Rubén era un hombre normal, con una vida normal, con un trabajo normal y con una familia normal.
Su vida era monótona, se levantaba, se aseaba, desayunaba, llevaba a sus hijos al colegio, dejaba a su mujer en el trabajo y él se marchaba al suyo; cruzaba un parque caminando y entraba en el gran edificio de oficinas.
Los Sábados y Domingos rompían esa rutina, y hacían que cada Lunes pareciese distinto al anterior.
Aquella mañana, Rubén se levantó, se aseó, desayunó, dejó a sus hijos en el colegio y a su mujer en el trabajo, aparcó el coche en su aparcamiento privado y se dirigió a pie como de costumbre cruzando el parque hacia su trabajo; pero no entró en el edificio de oficinas.
Siguió andando, rompió el himen de la rutina, y al contrario de lo que pudiera parecerle no le dolió, notó una liberación, cuanto más andaba, menos le pesaban sus pies. Nadie le llamó la atención, ni le dijo nada, ni tan siquiera oyó un reproche...
En el jardín azul había flores diferentes a todas. En el jardín azul habia aromas por nadie nunca sentidas. En el jardín azul habia sonrisas que jamás terminaban. En el jardín azul habia poemas que en su luz se elevaban. En el jardín azul habia un tesoro; estaba el fin del dolor. En el jardín azul estabas tú... estabas tú, y me amabas. (Germán Alexis Gilio)
viernes, 8 de abril de 2011
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Y sigue andando...me gusta ignorar a donde va.
ResponderSuprimir!Salve!
Muchas veces la rutina nos absorve, es bueno hacer algo difrentes.
ResponderSuprimirSaludos,
Postes de madera
Muy buenas, considero que las rutinas y las costumbres nos vuelven monotonos y obviamos el valor de las verdaderas cosas.
ResponderSuprimirSaludos,
Maquinas tauro