Aquel iba a ser su primer beso, a los treinta y cinco años aún no había experimentado tan placentera acción.
Niño tímido, sobreprotegido por una madre viuda y austera; jamás tuvo la opción de conocer a una chica, y menos aún, que esta le enseñase las artes del amor.
Allí estaban los dos solos, sentados bajo un sauce y contemplando la puesta de sol; cruzando sus miradas con manos entrelazadas. Los labios se acercaron y sus bocas se fundieron en un cálido y húmedo beso, que hizo que el joven se perdiera en un estado de embriaguez desconocido.
Al pronto sintió que algo no marchaba bien, apenas notaba su boca, quiso separarse de su amante, pero no pudo. La chica se convirtió en un ser sin rostro que absorbía su cara, no sentía dolor, pero sí como su piel se hacía jirones y como era devorado vivo por su amante. Entonces supo que aquel sería su primer y último beso.
Ya caída la noche, un vagabundo que pasaba por allí, encontró unas botas nuevas junto a un banco, eran de su número; sintió que estaba de suerte, junto a las botas una preciosa gata lo miró con ojos tiernos.
En el jardín azul había flores diferentes a todas. En el jardín azul habia aromas por nadie nunca sentidas. En el jardín azul habia sonrisas que jamás terminaban. En el jardín azul habia poemas que en su luz se elevaban. En el jardín azul habia un tesoro; estaba el fin del dolor. En el jardín azul estabas tú... estabas tú, y me amabas. (Germán Alexis Gilio)
viernes, 28 de octubre de 2011
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