viernes, 31 de enero de 2014

Villa Acacia

En el remoto pueblo español de Villa Acacia, la vida transcurría apaciblemente. Pero no todo era paz en lo que se podía considerar como modelo de ciudad tranquila e inalterable. Junto a la iglesia, vivían los Orihuela, una familia honrada y trabajadora. El Abuelo, Don José Orihuela había mantenido unida a su familia dándoles todo lo bueno que un buen hombre puede dar.
El pueblo se agolpaba a la entrada de la casa, no faltaba nadie de la ciudad, las tiendas cerradas, el banco cerrado, el ambulatorio cerrado, todo el mundo apiñado en el jardín de los Orihuela, a la espera de las noticias que desde dentro de la casa salían a cuentagotas. Los pequeños, asustados, lloraban desconsolados sin saber el porqué, pero notando la tensa espera. Los prohombres de la ciudad se miraban unos a otros con cara de pavor ante lo que los acontecimientos vaticinaban. Dentro de la casa, la familia esperaba en una habitación contigua a la de don José Orihuela, que yacía en su cama moribundo junto al mayor de sus hijos.
Don Mariano, el médico, junto a Isabel la enfermera se afanaban en prolongar lo inevitable.
 A las 12:00 en punto se certificó la defunción de Don José Orihuela, el último hombre de la generación de 1.921-1.930 .
El Alcalde habló al pueblo, e informó como se hacía cada diez años, que el último hombre de la generación de 1.921-1.930 acababa de fallecer, y se abría el proceso para que los nacidos entre 1.931-1.940, pasasen a mejor vida.
En Villa Acacia nadie moría sin que la generación anterior hubiese fallecido, todos sabían cuando habrían de perecer, e intentaban por todos los medios prolongar la vida de los más viejos del lugar, para que así se retrasase el final de la siguiente generación.
Dicho esto, el Alcalde sufrió un infarto y falleció en el acto. Era el primero de la siguiente generación en morir.

miércoles, 29 de enero de 2014

El Descubrimiento

La luz del sol nunca había accedido a aquellos sótanos, pequeñas lámparas de modernas bombillas leds iluminaban aquellas antiguas paredes de piedra. Al fondo del estrecho pasillo, se abría una gran sala repleta de estanterías llenas de papiros, manuscritos, libros y legajos con cientos e incluso miles de años. Dos monjes se dedicaban a la custodia de tan impresionante biblioteca.
Al fondo, una gran mesa en la que apenas se adivinaban sus bordes, sobre ella, una pequeña lámpara dejaba ver a un  jesuita enfrascado en la lectura y transcripción de aquellos papeles que delicadamente acercaban los bibliotecarios.
El proceso era sencillo, los monjes llevaban los textos antiguos a la mesa del hermano, este traducía a unos folios lo que leía y estos eran llevados a la superficie donde se informatizarían.
Aquella noche había sido atípica, el padre Gabriel de 42 años, sufría de fuertes dolores estomacales, estos, le habían impedido descansar con normalidad....

El General

Aquel llano era perfecto para acampar, el río les protegería la retaguardia, el amanecer aún no terminaba de romper, el bufido del caballo soltó un vapor blanquecino que indicaba que el Otoño daba paso al Invierno, muchos de sus soldados no llegarían a ver las primeras nieves. Una lágrima se congeló en su rostro.

lunes, 13 de enero de 2014

Batalla de Arausio

La noche estrellada rezumaba la paz que jamás encontrara. Días amargos habían destrozado lo que con tanto ahínco siempre había buscado. Nunca podría olvidar aquella derrota. Notaba sus chanclas de cuero hundidas en el fango, barrizal formado con la sangre y miembros descuartizados de sus hombres. El amargor de la boca se le extendía al alma y la pesada carga de la vergüenza se cernía sobre sus hombros.
La mano amiga de su hombre de confianza le devolvió a la realidad. Los gemidos se perdían el la vasta llanura que llegaba hasta el Ródano. Miles de hombres habían sucumbido o habían sido heridos por los enemigos. Pero aún le quedaban fuerzas para pensar en la victoria. Una victoria que los Dioses se habían negado a darle en esta vida, pero que pronto encontraría, ya que un Romano jamás se rendía, y menos él, el Consul Cneo Malio Máximo.
Maldijo una y otra vez al otro proconsul, Quinto Servelio Cepión el Viejo, con su orgullo y soberbia de noble, había llevado al honorable ejercito de Roma a la derrota. Una derrota que había arrastrado a sus propios hijos a la muerte.