Capítulo
VII
“Músicos
callejeros”
La
zona alta de la ciudad estaba limpia de “zombis”. Ya se
encargaban los matones del Sr. Pom de mantener ciertas áreas limpias
de enganchados. Era por esas zonas por dónde políticos, empresarios
y el mismísimo Sr. Pom se movían.
Eiffel
era la cafetería predilecta del Sr. Pom, su café y pastelitos de
Belén hacían las delicias cada tarde del mafioso. Se sentaba a
degustar media docena de aquellos dulces típicos de Portugal;
mientras lo hacía disfrutaba de unos músicos callejeros que
ambientaban con ritmos de blues la vida de los transeúntes y
clientes de las cafeterías aledañas.
Un
hombre se acercó a la mesa del mafioso siendo detenido unos metros
antes de llegar al objetivo por dos tipos que surgidos de la nada
eclipsaron al pequeño gánster. Este, sin inmutarse y con un
pastelito entre sus dedos hizo un pequeño gesto que ambos gorilas
interpretaron al instante a la perfección, dejando pasar al recién
llegado.
Con
la boca llena del dulce, un gesto de cabeza fue suficiente para que
el hombre comenzara a hablar, no sin antes mirar hacia un lado y otro
advirtiendo al Sr. Pom de que sus palabras iban cargadas de mucha
importancia y que no deberían ser soltadas al viento.
Pom
ya con su mano vacía le indicó que le informase en el oído de la
buena nueva, no sin antes mostrar con la otra mano una pistola sacada
de su chaqueta, y apuntar con ella la cara del recién llegado, que
viendo aquel arma no pudo más que tragar saliva, ya que no sabía
qué pensar qué es lo que pudiera hacer aquel sanguinario hombre con
el “hierro”.
El
mafioso, gran amante del cine siempre recordaba cómo Don Vito
Corleone interpretado por Robert de Niro se había acercado al oído
de Giuseppe
Sillato
haciendo del capo italiano
Don Ciccio.
Como
éste
no le oía bien debido
al problema de garganta que tenía el americano y la sordera por la
edad del
italiano,
pedía
que De Niro se le acercase
y entonces
el protagonista de Taxi Driver le
rajaba el estómago.
Que
le pudiera suceder esto
le
aterraba, y por ello, siempre que alguien se le acercaba era
encañonado por
el Sr. Pom con
su revolver, advirtiendo
al recién
llegado que a
él no
le pillarían
desprevenido.
Las
noticias no podían ser más halagüeñas, una sonrisa iluminó la
cetrina cara del mafioso, los músicos callejeros hacían una versión
bastante decente del Stand By Me de B.E.King, sacó un billete de 50€
y lo dejó sobre la mesa.
Los
almacenes Panties habían sido una década anterior la empresa más
fructífera de la ciudad, caída en desgracia tras la muerte del
fundador, sus herederos malversaron la fortuna y acabaron en un
lustro con lo que fue un referente comercial.
El
Sr. Pom los compró muy por debajo de su precio real,las deudas
asediaban a los herederos. Lejos de reflotar la empresa, utilizó
aquel edificio cómo hogar, allí asentó en el piso más alto su
vivienda y los inferiores los destinó a crear las viviendas para sus
hombres de confianza, creando así un acuartelamiento y un bunker
altamente vigilado dónde vivir.
No
tardaron en llegar, El Sr. Pom se sentía poderoso, y sabía que
pronto podría acabar con el detective Jesús Espinoza y cerrar un
ciclo que había tardado años en poder finiquitar. No
en vano había estado siguiendo los pasos muy de cerca del detective
para trazar una venganza que se le antojaba muy dulce.
El
coche del mafioso entró por la puerta del enorme garaje que ocupaba
tres plantas bajo el edificio. El vehículo fue bajando hasta llegar
al más profundo de los niveles, allí los esperaban tres hombres
fuertemente armados.
Escoltaron
al Sr. Pom hasta el centro del garaje, unos focos de luces similares
a los que utilizan los fotógrafos se dirigían a un colchón en el
suelo. Sobre él una joven completamente desnuda e inconsciente
destacaba bajo aquellos focos.
El
Sr Pom se acercó a ver a su presa, la chica permanecía inconsciente
por el propofol que se le estaba proporcionando en vena. El recién llegado observó la
belleza de la joven; su largo pelo negro; su piel morena, la suave
respiración que movía los pequeños pechos coronados en una oscuras
aureolas y un duro pezón desafiando la gravedad. Le llamó la
atención el vientre plano y su sexo recortado. Todas las chicas con
las que estaba lo llevaban totalmente rasurado, ese vello negro sobre
los labios vaginales le sorprendió. Con su zapato de charol negro
apartó la pierna de la mujer hasta dejar todo el sexo abierto,
quería ver bien la entrepierna de aquella joven y no dudó en usar
su bastón para recorrer con su punta la abierta raja de la chica.
-¡Despertadla!, ordenó a la vez que apartaba su bastón y se giraba a los
hombres que desde detrás de los focos observaban la escena.
Uno
de ellos, vestido con una bata blanca se acercó hasta el colchón,
cerró una pequeña válvula del gotero y quitó la vía del brazo de la chica. Tuvo un detalle humano que no le pasó desapercibido al Sr. Pom, el hombre agachado sobre la chica, tras separarla del gotero colocó el brazo alargado de la joven de manera suave junto al cuerpo a la vez que marchaba cargando con el equipo e instrumentos médicos. Al pasar con el gotero, el maletín médico y el porta sueros le dijo
al Sr. Pom:
-
En breve despertará señor, entre uno y cinco minutos.
Sr.
Pom ni tan siquiera lo miró, siguió contemplando a sus hombres tras
la luz, aunque apenas podía distinguir a ninguno. El médico de la
bata blanca salió de la zona iluminada perdiéndose en la oscuridad, para siempre, ya que una sola señal del jefe bastó para que uno de los esbirros lo siguiera y acabase con su vida.
Uno
de los matones trajo una silla al Sr. Pom, este se sentó
contemplando ahora a la mujer dormida y desnuda esperando a que se
despertara y a que el ratón hiciera su aparición en la trampa.
Espinosa
sabía que meterse en aquel lugar era un suicidio, pero… Si algo le
pasaba a su compañera jamás se lo perdonaría, ya perdió un amigo
y tuvo que tomarse la justicia por su mano. No quería volver tener
que enfrentarse a aquello, y mucho menos por Emilia.
El
Ford rugía por las calles, toda la rabia pareciera extrapolarse al
vehículo, enfiló la calle principal de la avenida y golpeó con
fuerza la puerta del garaje de los almacenes Panties. Esta se deshizo
cómo un castillo de naipes, pero el sonido fue estruendoso, tanto, que sobresaltó a los hombres que aguardaban en la última planta
junto al Sr. Pom y la inspectora Gutiérrez.
El
Sr. Pom, lejos de tensionar algún músculo por el ruido permaneció hierático, sólo se pudo apreciar en él, que dejó
escapar una mueca de medio lado a modo de sonrisa.
La
media docena hombres que ocupaban el último de los sótanos
pertrechados con sus metralletas se apostaron de manera estratégica
tras las columnas a la espera de que el coche hiciera su aparición
por la rampa. El ruido cada vez más próximo de las ruedas
derrapando en las curvas servía a aquellos asesinos como diapasón
para saber en qué momento debían disparar sus armas.
En
un instante salieron los seis hombres de manera sincronizada de sus
escondites y abrieron fuego contra el Ford de Espinoza, todos a una
dirigieron los proyectiles a las ruedas del vehículo que fuera de
control se estampó contra una de las columnas. Los hombres corrieron
hasta el coche por ambos lados, abrieron las puertas casi al unísono.
Aquello pareciera más una comedia estudiada que un drama
improvisado. La cara de los hombres que habían abierto las puertas y
dirigido sus armas al interior del vehículo fue todo un poema al no
encontrar a nadie en su interior, en ese momento, retumbaron de nuevo
las armas de fuego, pero esta vez era espinosa que desde la rampa
disparaba sobre los atónitos hombres, que antes de poder reaccionar
se encontraron ya con dos bajas.
Capítulo
VIII
“La
Trampa”
Espinoza
se protegió tras una columna. Cientos de proyectiles golpeaban el
hormigón y la pared trasera. Agazapado el inspector esperaba su
oportunidad, sabía que allí abajo habría cuatro o cinco
metralletas, de momento tras el pilar, se sentía a salvo, el peligro
estaba en la rampa y quienes pudieran aparecer por allí. No quitaba
ojo a ese punto.
De
pronto el fuego cesó, esa era su oportunidad, dejó al descubierto
su arma y medio rostro para poder apuntar a quienes le tenían
acorralado, pero allí no había nadie. Se lanzó en una frenética
carrera hasta la siguiente columna. Para proteger su flanco y tener
más a tiro a sus enemigos, pero para su sorpresa, nadie le disparó
en ese desplazamiento.
Su
respiración agitada le
recordaba la falta de forma física y el efecto tan negativo que le
estaba haciendo el fumar, tosió con ahogo un par de veces y allí
sentado, con su espalda contra la pequeña pared de hormigón que
protegía su espalda, se
encendió un cigarrillo.
-¡Inspector
Espinoza!, retumbó en el sótano. A Jesús un nudo se le hizo en el
estómago al reconocer la voz grave y melosa del hombre que quería
verlo muerto a toda costa.
-¡Inspector
Espinoza!, recalcó de nuevo el hombre.
-No
sabe usted las ganas que tenía de verlo de nuevo en mi casa,
continuó hablando.
-¿Cuánto
tiempo hace que no nos vemos?, ¿Cinco, seis, diez años?... hablaba
recreándose en sus palabras el pequeño hombre de cejas pobladas,
haciendo ver a su interlocutor que el tiempo le era indiferente,
porque al final, él siempre se salía con la suya.
Espinoza
expulsó el humo de su cigarrillo, con su voz cascada y sacando el
fuelle de dónde no lo tenía le respondió:
-¡Nunca
es suficiente!. Gritó para que
se le oyese bien, aunque finalizaba
hablando para sí mismo mascullando las palabras. -¡Ojalá no
nos hubiésemos tenido que volver a ver jamás!.
-¡Puedes
salir!, he dado la orden de que no te disparen, no soy un asesino
como quieres pensar sobre mi, soy un hombre de negocios y ahora tengo
algo que creo que quieres...¡Sal y hablemos!. Ordenó desde la
distancia el Sr. Pom.
Jesús
acabó su cigarrillo, miró la colilla y se dijo par así mismo
-¡Mierda!,
a la vez que arrojaba el filtro aún encendido lejos y se incorporaba
de manera lenta y torpe pero sin perder el arma de su mano. Volteó
la columna y allí estaba aquel maldito hombre, junto a él desnuda y
aturdida su compañera Emilia, una pistola le apuntaba la sien. Al
contemplar aquella escena, Espinoza tuvo una sensación poco
habitual, no tuvo miedo, ni preocupación, se limitó a contemplar y
admirar el cuerpo desnudo de su amante, su cabeza se pobló de
momentos felices junto a ella, risas, sexo, buenos momentos.
Poco
a poco se acercaba, dejó caer su reglamentaria al suelo, no apartaba
la vista de la mujer, una extraña sonrisa se dibujó en sus labios,
los pasos le llevaban hasta ella, se miraron y antes de poder
tocarla, una horda de hombres se lanzaron contra él, derribándole y
bloqueándolo. Un golpe seco en el mentón lo dejó aturdido y perdió
el conocimiento momentáneamente.
Cuando
despertó una potente luz lo cegaba, sus ojos tardaron
en acostumbrarse al
fulgor de
aquellas lámparas,en
el momento que sus sentidos le respondieron,
evaluó la situación. Estaba sentado
en una silla y
esposado con las manos en la espalda; frente a él un colchón sucio,
sobre el camastro la Inspectora Gutiérrez, desnuda, amordazada
y
atada en cruz con cadenas a unas argollas en el suelo, se movía
inútilmente
en
un intento desesperado de librarse, en el otro lado estaba también
sentado en una silla el Sr. Pom, pero lejos de encontrarse en una
situación desfavorable como ellos, leía plácidamente un libro. Por
las respiraciones y movimientos, calculaba que alrededor habrían
otros tres hombres.
-¡Vaya!,
le sacó de sus cavilaciones la voz de mujer,
no podía ser, se dijo para sí mismo
-¿Antonia?.
Sus temores se convirtieron en realidad cuando su ex mujer le levantó
la cabeza agarrándolo por los pelos y enfrentando ambos rostros.
-¡Qué
sorpresa!, ¿Verdad Jesús?… le soltó a escasos centímetros de su
cara.
-¡Todo
lo que tocas lo destruyes Inspector!, le espetó soltando su cabeza y
dejando que Espinoza digiriera aquel cambio de guion.
-Te
has destruido a ti mismo y todo lo que has tocado en tu vida, ¿Y
para qué?, ¡Para nada!, la mujer habló sacando sus palabras desde
lo más profundo de su ser, iban cargadas de odio, rencor, miedo,
pena,…
-Y...
¿Ahora qué?… preguntó de manera retórica sin esperar que
Espinoza le respondiera.
-Un
pitillo no me vendría nada mal. Replicó con sorna el detective.
Una
sonora bofetada fue lo único que sacó de aquella mujer como
respuesta a su petición
¡Plas,
plas, plas! Unas palmas rompieron el trágico momento, era el Sr. Pom
que había sido espectador de lujo del evento.
-Ya
está bien de peleas de enamorados, tenemos cosas mucho más
importante que resolver que reproches de matrimonios fallidos. A la
vez que hablaba se dirigía bordeando la improvisada cama hacia
Espinoza, Antonia se apartó ante la llegada de su jefe.
Sacó
un cigarrillo y se lo puso a Espinoza en los labios, mientras
encendía el pitillo con una cerilla le hizo saber que lo disfrutara,
porque desde ese momento iba a ser lo único agradable que le iba a
deparar el resto de lo que le quedaba a él y a Gutiérrez de vida.
De
forma teatral, el pequeño hombre se giró sobre sus talones y
comenzó a hablar a los presentes, lo hacía como si una gran masa de
gente lo estuviese escuchando, aunque en aquel nivel del sótano sólo
habían quedado cuatro hombres armados, Antonia y los dos
prisioneros.
-¡Queridos
amigos!, comenzó, ¡Por fin voy a poder cerrar el círculo!, tantos
años escurriéndose de entre mis dedos, y por fin, lo tenemos
aquí..volvió a girarse y golpeó con fuerza el cuello de Espinoza.
El cigarro voló de sus labios.
El
Sr. Pom anduvo hasta la colilla y la pisó con la puntera a la vez
que continuó con su puesta en escena.
-De
igual manera que acabo de apagar esta colilla, lo haré con vuestras
vidas, pero como te advertí, verás morir a todos los seres que
alguna vez han significado algo para ti. Serás el último en ver mis
ojos y saber que enfrentarse al Sr. Pom es letal.
Desenvainó
la daga fina y larga que escondía en su bastón y sin pensárselo
dos veces se dirigió hasta Antonia y se lo clavó en el corazón.
La
mujer no se esperaba ese desenlace, sus ojos se abrieron como platos
y una lágrima resbaló por su mejilla a la vez que caía fulminada
en el suelo del frío y oscuro Parking.
Espinoza
botó en su silla a la vez que un grito desgarrador salió de lo más
profundo de su ser.
El
Sr. Pom sonrió y se giró hasta Espinoza.
-Si
llego a saber que aún la amabas tanto, la hubiese echo sufrir más.
-Al
menos me queda tu joven y apetecible amante.
Capítulo
IX
“el
Poder”
Emilia
miraba aterrada a aquel hombrecillo de pobladas cejas y sonrisa
escalofriante, había limpiado la daga con el cuerpo inerte de su
abogada y con una parsimonia impresionante lo había vuelto a
enfundar en la madera de su bastón.
-¡Divina
juventud!, comenzó de nuevo a disertar.
-¿Cómo
una chica tan joven y bonita ha podido acabar con un tipo tan,...tan
,no le salían las palabras que quería decir sobre Espinoza, se
giraba mirando a uno y a otro buscando la calificación perfecta,
para acabar diciendo, tan perdedor?.
Cogió
su bastón y comenzó a rozar con la punta la parte interna del pie a
la vez que lo iba subiendo y hablando:
-¡Qué
hermosa piel, fina, suave, tersa!. Al llegar al pubis puso su bastón
apoyado en el suelo separando con la madera ambos labios vaginales.
-¿Y
aquí introducías tu cara para saborear el maná?… ¿Es una fuente
inagotable o seca?, porque ahora parece que está en sequía...y
apretó su bastón un poco más haciendo que la mujer se encorvara un
poco huyendo al dolor.
Llevó
el bastón hasta su nariz y de nuevo, de forma teatral disertó…
-¡Umm!,
huele a hembra y miedo, ¡me encanta ese olor!, ¿quieres catarlo
Inspector?.
Y
golpeó a la vez que preguntaba de manera fuerte la cara del hombre
atado a la silla. El golpe fue seco, duro, lo suficientemente
controlado para partirle la nariz a Jesús pero sin que se desmayase.
La sangre comenzó a brotar fuertemente y Espinoza notó el sabor a
óxido en su garganta.
-¡Traed
al engendro!, gritó en estado de éxtasis, el comienzo del aquelarre
le había transformado y disfrutaba cada instante.
Dos
hombres salieron del círculo luminoso y al poco trajeron a una mole
humana de al menos dos metros, su cabeza iba encapuchada, una cadena
sujeta al cuello, lo traían desnudo, cubierto solo por un calzón, su piel lechosa y grasienta no
translucía ningún músculo, una enorme barriga lo precedía, sus
extremidades al contrario eran delgadas, cuando estuvieron de nuevo
junto al camastro, el propio Sr. Pom ayudado por su bastón quitó la
capucha que cubría la cabeza de aquel ser.
Incluso
a Espinoza le produjo repulsión la cara del recién llegado,
Gutiérrez desnuda en la cama trataba de gritar y suplicar, pero su
mordaza sólo la dejaba emitir gruñidos apagados.
Una
cabeza desproporcionadamente grande con respecto a aquel enorme
cuerpo; una cara que ocupaba media cabeza; orejas puntiagudas y
deformes; ojos saltones; sin cejas; una nariz más deforme que todo
el ser; labios que eran líneas en aquel trozo de carne y dientes,
los pocos que quedaban, sucios y desgastados.
El
enorme calzón que tapaba sus partes fue bajado hasta el suelo por el guarda que sujetaba la cadena, dejando al descubierto un miembro flácido más parecido al de un
caballo que al de un ser humano.
-Mira
querida, eso será todo para ti. El Sr. Pom elevaba la cabeza de
Gutiérrez para que viese la monstruosidad que la esperaba, el
gigante babeaba observando el cuerpo joven y desnudo de la mujer.
Con
un movimiento de su mano liberó a la inspectora de su mordaza.
-¡Hijo
de puta!, fue lo primero que le soltó a su captor. Una bofetada que
la dejó aturdida fue la respuesta del sádico hombre pequeño.
-¡A
por ella!, ordenó con desdén y sus hombres liberaron al gigante que
clavó su hocico en la entrepierna de la mujer.
La
inspectora gritaba de asco, dolor, miedo. Se retorcía tratando que
aquellos movimientos hicieran desistir al violador de sus
intenciones, pero lejos de amedrentar al animal, esos meneos más lo
excitaban. El pene empezó a crecer de forma desorbitada, los
presentes vieron cómo aquel falo alcanzaba unas dimensiones épicas.
Aquella
masa humana se había vuelto incontrolable, la sangre acumulada en su
sexo apenas dejaba que su informe masa gris recibiera oxígeno, su
objetivo por encima de todo era eyacular. Para ello no dudó en
penetrar salvajemente a Gutiérrez, que al notar cómo aquella masa de
carne dura se abría paso a la fuerza moviendo todo su interior y
desplazando órganos, gritó de manera desgarradora.
Espinoza
perdió los nervios, sus muñecas sangraban al intentar librarse de
aquellas esposas, pero todo esfuerzo era inútil. Apartó la cabeza y
trató que su mente se perdiese en algún otro lugar, lejos de aquel
infierno, pero todo esfuerzo resultó inútil, El Sr. Pom le había
agarrado el pelo y le obligaba a mirar, ver cómo aquel engendro
mordisqueaba los pezones de Emilia, babeaba su cuerpo y penetraba con
enormes embestidas que hacían que todo el colchón se desplazara por
el suelo mugriento del garaje.
-¿Sabes
por qué estás aquí?, preguntó el Sr. Pom a Espinoza en un tono
suave, se expresaba como si tuviese una charla amigable en un
restaurante de lujo, disfrutaba con cada palabra.
A
Jesús le quemaba el estómago, sus jugos gástricos subían y
bajaban por el esófago en vanos intentos de vomitar, Emilia hacía
rato que había cerrado sus ojos y dejado de gritar, decidió
permanecer quieta y dejar que aquella bestia acabase pronto con su
enorme sufrimiento. El Sr. Pom continuó hablando:
-Estás
aquí porque puedo, mi poder es infinito comparado con el de los
demás hombres, y este poder se obtiene con paciencia, determinación
y sin escrúpulos. Tú tuviste tu parcela de poder cuando mataste a
mi mejor hombre, ¿Recuerdas a “Va-lentín”?… pero a pesar de
que en ese momento pudiste convertirte en un ser poderoso, te
amilanaste y ahora te ves aquí, siendo eliminado por un autentico
hombre con poder.
Espinoza
miraba al hombre a los ojos, sabía que estaba acabado, y lo único
que deseaba es que el fin fuese rápido, pero aquel hijo de puta no
iba a permitir que sus deseos fueran realidad, así que permaneció
callado desafiando a su captor con lo único que le quedaba, su
mirada.
El
Sr. Pom rió, -¿Te gusta mirar verdad?, pues, mira cómo disfruta tu
zorra. Esta vez si gritó, quiso que ella también se enterase de sus
palabras, pero al volverse la vio con los ojos cerrados e inerte.
Esta actitud le contradijo, -¡Abre los ojos , Puta!...ordenó.
La
mujer hizo caso omiso a la orden, trataba de centrarse en si misma,
en ser fuerte, en no pensar en lo que estaba ocurriendo con su
cuerpo. El Gánster se encamino hasta ella y ordenó a uno de sus
hombres que le aguantasen la cabeza.
-¡Te
he dado una orden! Volvió a decir a la mujer. Esta permanecía
impasible mientras un grito seco proveniente de la bestia indicaba
que acababa de eyacular en las entrañas de la inspectora. La mole se
incorporó sacando su polla flácida y chorreante de semen y sangre.
-¡Ábrele
un ojo!, ordenó al secuaz que la agarraba por la cabeza a la mujer, este con el
dedo índice y pulgar dejó al descubierto la pupila marrón de Emilia.
El
Sr. Pom desenvainó su puntiaguda daga del bastón, Espinoza temiendo
lo peor comenzó a increpar al pequeño hombre, insultos y gritos de
que no lo hiciera se perdieron en la sala. El pequeño hombre estaba
decidido a hacer aquella tropelía y escuchar las súplicas e
insultos de su victima le motivaban aún más.
La
inspectora Emilia Gutiérrez, inmovilizada veía como el frío acero
se acercaba a su ojo poco a poco, hubo un momento en el que perdió
la visión del mismo pero notó como la punta de la espada empujaba
su globo ocular hasta que la tensión del mismo no aguantó más y
rompió con un ¡plof!, un sonido que jamás podría olvidar.
La
risa histriónica del Sr. Pom se paró en seco cuando de pronto
escuchó un:
¡POLICÍA!,
¡Todos quietos!.
Capítulo
X
“El
final”
Aún
no había salido Espinoza de la casa cuando Manuel comenzó a
manipular todas las cámaras desde su casa hasta los almacenes
“Panties”.
Mientras
en las distintas pantallas iban apareciendo las diferentes imágenes
que emitían cajeros, video-porteros, y todo dispositivo que pudiese
ser intervenido por internet para monitorizar el trayecto del
Inspector Espinoza, que iba apareciendo y desapareciendo de ellas
según se acercaba con su loca conducción al refugio de sus
enemigos, Manuel tecleaba códigos de manera frenética en la
pantalla principal. Fue lo suficientemente rápido para lograr
desencriptar las antiguas cámaras de los diferentes sótanos dónde
Emilia permanecía retenida antes de que llegase el inspector.
Cuando
Manuel observó a la mujer desnuda y atada, no pudo reprimirse, sacó
su pequeña polla escondida tras la masa de grasa de su barriga y
comenzó a masturbarse. La visión del cuerpo de mujer desnuda y
expuesta le producía un morbo especial. Tan absorto estaba en la
pantalla que no se dio cuenta de la irrupción que hicieron en su
dormitorio.
-¡Manolito!,
la entrada sorpresiva de su madre en la guarida hizo que de un
respingo casi desconectara todas las pantallas a la vez que escondía
su mini pene erecto en los calzoncillos.
-¡Mamá!,
se quejó enfadado el hijo,
-¡Te
he dicho un millón de veces que llames antes de entrar!. Farfulló a
la vez que se levantaba a duras penas moviendo los kilos de grasa y
empujando con su rechoncha mano a la progenitora fuera de su
cubículo.
La
madre ajena a aquel reproche se volteó e informó que la comida ya
estaba lista a la vez que acababa de un sorbo con el chupito de anís
que portaba en su mano.
Manuel
al volver su rostro a las pantallas pudo comprobar que Espinoza había
roto la puerta del garaje y estaba en una ratonera.
-No
se si este tío es gilipollas o un héroe, pensó.
En
ese momento tomó la decisión de llamar a la policía especial,
obviando a los cuerpos policiales comprados por el Sr. Pom y que el
cibernauta sabía que no hubiesen movido un sólo dedo por salvar a
la pareja de detectives.
-¡POLICÍA!,
¡Todos quietos!. Retumbó en la sala del garaje dejando enmudecida
la risa del Sr. Pom
El
Gánster sabía que debía obedecer, ya que sus abogados, el dinero y
la compra que tenía de cuerpos policiales y jueces le exonerarían
de cualquier cargo, sonrió y se giró de manera pausada hacia los
recién llegados.
Todo
eso que él conocía sobre
su poder y la capacidad de salir impune de cualquier delito del que
se le pudiera acusar, era
ignorado por un par de sus hombres de
gatillo fácil,
que al verse acorralados
y amenazados por
los
agentes comenzaron
a disparar sus armas automáticas.
-¡Noooo!,
fue lo ultimo que pronunció el temido Sr. Pom, levantado
su báculo hacia los dos desobedientes asalariados,
disparos cruzados atinaron en el pecho
del
mafioso, que cayó al suelo desplomado sin soltar su bastón.
La
policía especial no tardó en abatir al resto de hombres, que aunque
pusieron todo su empeño por defender la plaza, fue insuficiente para
librarlos de la muerte.
La
imagen que en aquel sótano se estaba produciendo era de lo más
macabra, Manuel lo había grabado todo a la espera de que algún día,
algún fotograma de todo aquello haría que Espinoza le debiera un
favor.
Espinoza
miró a su alrededor, su amante estaba llena de sangre y era atendida
por cuatro sanitarios, el Sr. Pom yacía a sus pies sobre un charco
de sangre, en una postura hilarante y asido al arma que tanto daño
había causado, él, dolorido por su nariz rota, aún atado y sentado
en aquella silla, .sonrió ¡Por fin!, ¡Por fin era libre!.
La
mañana estaba fresca, a pesar de ser Junio, en el Norte el verano
nada tenía que ver con el Sur. Espinoza bajaba de su nuevo coche, un
Ford Ranger. Aquella camioneta era un tanque en manos de aquel
hombre.
Había
seguido las indicaciones del gps hasta un caserío en medio de la
nada.
Cerró
la puerta del vehículo y comenzó a andar en dirección a la
vivienda, de su bolsillo sacó un paquete de chicles, se llevó uno a
la boca y comenzó a mascar con ansias, llevaba seis meses sin fumar,
su último cigarrillo lo había arrojado en un sótano donde había
estado a punto de perder la vida.
No
había dado tres pasos cuando a lo lejos se percató de dos personas,
una pareja de mujeres que hablaban despreocupadas y felices. Una
bastante mayor, rondaría los ochenta, pero a pesar de la edad
bastante ágil, la otra, cargada de un cesto de mimbre vacío, debían
de venir de tender la ropa dedujo el Inspector, era delgada, vestía
unos vaqueros gastados, botas de cordones y una camisa dos tallas más
grandes. Sonreía mirando a la otra mujer y escuchando las palabras
de la que de seguro era su madre.
Algo
le dijo la mujer más mayor que miraba con descaro a Espinoza, la más
joven volteó la cabeza y reconoció a su antiguo compañero allí
plantado.
Jesús
la pudo contemplar por primera vez de frente, su cabello negro
comenzaba a lucir hilos plateados, un parche azul cruzaba su cara
tapando el ojo ausente, su sonrisa seguía siendo cautivadora.
-¡Hola
Emilia!, rompió el hielo el policías
-¡Hola!,
respondió de manera lacónica pero con una sonrisa la compañera.
-He
venido a buscarte, continuó el hombre hablando, no para que empieces
a trabajar, sino que… midió
sus palabras. -Me gustaría que volvieses a casa a vivir conmigo.
Soltó quitándose un lastre que había llevado cargando por bastante
tiempo.
La
inspectora Gutiérrez lo miró, depositó una mano en su mejilla y le
dijo con voz suave.
-Puedes
quedarte a comer, mi madre guisa fenomenal.
A
Jesús no le hicieron falta más palabras, sabía que Emilia ya era
parte del pasado, a sus años no necesitaba apósitos gastronómicos
para paliar el sufrimiento. Sonrió con la amargura del que se sabe
solo y perdido pero aún con vida.
-Gracias
por la invitación, contestó con su voz cascada, pero quiero estar
pronto en casa y son seis horas de trayecto.
Se
giró sobre sus talones y comenzó a andar hacia el coche, dejó que
la brisa fresca impregnara su cara, observó el verde del prado y las
montañas en la lejanía, sintió los cálidos rayos del sol en su
rostro y llenó sus pulmones del aire puro.
Entró
en el coche, el olor a tapicería nueva le producía un placer
similar al del aire puro del campo, la diferencia estaba en que el
del automóvil era un olor cercano, un olor a ciudad, a asfalto y
humo, y eso le gustaba. Arrancó su furgoneta y se marchó del lugar
sin mirar atrás escuchando a todo volumen a Jesús de la Rosa,
desgañitándose al cantar “sé de un lugar”.
Fin