martes, 23 de noviembre de 2010

la caja dorada

El sonido del grillo era lo único que se oía en la habitación, el hombre atado a su cama hacía rato que había dejado de moverse, las últimas pastillas estaban haciendo su efecto. Se adormilaba con el "crí, crí" del grillo retumbando en sus oídos.
- ¿Nunca has oído el canto del grillo?, dijo la inocente niña al chico de ojos negros.
Este, respondió negando con un leve movimiento de su cabeza.
- Toma, dijo la pequeña rubia de ojos celestes y pelo rizado, entregando con mucho misterio una cajita dorada. Aquí llevas un grillo cantarín, esta noche, oirás su dulce melodía.
El joven muchacho alargó su descarnada mano para recoger aquel tesoro del que un ángel le hacía entrega.
Los gritos y el movimiento sobre la cama retumbaban en la acolchada habitación, por un pequeño cristal de la puerta, unos ojos asombrados observaban el increíble comportamiento de aquel hombre. Que aún sedado y atado, se comportaba de esa manera.
Contrastaba aquel niño jifero con aquella incólume niña. Ambos de la mano y encaminándose hacia el final de la calle.
La enfermera que recogía las últimas pertenencias, se quedó maravillada al contemplar aquella caja dorada, sin que nadie la viera, se la introdujo en su bolsillo y mandó al crematorio las pocas pertenencias que aquel difunto había dejado.