viernes, 18 de noviembre de 2016

Plato único


Tras la barra, un hombre de aspecto sucio mataba moscas con un trapo. Todo olía a frituras; era un milagro que sanidad no le hubiera cerrado ya el establecimiento.
Pérez llegó a la hora acostumbrada, con más de cien kilogramos de peso, retaba cada día a la banqueta de madera para no partirla en mil astillas.
-¡Hola Pedro!, saludo secándose el sudor de la barbilla. -¡El guiso del día!, dijo mientras emitía extraños sonidos debido al esfuerzo que le costaba respirar.
Sin mediar palabra, Pedro le sirvió un plato enorme de carne con tomates.
-¡Que te aproveche!, dijo de mala gana.
En la distancia observó como Pérez daba buena cuenta de su comida, lo hacía con fruición, sin levantar la mirada del plato, llenando los dos carrillos y engullendo casi sin masticar.
De pronto, comenzó a convulsionar. Ya no emitía sonido alguno y su rostro se azulaba por momentos, un golpe de tos y algo sobrevoló la barra hasta caer a los pies de Pedro. Un trozo de carne con un pequeño pendiente adherido.
-Dile a Carmen que el guiso estaba de muerte, se despidió Pérez.
Pedro miró el trozo de carne en el suelo y dijo:
-¡Ya has oído!