, sus generales se desesperaban al ver que cada decisión, se realizaba tarde. Al final perdieron Cerdeña, y los que lograron huir, culparon de su desgracia al general demócrata, al que crucificaron por no haber sido capaz de ganar al pueblo romano.

jueves, 7 de abril de 2016

MUERTOS VIVIENTES



La noche hacía rato que se había ido, mi amigo Marcelo y yo volvíamos cansados a casa. Sentados en el vacío vagón de metro, esperábamos impacientes llegar a nuestra estación.
La próxima era la nuestra, el tren comenzó a disminuir la marcha, pudimos ver que en el andén, cientos de personas se agolpaban. Sus miradas fijas en ningún punto delataban que hacía tiempo aquellas almas andaban inertes. No dábamos rédito al dantesco espectáculo al que asistíamos como espectadores de primera fila; el tren detuvo su marcha. El miedo se apoderó de nuestros enjutos cuerpos, en segundos las puertas se abrirían y aquella muchedumbre entraría en tropel. Un silbido hizo que nuestros vellos se erizasen, un instante después,el acceso quedó franqueado y aquellos seres alienados entraron sin prestar atención a nuestros jóvenes cuerpos. Como pudimos nos deslizamos al exterior.

Afortunadamente, escapamos una vez más de la rutinaria vida de los habitantes de la ciudad.  

martes, 8 de marzo de 2016

Declaración de amor

Llegará el día que te tenga que mirar a los ojos
afrontar la dulce necesidad de explicarte como soy
liberarme de estas cadenas y expresar en todo mi ser
la verdad, la única verdad.
Sentarte a mi lado, cogerte de la mano, sonreír.
¡Dios dame fuerzas para afrontar este trago!
Ateo con ínfulas de párroco.
Me pierdo en tus ojos, me encadeno a tus blancas manos, sangro con tus rojos labios.
¿Cómo decirte la verdad, toda la verdad?
El aire se comprime en los pulmones
la lengua trata de escapar de la atadura de la razón
los ojos ahogados, sin saber nadar, en lágrimas contenidas.
El corazón late espoleado por la situación.
Angustia, incertidumbre, paz, amor, armonía...
Destilas todo lo que siempre quise tener,
y por fin brotó.
El tiempo detuvo sus impertérritas manecillas,
los pájaros plegaron sus alas, 
las mariposas planearon sobre nuestras cabezas.
Tu respuesta clara y rotunda,
con una sonrisa en la comisura de los labios
que me hacían dudar de tu sentencia.
Miro el mar, sentado en la arena
un grupo de delfines nadan en paralelo a la orilla
el cielo es celeste como tus ojos
la arena fina como tu piel
Los rayos del sol broncean mi piel
al fondo una pareja juega con sus hijos
sonrío, me incorporo y entro en el mar.
Nunca más se supo de aquel tipo que declaró su amor.





viernes, 4 de marzo de 2016

Si quiero

Parece que fue ayer, pero hoy hace 16 añitos que decidimos dar el "si quiero".

"Si quiero"; que cuando las cosas se tuerzan, tenga un pilar donde atarme, que resista las tempestades que pudieran arrastrarme hacia quien sabe donde.
"Si quiero"; estar junto a quien me cuida y me mima.
"Si quiero"; saber que estás ahí, porque mire hacia donde mire, siempre estarás presente, ya que nunca has estado fuera de mis pensamientos.
"Si quiero"; Saber que eres la única que es capaz de encenderme, apagarme, templarme con una mirada, una palabra, un gesto...
"Si quiero"; Pasear por la orilla de tu mano.
"Si quiero"; Mirar el reloj y preocuparme si no estás.
"Si quiero"; Acurrucarme y sentir tu cuerpo junto al mío.
"Si quiero"; Quererte.

"Yo os declaro marido y mujer".


jueves, 18 de febrero de 2016

Extracto de Poema

Ojos ahogados, sin saber nadar, en lágrimas contenidas.

Terror

-¿Sabes que son dos planchas de hierro?, de esas que utilizan para hacer barcos. Miraba a la joven a los ojos, sin pestañear. La chica lo miraba asustada, sin saber cual sería la reacción del hombre.
-Pues así es como está ahora mi cabeza, mi cerebro, mis pensamientos, aplastados entre dos pesadas planchas de esas. Decía esto sin enfatizar, sin expresar ningún sentimiento, quizás el de hastío y eso no le gustaba nada a la chica.
-¿Ves esto?, seguía hablando con el mismo tono, -¿Lo ves?, insistía poniendo la pistola en la cara de ella. Un gesto afirmativo bastó para que el hombre armado se conformara.
-Esto es el único gato hidráulico que conozco, capaz de quitar esas pesadas planchas que me oprimen.
-¡Hierro contra Hierro!. lo dijo mientras se colocaba la pistola en la sien.
No hubo tiempo a más, tras la explosión, silencio. La sangre caliente junto a restos de huesos, piel y pelos se esparció por la sala y la cara de la chica.

sábado, 30 de enero de 2016

Rizos de Oro

 Aún no levantaba un palmo del suelo cuando su cabeza llena de rizos de oros se había hecho famosa en toda la comarca. Con Dieciseis años, Inma ya era una experta cazadora. Desde el Olimpo, la admiraban los Dioses, que apostaban entre ellos para ver si acertaba a la presa o no; los que no confiaban en sus capacidades, le tendían trampas, que la joven sorteaba con una facilidad pasmosa.
 Diana, celosa por los logros y la atención que acaparaba aquella humana, decidió castigarla. Envió un Adonis que trataría de robarle el corazón. No tardó el malvado emisario cumplir con su misión. La joven rizos de oro se entregó en cuerpo y alma a quien consideraba su amado, abandonando su ser en manos del apuesto gallardo.
 Dejó la caza, dejó su mundo y pronto los Dioses se aburrieron dejando de protegerla...Un mal día, el Adonis entregó el corazón de la bella Inma a su jefa. Diana lo ensartó en una flecha y lo lanzó lejos.
 Al despertar la joven, se encontró vacía, triste, sola....vagando por el bosque, las ninfas se apiadaron de ella, y la fueron guiando hasta la Pachamama. Allí encontró su corazón, Un corazón más fuerte y cargado de amor y felicidad.
Sus rizos cobraron más fuerza aún, los destellos que emitían competían con los mismos rayos del sol. Cuenta la leyenda, que el mismísimo Zeus bajó a la tierra para pedirle uno de sus rizos. Pero que no os engañen, su verdadero poder no radica en el pelo, sino en su corazón; si eres una de las personas afortunadas a las que le salpica su sonrisa, notarás como todo tu ser se inunda de felicidad.



Felicidades Inma.

martes, 26 de enero de 2016

El Diario

-Relato escogido para un libro de microrelatos que debía llevar las palabras Otoño, Invierno o ambas.
Entre más de 2.400 se escogieron 1.000, y uno de ellos es este "El Diario"


Invierno, Otoño, Verano, Primavera, así hacia atrás. Como mi vida, cuando aprendo la lección, ya ha terminado el curso. Mi existencia es un caos, un calcetín del revés, una venida sin ida. Desde que me dejaste, ya no soy la misma persona, una sombra de lo que llegué a ser. Abyecto amor que me hieres...
 Cerré el libro con una lágrima que delataba que me sentía culpable de aquel sufrir.

lunes, 25 de enero de 2016

Nanorrelatos

-El Nanorrelato es una variedad literaria, que comprende relatos pequeños compuesto por pocas palabras, en este caso, el concurso las limitabas a entre una y diez.
Alguno de estos que expongo a continuación ha sido elegido para formar parte de un libro.

Título: “El gran Cañón”

Las vistas eran impresionantes, ¿Se aparta suegra?


Título:Amantes

Llegamos agotados, el amanecer nos recibió desnudos


Título:Divorcio

El faro se apagó, naufragamos...


Título: Desamor

Me dices “hola”; te digo “adiós”.


Título: “Silencio”

Oscuridad.


martes, 19 de enero de 2016

Un día de aquellos para olvidar

-¡Nivel de energía descendiendo de forma brutal!
-¡Maldita sea!, ¿Activa escudos de defensa!
-¡Pero eso gastará más energía!
-Será solo de manera momentanea,....espero.
-Escudos activados, ladrón de energía desiste.
-¡Alarma!, contra atacan, ¿Como?, parece que desisten en su idea de descargarnos, ¡No se fíen!
-¡Señor, estamos en reserva!
-¡Maldita sea!, aún no son las doce de la mañana y ya han descargado casi por completo toda la energía vital del día.
-Tratemos de sobrevivir con almacenes paralelos, amigos que nos cedan la suficiente energía para sobrellevar el día.
-Redactelo todo tal y como sucede en el cuaderno de bitácoras
-Sí señor
Puto Martes, a ver cuando logramos desembarazarnos de tanto chupóptero....

Cuaderno de Bitácoras:

-Día 19 de Enero del Año 2.016, tras realizar satisfactoriamente las misiones de la madrugada, procedíamos a salir de la nave nodriza destino a la cueva minera cuando....

viernes, 15 de enero de 2016

El valor de lo pequeño

Había una vez una niña muy bajita, era la más pequeña de su clase, y todos siempre se reían de ella; era tan diminuta, que apenas sobresalía por encima de los pupitres.
En sus sueños, anhelaba siempre ser una gigante, ver por encima de las copas de los árboles, rascarse la espalda en altas montañas, hacer de los picos llenos de nieves, improvisados helados. Pero cada mañana al despertar, volvía a encontrarse con la cruda realidad.
Bajarse de la cama era una odisea, llamar a los timbres, alcanzar a la mesa, coger un vaso,...todo era una aventura que le reportaba un gran esfuerzo.
El calvario llegaba en el aula, cuando todos se mofaban de ella por su estatura.
Un día, el colegio llevó de excursión a los alumnos al campo. Todos disfrutaron mucho paseando por los verdes valles y observando los animales silvestres. A la hora de volver, la profesora se había perdido y no daba con el camino de vuelta. Los niños, pronto empezaron a asustarse y lloriquear. La tutora no sabía que hacer, se sentaron todos en círculo y dejaron que la fría noche les abrazara con su oscuro manto.
La niña, al ver la actitud derrotista de sus compañeros, se puso en pie, y aunque apenas llegaba al ombligo de los niños, les habló de la importancia de hacer frente a los miedos, no rendirse nunca y como afrontar las vicisitudes que les pone la vida por delante. Les dijo, con una voz que cada vez se hacía más grande, que ella había tenido que superarse día tras día, y que si confiaban en ella, les llevaría de vuelta a casa.
Así, poco a poco fue aportando valor y esperanza en los asustados corazones de sus compañeros. Envalentonados por las palabras, decidieron seguir a la joven por los oscuros senderos. Nadie sabía de los conocimientos astrales de su compañera, ni ella los haría públicos.
A las pocas horas estaban siendo atendidos en sus casas, y aprendiendo valiosas lecciones impartidas por alguien que no llegaba al metro de altura, porque no importa el tamaño de la persona, sino el de su hazaña.

jueves, 14 de enero de 2016

Nuevo Relato

En mi otro blog, el de relatos eróticos...., acabo de colgar uno que ha sido seleccionado para formar parte de una antología en papel, si quieres leerlo puedes acceder através de este link.

http://relatoseroti-k.blogspot.co.id/

jueves, 31 de diciembre de 2015

El último relato del año

Faltaban minutos para las doce, nervisios hablaban algunos sin apenas tomar aire, elevando el sonido de sus voces por encima de los demás...los menos, contaban sus uvas en silencio, absortos en sus mundos y esperando cumplimentar ordenadamente con el ritual anual. Los más jóvenes daban explicaciones a los neófitos, a sabiendas que no mucho tiempo atrás ellos fueron aleccionados. El reloj sigue su curso ajeno a la espectativa creada entorno a él. Alguien manda callar, van a comenzar los cuartos, las primeras campanadas se imponen en el salón, de pronto alguin advierte con un grito seco ¡Ahora! Y el primer !Dong! Silencia al país...once campanadas después devuelve la voz a sus habitantes que lo primero que expresan es un ¡Feliz Año Nuevo!

martes, 22 de diciembre de 2015

La Dama de los Cartularios

 El día que llegaste a este mundo se despedía el otoño, fuiste el último rayo de sol que entró en casa antes de que llegara el frío invierno. Naciste a tiempo de ver caer la última hoja del árbol que nos da sombra.
 Cuando llegó la primavera ya eras una niña preciosa, el verano jugó contigo tanto ese año, que tu piel quedó bronceada para siempre. El agua helada del arrollo perfiló tu albugnea sonrisa, y las cálidas noches estrelladas, dieron color a los fanales que miran todo con curiosidad.
 Tu cuerpo fue moldeado entre los valles del paraíso, para llegar a convertirte en la máxima excelsitud de la naturaleza.

Desde la atalaya de mi existencia, contemplo tu ir y venir y me congratulo de conocerte. Es todo un arregosto.

viernes, 20 de noviembre de 2015

la vida en rosa

La vida en Rosa”

Capítulo I

La mañana aparecía gris, pronto empezaría a llover. Cristian miraba la calle a través del cristal de la ventana del salón, por ella una señora acaba de abrir su paraguas, la lluvia había llegado. Melancólico, imaginaba los posibles tipos de vida que podría tener aquella sencilla mujer. Dependienta, oficinista ,limpiadora...
-¡Buenos días amor!, una humeante taza de café se interponía entre la melancolía y el chaparrón. Cogió la taza suspendida frente a su nariz e instaló la cabeza en el pecho de su amor.
-¡Gracias mi vida!, le dijo mientras sentía el suave tacto de la americana en su piel. Un beso en su frente fue la respuesta a ese gesto de amor, y se sentaron en la mesa a degustar el desayuno.
-Ya tengo los billetes de avión, el Viernes bajamos a Cadiz, ¡Qué ganas de estar tumbado al sol!, dijo Ismael mientras untaba mantequilla en la tostada.
-¡Ufff!, expiró Cristian, no veo el momento de que estemos allí los dos juntos y -¡Solos!.
Ismael le dedicó una sonrisa, a él también le apetecía pasar con su chico unas vacaciones que se presentaban de ensueño, tras un año complicado, donde por culpa del trabajo y por motivos ajenos a la pareja, la relación había sufrido mucho; ya era hora que los agentes externos fuesen beneficiosos en vez de destructivos.
Se despidieron con un fugaz beso en los labios y Cristian quedó atrapado en su casa.
El hogar no era muy grande, se componía de un salón pintado en verde y rosa, junto a un librero atestado de obras de todo tipo, un pequeño sofá cubierto con una manta multicolor hecha en pasword, que se convertía en cama para acoger las visitas; hacía tanto que no venía nadie a verlo, pensó mientras recogía los restos del desayuno. ¿Qué habría pasado con todos aquellos amigos de juventud?. Las paredes todas estaban adornadas con diferentes tipos de cuadros, algunas de cuerpos masculinos desnudos, otras, directamente mostraban atributos varoniles en su estado de máxima erección, y las menos, paisajes bucólicos.
La cocina era pequeña, apenas cocinaban en ella, la alacena estaba rellena de embutidos, quesos y una bodega decente. En la casa solo hacían el desayuno y la cena, ya que ambos almorzaban fuera. Los días que eran festivos, pedían la comida a domicilio.
El resto del hogar lo componía el amplio dormitorio y un cuarto de aseo con bañera, ya que él mismo había solicitado esa única condición el día que decidieron buscar un apartamento para los dos. Disfrutaba de baños de agua caliente hasta que su blanquecina piel adquiría el color rosáceo del salmón.
La mañana la dedicaría a preparar las maletas, no quería dejarse nada en casa que pudiera necesitar en la playa. Aún era Lunes, pero su naturaleza maniática, le obligaba a tenerlo todo controlado con bastante antelación.
Una hora después, Cristian estaba tumbado desnudo sobre la cama, boca arriba, observando el cielo a través del amplio ventanal e imaginándose flotando en el mar. El sonido de la puerta le sobresaltó. ¿Quien sería?.
Se colocó una toalla en la cintura mientras recorría el pasillo dando pequeños saltitos. Se asomó a la mirilla y solo pudo ver un enorme paquete. Abrió un poco la puerta y escuchó la voz de un hombre joven decir:
-¿Don Cristian Mayo?, a la vez que pronunciaban su nombre, la cara de un joven asomaba tras aquel enorme paquete.
-Soy yo, se presentó Cristian, que a pesar de superar los cuarenta mostraba un torso digno de las esculturas de Miguel Ángel, abriendo del todo la puerta y mostrándose como un pavo real.
-¡Este paquete es para usted!, dijo el joven deseando soltar la carga.
-¡Me encantan los paquetes grandes!, soltó el dueño de la casa al joven, con la mal sana intención de provocar.
-¿Puede usted firmar aquí?, dijo azaroso el muchacho, que no veía el momento de escapar de las garras de aquel hombre que no es que se insinuara, sino que lo acosaba.
-¡ Te firmo donde tu quieras, guapo!. Dado el primer mordisco y saboreada la sangre, no iba a dejarla escapar su presa tan fácilmente.
Una vez que el chico tuvo el albarán en su mano, ni se despidió, cogió las escaleras y en un tris se perdió de la vista de Cristian. Este sonrió tras el aprieto en el que acababa de poner al joven. Le encantaba poner de los nervios a los jóvenes.
Colocó el enorme paquete sobre la mesa y se sentó en el sofá a contemplar aquella caja cuadrada envuelta en papel de regalo rojo y adornada con un lazo enorme dorado.
¿Qué sería?, ¿Quién le enviaría aquel regalo?, los nervios se apoderaban de él mientras dilucidaba de qué se trataría.
Aquella manía la tenía, como tantas otras, desde su más tierna infancia. La gente comentaba como algo anormal y sorprendida de como se llevó una semana con un regalo cerrado sobre una mesa, mirándolo sin abrir.
Nadie entendía que él disfrutaba cada instante de aquellos presentes, aún sin abrir. Cristian siempre decía que lo importante no era el regalo en sí, sino quien hacía el regalo, por ello, el gozo que le producía imaginarse a esa persona buscando el regalo, comprándolo y envolviéndolo, le producía un placer tal, que el hecho de abrirlo era romper el cordón umbilical que lo unía con esa persona. ¿Y que madre no disfrutaba de su hijo mientras estaba en su interior...?.
El reloj de la cocina marcó las doce de la mañana. -¡Dios mio!, dijo en voz alta. -¿Tan tarde es?, continuó hablando para sí mismo.
Corrió hacia el dormitorio y comenzó a vestirse, un traje de chaqueta de color burdeos, camisa negra, zapatos a juego y un pañuelo anudado en el cuello de color mostaza. Su daltonismo hacía que combinase los colores de manera muy particular, pero lo que pensarán los demás de su estilismo se la traía al pairo.
Quince minutos más tarde estaba pidiendo un taxi para que lo llevase al taller de su buen amigo y socio, Risco.
Risco era un pintor que pudo haber pisado el olimpo de los artistas, pero prefirió quedarse unos escalones por debajo. Su antropofóbia diagnósticada, le había llevado a tener una vida asceta, con el único nexo de unión al resto del mundo de su amigo de infancia Cristian.
Cristian había leído que ese mal en japón se llamaba Taijin kyofusho


viernes, 13 de noviembre de 2015

La princesa de zapatos azules

 La princesa de zapatos azules vivía en lo alto del torreón de ladrillos rojos, rodeada de lacayos y sirvientas, todos pendientes de cumplir los deseos de la niña de pelo dorado como el sol. Pero la joven princesa lo único que anhelaba era poder salir de aquel torreón y recorrer mundo.
-Papá tengo frío, decía la pequeña Marga mientras su padre la acurrucaba aún más entre sus brazos intentando protegerla de un frío y una humedad que calaba hasta los huesos. Una mirada de impotencia en la oscura noche se perdió en los ojos color esmeralda de su bella mujer....
 La barca  iba atestada de personas, todos en silencio, algún murmullo indescifrable se ahogaba tras el golpe de las olas contra la goma de la lancha.
 -Pronto estaremos en tierra, en una casa con chimenea y juguetes mi amor....procuraba calmar el aflijido padre a la inocente criatura, que trataba de calentarse vanamente con las cálidas palabras de su amado padre.
 Cerró sus ojos para ver a la princesa de zapatos azules, y decirle que el mundo no era tan bello, que a ella le gustaría estar en el torreón rojo, tener zapatos azules y vivir sin miedo junto a sus padres, lacayos y sirvientas.
 Una ola hizo volcar la barca, el agua se tragó de golpe a la mitad de los pasajeros, la hipotermia iría matando lentamente a los que sabían nadar y gritaban nombres de personas queridas para tenerlas localizadas en un vano intento de aferrarse a un sufrimiento que se prolongaría algunas horas más....
 Marga seguía agarrada a su padre, ambos se hundían en el oscuro mar, pronto todo acabaría, pero algo faltaba, la niña abrió sus ojos verdes y allí estaba, su madre desesperada buceaba hasta ellos, para en un último esfuerzo agarrar a su familia y tratar de sacarlos a la superficie...
-¡Apaga la televisión!, ¿Cómo pueden ponernos tan temprano esas imágenes?.
-Claudia miraba la televisión mientras los cereales flotaban en la leche, la imagen en la orilla de un amasijo de cuerpos en los que se distinguían claramente unos ojos verdes la dejaron catatónica.
-¡Niña!, dijo la madre a la vez que apagaba la televisión, termina el desayuno que llegas tarde al colegio....

viernes, 30 de octubre de 2015

HALLOBLOGWEEN 2015 - ¿LOS ZOMBIES HAN MUERTO?

Un año más, acudo a la cita de mi amiga Teresa Cameselle y su certamen de microrelatos, el título de la entrada lo dice todo, así que no me demoro más y os escribo mi micro-relato.




                                                                        ORIGEN                                                                            


 -¿Abuelo, que son los Zombies?, preguntó el pequeño Jonás, mientras leía un cuento tumbado en la alfombra, a su anciano abuelo.
El barbudo hombre daba caladas a una pipa sin tabaco, y se mecía frente a la chimenea en una mecedora tan vieja como él, se demoró en contestar.
-Hace mucho, mucho tiempo, comenzó a hablar el vejestorio, arrastrando su mirada a esos años atrás. A las personas que contraían una enfermedad llamada lepra, las confinaban en una isla abandonada. Allí estaban condenados a morir, pero lejos de eso, comenzaron a comerse unos a otros para sobrevivir. Pero lo que sobrevivió en ellos fue una nueva enfermedad que los convirtió en unos seres a los que llamaron muertos vivientes.
 La puerta se abrió de golpe, una joven entró aterrada, hombre y niño miraron a la muchacha que acababa de violentar su hogar.
Un grito salió de la adolescente garganta, abuelo y nieto se dirigieron hacia la chica, la cena acababa de ser servida.


                                                                                                                                                                   

jueves, 29 de octubre de 2015

El Rajado

Capítulo I

 -¡Es imposible que podamos sortear el arrecife!, informó la veterana Simona segunda de abordo a la Capitana Mariela.
 Mariela, sin dejar de mirar al arrecife, que se aproximaba a gran velocidad, dijo en una voz tenue como el atardecer y con una seguridad que si fuesen plomo las habría llevado al fondo del mar por el tonelaje que pesaban.
 -¡Pasaremos!. Acto seguido, y poniendo el registro de su voz por encima de la tormenta gritó a todas sus marineras.
- ¡A estribor!, ¡Todas a estribor!. Las mujeres, curtidas en el mar, y acostumbradas a acatar las ordenes de su jefa sin rechistar, se lanzaron en tropel hacia el lado del barco, haciendo que este se inclinase hacia esa banda con tal virulencia, que el cabello de las que lo llevaban suelto, se mojaban con el salado mar.
 Cuando el barco rasgó con su quilla las rocas del islote mayor, y pasó entre Los Alijos, nadie daba crédito. Muchas pensaron que se ahogarían allí, en medio del océano, partido su barco al embestir a aquellos islotes colocados en medio del mar por los Diablos para llevarse el alma de quien se atreviese a navegar por los mares.
 Un segundo más y el barco zozobraría, Mariela, consciente de ello, volvió a gritar dejando sus pulmones vacíos.
 - ¡A sus puestos!, ¡Izad la Mayor!.
 "El Rajado", surcaba el mar nuevamente, escapando de la tormenta.

 -¡No podemos permitir que un grupo de mujeres saqueen los barcos del Rey!, el hombre que pronunciaba estas palabras, vestía una desgastada túnica confeccionada con tela de saco.
 - Ni los grupos de hombres, dijo un hombre vestido con ricas telas que presidía la mesa. -Los barcos del Rey son sagrados. Dijo con suficiencia.
  Una furibunda mirada salió de los ojos del clérigo, que a sabiendas de que quien le había corregido no era otro más que el comendador, hijo del hermano del Rey y máxima autoridad en la zona, se mordió la lengua y musitó un:
 - Por supuesto señor, dejando claro que el único hombre sentado en la sala era el que mayor rango y poder poseía.
- No tenemos barcos ni hombres suficientes para cubrir toda la costa señor. El que ahora hablaba no era otro que Don Francisco de las Altas Cumbres,  jefe de todas las milicias ubicadas en el Nuevo Mundo.
- Ofreced recompensa, dijo el sobrino del Rey  con la suficiencia de quien tiene una idea genial y con ella se acabarán los problemas. Por cada pirata de bajo rango, ofreceremos 100 gramos de oro, por cada oficial, un Kilogramo, por cada Capitán, 10 Kilogramos de oro, y por cada Barco pirata entregado en condiciones a la corona, se le otorgará un título nobiliario y 50 Kilos de Oro.
 -¿Sabe usted cuantos piratas falsos van a ser entregados a cambio de ese oro?, se atrevió a decir el jefe de la milicia.
 La prudencia no era precisamente una virtud de la que pudiera presumir este hombre, que si no hubiese estado bien protegido por su apellido y una fortuna, no tanto económica como la otorgada por el azar, su cabeza hubiese rodado hacía mucho.
- Pues si usted no es capaz de hacer su trabajo, que lo hagan otros, que seguro lo realizarán con mayor efectividad. Sentenció molesto el comendador.