viernes, 8 de abril de 2011

Rubén

Rubén era un hombre normal, con una vida normal, con un trabajo normal y con una familia normal.
Su vida era monótona, se levantaba, se aseaba, desayunaba, llevaba a sus hijos al colegio, dejaba a su mujer en el trabajo y él se marchaba al suyo; cruzaba un parque caminando y entraba en el gran edificio de oficinas.
Los Sábados y Domingos rompían esa rutina, y hacían que cada Lunes pareciese distinto al anterior.
Aquella mañana, Rubén se levantó, se aseó, desayunó, dejó a sus hijos en el colegio y a su mujer en el trabajo, aparcó el coche en su aparcamiento privado y se dirigió a pie como de costumbre cruzando el parque hacia su trabajo; pero no entró en el edificio de oficinas.
Siguió andando, rompió el himen de la rutina, y al contrario de lo que pudiera parecerle no le dolió, notó una liberación, cuanto más andaba, menos le pesaban sus pies. Nadie le llamó la atención, ni le dijo nada, ni tan siquiera oyó un reproche...