jueves, 4 de abril de 2013

La hamaca

Sentada en su hamaca, miraba con angustia por la ventana, su movimiento lento adelante y atrás, hacía de ese cadencioso ritmo un bálsamo en sus vetustos huesos. La lluvia se desparramaba por el cristal en un llanto exterior que ella interiorizaba en su día a día.

La toca en su regazo, calentaba las doloridas piernas; el gato, en un rincón maullaba a la espera de una caricia, comida o salir de aquella casa que perdía su olor fresco que en otro tiempo la ambientara.
Su moño gris, perpetuaba la figura sempiterna de abuela, acrecentada por las gafas oscuras sobre el níveo rostro.
Las manos temblorosas, se aferraban al reposa brazos de madera, de su garganta, salía una nana en un tono tan bajo, que solo ella podía oír.
Un relámpago, un trueno, apretaba la lluvia que golpeaba casi con odio los cristales, en un vano intento de romperlos para acceder al interior.
En la mente varios recuerdos, la abuela que un día dejó vacía la hamaca, mi madre que la ocupó años más tardes, mi hija que me cuida día a día, y la cara angelical de mi nieta, que me mira desde la puerta grabando en su mente lo que será ella el día de mañana.