viernes, 6 de septiembre de 2013

La Archivera

Cada día acudía al archivo histórico respirando profusamente, y tratando de evitar que su corazón desbocado le traicionase. Situado en pleno centro, en el barrio
de Santa Catalina, aquel viejo palacete mantenía con mucha dignidad el paso del tiempo. Cruzaba la reja, subía el par de escalones, saludaba al conserje y procuraba que el frío mármol que le rodeaba, no le acobardase aún más. Con paso inseguro, agarrando con fuerza sus apuntes y enseñando un carnet de estudiante de historia ajado, subía las escaleras hasta el piso superior. Allí, apenas saludaba a los archiveros, se dirigía a una mesa en el último rincón de la sala, y se escondía entre la montaña de libros que ocupaban la mesa. Era su santuario, su escondite perfecto. Desde allí lo observaba todo y nadie reparaba en él. Esperaba con paciencia la aparición de la joven que le tenía prendado. Andaluza de pelo azabache y brillante, recogido sempiterno en un moño alto. Piel canela, fina como la piedra del río. Unas enormes gafas de pasta enmarcaban unos ojos color ámbar, que chisporroteaban incluso en la distancia. Dentadura ebúrnea. De cuerpo menudo, escondido siempre entre grandes camisetas y ajustados pantalones. Imagen que guardaba celosamente para decorar su imaginación en las largas noches de insomnios. Nunca le había dirigido más de dos palabras seguidas, pero siempre le sonreía cuando coincidían en la máquina de café o al cruzarse en los estrechos pasillos de los archivos. Ocasiones, nunca casuales, siempre estudiadas y forzadas por el estudiante.