miércoles, 29 de noviembre de 2017

El Rey

Estaba mojado hasta los huesos, era el único en la expedición que aún conservaba la armadura, el resto la había ido dejando arrumbada en aquella maldita selva. Desde que entramos en aquella espesura no habíamos visto el sol, pero sí recibíamos en nuestros cansados cuerpos el agua que caía del cielo y subía del suelo. Estábamos en la peor de las emboscadas. Gonzalo, el más viejo del grupo, que se jactaba de haber estado metido en agua hasta el cuello una noche entera en los fríos canales de Flandes, profería improperios de manera continua de lo inhumano que era aquella selva. La calor junto a la humedad, se hacían insoportables. Cada metro que avanzábamos, era ganado a golpe de mandoble contra lianas y arbustos que se empecinaban en retenernos para siempre en aquel vergel.
"El niño", Miguel de Santander, arrastraba su cuerpo tras nosotros, las fiebres y el agotamiento se reflejaban en su rostro, había visto muertos con mejor aspecto que el que lucía el pobre muchacho. Todos nos preguntábamos cómo había sido posible que siendo del norte y acostumbrado a las húmedas tierras cántabras, su cuerpo no resistiera. También es cierto, que ninguno de los presentes habíamos subido de Toledo y no teníamos ni puta idea de cómo era el húmedo Norte. Apenas avanzábamos cien metros en todo un día.
Al anochecer, mientras cenábamos tocino rancio, me dedicaba a acicalar mi armadura. No quería desprenderme de ella, no sabía qué podría encontrarme en esa selva, y no quería que mi escudo corporal se oxidara, así que untaba una parte del tocino de la cena sobre la coraza para que repeliese la humedad y el óxido no se cebara con ella.
El amanecer nos sorprendió infringiendo al grupo una baja. "El niño" había muerto, y parecía tener mejor aspecto que cuando estaba vivo. A lo largo del día, miré hacia detrás, y vi su cara cetrina relajada. En la distancia lo veía apoyado sobre aquel árbol donde su descanso eterno parecía hasta envidiable. En el registro que hicimos antes de reanudar la marcha, encontramos un crucifijo, un pañuelo de seda perteneciente a alguna mujer importante de su vida. Su madre; hermana o amante y una bolsa de cuero con tres céntimos de real. Lo despojamos de sus armas y dejamos que su cuerpo se fundiera con la naturaleza. Durante ese día y los tres siguientes, nadie pronunció una sola palabra. Fue "el Grillo" el primero en romper el mutismo. Cristobal de la Serna, murciano con el defecto de la tartamudez en el habla, Al presentarse, repetía la primera sílaba de su nombre, creando una onomatopeya parecida al sonido que emitían los grillos, de ahí su apodo. "cri, cri, cri".
-¡Co-co-co coño, el sol!. Dijo al romper una rama con su machete.
Por arte mágico, la selva había dejado paso a un enorme descampado, donde el sol nos dejó cegados por unos segundos, lo que pudimos ver cuando los ojos se acostumbraron a la luz nos volvió a dejar sin palabras.