Caía la tarde y en el lago se reflejaban los mortecinos rayos de sol, el Verano entraba despidiendo a una desapacible Primavera.
Junto a su espada, se amontonaban ordenadamente el escudo, la loriga, el pilum y el casco de tosco cuero.
Alejado de su Contubernium, disfrutaba de esos últimos rayos de sol primaveral y de la cena, la principal de sus comidas; compuesta por un mendrugo seco de pan que lograba enternecer mojándolo en las gachas de cereales.
Como buen soldado, daba gracias a los dioses por disfrutar de la vida un día más. Contemplaba la Isla Magiore y como las aves volaban hasta sus nidos. La marcha había sido agotadora, se proponía descansar puesto que al día siguiente entrarían en la historia al derrotar a Anibal y sus mercenarios junto al lago Trasimeno.
En el jardín azul había flores diferentes a todas. En el jardín azul habia aromas por nadie nunca sentidas. En el jardín azul habia sonrisas que jamás terminaban. En el jardín azul habia poemas que en su luz se elevaban. En el jardín azul habia un tesoro; estaba el fin del dolor. En el jardín azul estabas tú... estabas tú, y me amabas. (Germán Alexis Gilio)
miércoles, 18 de mayo de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 Internautas opinan:
Publicar un comentario en la entrada