Las almenas del castillo de Monzón brillaban al recibir los primeros rayos del sol. Aún no había amanecido junto al río. Mateo, como cada mañana, se acercaba a la orilla a ver las trampas que tenía para cazar cangrejos; su madre hacía unas sopas exquisitas con ellos y al “chiquet” le encantaban. Pero ese día no sería uno más en la vida de los habitantes de aquel paraje de Huesca y en particular de aquel joven superviviente. El destino hizo que al mirar hacia el edificio para disfrutar del reflejo de los ladrillos bajo la dorada luz del sol, viera cómo un hombre era empujado desde lo más alto y caía por el precipicio con un alarido que bien pudo despertar a toda la comarca.
Los ojos del niño se cruzaron con los del asesino en la distancia. La luz del amanecer reveló la identidad del criminal y aunque allá abajo las sombras de la noche protegieron al mozo, este supo que aquel hombre sabía que un testigo andaba suelto.
Al llegar a casa, Mateo entró a hurtadillas y soltó sobre la única mesa de la estancia, que hacía las veces de cocina y salón, los pocos cangrejos que había recogido, ya que el pánico que sentía le hizo regresar sin acabar su labor. Con el mismo sigilo que llegó, salió dirección al establo contiguo al hogar.
Su madre extrañada por la actitud esquiva de su hijo dejó lo que hacía en la cocina y marchó a buscarlo. Encontró a Mateo acurrucado en una esquina de la cuadra, temblando, asustado.
Sus palabras no hacían mella en el chico, pero la mano cálida y suave acariciando el pelo lacio del pequeño lo relajó. Unas voces en el exterior, junto a la casa, hizo que la mujer se pusiera en alerta y tapase al niño con una manta, en parte para arroparlo, en parte para ocultarlo. Desconocía lo que había pasado y en qué embrollo pudiera estar metido su hijo, pero el instinto materno la guiaba por buen camino.
-¡Buenos días!- saludaron dos soldados a caballo al ver aparecer a la mujer .
-¡Buenos días!- le respondió de manera cortés la dueña de la casa.
-¿Está usted sola?- quiso saber el más delgado de los hombres que parecía ser el que mandaba.
-Si señor- respondió de manera lacónica la matriarca.
-¿Y su marido?- siguió interrogando el hombrecillo.
La señora miró con altanería al tipo que llevaba la voz cantante y le respondió con el mismo descaro con que la miraba:
-Sirviendo a nuestro señor Jaime II en sus múltiples batallas-.
Los soldados se miraron y sin mediar más palabras voltearon las cabezas de sus caballos marchando por donde habían venido. Cuando la mujer los perdió de vista corrió al establo en busca de Mateo, pero al entrar en la estancia sólo encontró la manta en la misma esquina dónde minutos antes había estado el pequeño.
La desesperación de la madre alcanzó límites insospechados, trató de mantener su mente fría pero el corazón latía con fuerza, entró en la casa; apartó el puchero del fuego; se armó con un cuchillo de cocina; cogió una hogaza de pan y regresó al cobertizo. La misma manta que había servido para esconder a su hijo la colocó a modo de silla de montar sobre el lomo del caballo de tiro aragonés que era ya parte de la familia por su nobleza y esfuerzo en las labores de labranza. Sin saber qué rumbo fijar, siguió los pasos de los caballeros que la acababan de visitar por si el diablo les tentaba poniendo a su vástago en el mismo camino que ellos.
Mateo miró por entre las tablas de la cuadra y aunque no pudo oír la conversación de su madre con los hombres supuso que venían a buscarlo por lo que acababa de ver desde el río. No se lo pensó dos veces y se escabulló por entre las maderas dirección al bosque.
A pesar de su corta edad, Mateo sabía moverse muy bien por aquellas tierras, su padre desde que nació le había enseñado cómo hacerlo y aunque ya hacía un año que su progenitor había tenido que acudir a la llamada del Rey, él había seguido saliendo al bosque sólo.
Deambuló por zonas conocidas hasta el medio día, donde comenzó a aventurarse por un terreno inhóspito, bordeaba las pequeñas casas con las que se iba topando, pero el hambre empezaba a hacer mella en él. Junto al camino, una hospedería desprendía olores a guisos que hicieron que el joven perdiese todo cuidado y se acercara al mesón sin mantener la precaución que había tenido durante todo el día al vagar por la comarca.
En la estancia habría unas diez personas. Mateo se escurrió pegado a las paredes y tomó un cuenco con un poco de carne y sopa que encontró huérfano en una mesa al fondo, comió con avidez. Una vez saciada el ansia de alimentarse se fijó en los personajes que le rodeaban, con la desdicha de ver a los dos hombres que por la mañana habían estado en su casa, junto a ellos el asesino de la torre y otros soldados. Todos bebían y reían despreocupados.
De la misma manera que había llegado trató de salir, pasando desapercibido, pero una mano le agarró por el hombro a la vez que reclamaba el pago de lo que había comido. Sin atender a razones y con el miedo en el cuerpo, el zagal le profirió un manotazo al posadero que trataba de retenerlo, propinando seguidamente un pisotón en unos pies ya de por si doloridos que hizo aullar y proferir maldiciones al mesonero, llamando así la atención de los presentes. Mateo al sentirse observado por todos corrió hacia la calle.
Los soldados salieron rápidos tras el pícaro, su caza podría ponerle a bien con el dueño de la fonda y sacar así una ronda de vino gratis. El muchacho corría por otros motivos.
Daban voces para que se detuviera, algo de lo que el crio hacía caso omiso. Uno de ellos era más rápido que los demás ya que iba desprovisto de armaduras, este se acercaba peligrosamente al fugitivo.
Mateo con sus ojos llenos de lágrimas se esforzaba lo máximo en huir, pero sus piernas no eran tan veloces ni fornidas como la de los captores, salió del camino por una vaguada con tan mala fortuna de tropezar con una raíz y caer de bruces. Lo siguiente que sintió fue como su cuerpo se elevaba del suelo en bloque mientras una boca pestilente a menos de cinco centímetros de su cara le hablaba, a la vez que escupía, haciendo que el chico quedase aún más aturdido por el desagradable tufo que emitía.
-¿Por qué huías pequeño diablo?- le interrogaba el captor de manera brusca mientras elevaba al niño con una sola mano zarandeandolo.
-¡Suelta al niño!- sonó una voz junto al soldado.
Sorprendido el guerrero giró su cabeza para contemplar a una mujer blandiendo un cuchillo en posición amenazante.
-¿Quién es este mozalbete y porqué no responde a mis preguntas?- inquirió ahora a la recién llegada sin amedrentarse por la actitud desafiante de la mujer.
-Es mi hijo- contestó llena de orgullo, -no puede responder porque tiene problemas para oír desde que nació-.
A la vez que esto sucedía, entre resoplos, fueron llegando el resto de la tropa. El soldado ya había soltado a Mateo que corrió a refugiarse tras las faldas de su madre.
-¿Qué ha pasado aquí?- sonó una voz potente, firme y segura tras el grupo. Al abrirse paso entre sus hombres el recién llegado encaró a la madre de Mateo. Ambos se quedaron mirando fijamente a los ojos. La mujer mantuvo la mirada pero notó que sus piernas empezaban a flaquear. Ninguno de los presentes entendía qué pasaba pero todos sintieron que algo ocurría. Algunos guerreros echaron mano a sus empuñaduras, otros quedaron desconcertados al ver a su jefe petrificado, ni en los momentos más difíciles y comprometidos de las batallas lo habían visto así.
Fue la mujer la que corrió hacia el hombre, soltando el arma y abriendo sus brazos, el capitán la recibió y se fundieron en besos y caricias.
-¿Qué haces aquí?, ¿Cuándo has llegado?- comenzó a saetear a preguntas a su esposo.
El hombre reía.
-Vengo de parte del Rey a expulsar a los Templarios del castillo de Monzón, iba de camino a casa para veros. Comenzaremos un asedio a los Monjes ya que no se han avenido a razones. Y te prometo que he tratado de convencerlos y no tener que llegar a tomar a la fuerza el Castillo-. Habló a la mujer sin apartar sus ojos de ella y siempre con una sonrisa.
-Ven Mateo- llamó el capitán a su hijo haciendo indicaciones con la mano.
El niño se había quedado de pie, tratando de ordenar sus pensamientos, ese hombre barbudo que había arrojado al monje al vacío era su irreconocible padre.
Mateo tardó en llegar hasta sus progenitores, se movía dando pequeños pasos cual cervatillo temeroso. Su padre se arrodilló, colocó la cara frente a él y le habló despacio para que leyese sus labios.
-Esta mañana desde lo alto de la torre supe que estabas abajo mirándome. Lo que ocurrió fue que me reuní con los monjes para que rindieran la fortaleza y lejos de hacerlo, me quisieron capturar. Pude huir al arrojar a un hombre al vacío. Se que me viste, estabas en los puestos de caza del río que tantas veces hemos ido a revisar. Me alegré de ver que te has convertido en un hombre. Ahora ya estamos de nuevo juntos y creo que tardaré en irme-.
Dicho esto se fundió con su primogénito en un abrazo haciendo que su esposa se uniera a ellos.
Prólogo:
Durante más de seis meses aguantaron los nobles templarios el asedio de las tropas del Rey hasta que finalmente se rindieron siendo encarcelados en vez de ajusticiados.
El padre de Mateo cumplió su promesa, se estableció en la casa y al acabar el asedio se quedó en la granja a cuidar de su familia. Su mujer, volvería a ser madre unos meses después, esta vez de una niña que sacó la belleza de ella y el carácter de él.
Mateo, a pesar de no oír con totalidad, aprendió a observar y actuar. Estuvo con sus padre y hermana hasta fundar su propia familia.
Fin.
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