viernes, 20 de noviembre de 2015

la vida en rosa

La vida en Rosa”

Capítulo I

La mañana aparecía gris, pronto empezaría a llover. Cristian miraba la calle a través del cristal de la ventana del salón, por ella una señora acaba de abrir su paraguas, la lluvia había llegado. Melancólico, imaginaba los posibles tipos de vida que podría tener aquella sencilla mujer. Dependienta, oficinista ,limpiadora...
-¡Buenos días amor!, una humeante taza de café se interponía entre la melancolía y el chaparrón. Cogió la taza suspendida frente a su nariz e instaló la cabeza en el pecho de su amor.
-¡Gracias mi vida!, le dijo mientras sentía el suave tacto de la americana en su piel. Un beso en su frente fue la respuesta a ese gesto de amor, y se sentaron en la mesa a degustar el desayuno.
-Ya tengo los billetes de avión, el Viernes bajamos a Cadiz, ¡Qué ganas de estar tumbado al sol!, dijo Ismael mientras untaba mantequilla en la tostada.
-¡Ufff!, expiró Cristian, no veo el momento de que estemos allí los dos juntos y -¡Solos!.
Ismael le dedicó una sonrisa, a él también le apetecía pasar con su chico unas vacaciones que se presentaban de ensueño, tras un año complicado, donde por culpa del trabajo y por motivos ajenos a la pareja, la relación había sufrido mucho; ya era hora que los agentes externos fuesen beneficiosos en vez de destructivos.
Se despidieron con un fugaz beso en los labios y Cristian quedó atrapado en su casa.
El hogar no era muy grande, se componía de un salón pintado en verde y rosa, junto a un librero atestado de obras de todo tipo, un pequeño sofá cubierto con una manta multicolor hecha en pasword, que se convertía en cama para acoger las visitas; hacía tanto que no venía nadie a verlo, pensó mientras recogía los restos del desayuno. ¿Qué habría pasado con todos aquellos amigos de juventud?. Las paredes todas estaban adornadas con diferentes tipos de cuadros, algunas de cuerpos masculinos desnudos, otras, directamente mostraban atributos varoniles en su estado de máxima erección, y las menos, paisajes bucólicos.
La cocina era pequeña, apenas cocinaban en ella, la alacena estaba rellena de embutidos, quesos y una bodega decente. En la casa solo hacían el desayuno y la cena, ya que ambos almorzaban fuera. Los días que eran festivos, pedían la comida a domicilio.
El resto del hogar lo componía el amplio dormitorio y un cuarto de aseo con bañera, ya que él mismo había solicitado esa única condición el día que decidieron buscar un apartamento para los dos. Disfrutaba de baños de agua caliente hasta que su blanquecina piel adquiría el color rosáceo del salmón.
La mañana la dedicaría a preparar las maletas, no quería dejarse nada en casa que pudiera necesitar en la playa. Aún era Lunes, pero su naturaleza maniática, le obligaba a tenerlo todo controlado con bastante antelación.
Una hora después, Cristian estaba tumbado desnudo sobre la cama, boca arriba, observando el cielo a través del amplio ventanal e imaginándose flotando en el mar. El sonido de la puerta le sobresaltó. ¿Quien sería?.
Se colocó una toalla en la cintura mientras recorría el pasillo dando pequeños saltitos. Se asomó a la mirilla y solo pudo ver un enorme paquete. Abrió un poco la puerta y escuchó la voz de un hombre joven decir:
-¿Don Cristian Mayo?, a la vez que pronunciaban su nombre, la cara de un joven asomaba tras aquel enorme paquete.
-Soy yo, se presentó Cristian, que a pesar de superar los cuarenta mostraba un torso digno de las esculturas de Miguel Ángel, abriendo del todo la puerta y mostrándose como un pavo real.
-¡Este paquete es para usted!, dijo el joven deseando soltar la carga.
-¡Me encantan los paquetes grandes!, soltó el dueño de la casa al joven, con la mal sana intención de provocar.
-¿Puede usted firmar aquí?, dijo azaroso el muchacho, que no veía el momento de escapar de las garras de aquel hombre que no es que se insinuara, sino que lo acosaba.
-¡ Te firmo donde tu quieras, guapo!. Dado el primer mordisco y saboreada la sangre, no iba a dejarla escapar su presa tan fácilmente.
Una vez que el chico tuvo el albarán en su mano, ni se despidió, cogió las escaleras y en un tris se perdió de la vista de Cristian. Este sonrió tras el aprieto en el que acababa de poner al joven. Le encantaba poner de los nervios a los jóvenes.
Colocó el enorme paquete sobre la mesa y se sentó en el sofá a contemplar aquella caja cuadrada envuelta en papel de regalo rojo y adornada con un lazo enorme dorado.
¿Qué sería?, ¿Quién le enviaría aquel regalo?, los nervios se apoderaban de él mientras dilucidaba de qué se trataría.
Aquella manía la tenía, como tantas otras, desde su más tierna infancia. La gente comentaba como algo anormal y sorprendida de como se llevó una semana con un regalo cerrado sobre una mesa, mirándolo sin abrir.
Nadie entendía que él disfrutaba cada instante de aquellos presentes, aún sin abrir. Cristian siempre decía que lo importante no era el regalo en sí, sino quien hacía el regalo, por ello, el gozo que le producía imaginarse a esa persona buscando el regalo, comprándolo y envolviéndolo, le producía un placer tal, que el hecho de abrirlo era romper el cordón umbilical que lo unía con esa persona. ¿Y que madre no disfrutaba de su hijo mientras estaba en su interior...?.
El reloj de la cocina marcó las doce de la mañana. -¡Dios mio!, dijo en voz alta. -¿Tan tarde es?, continuó hablando para sí mismo.
Corrió hacia el dormitorio y comenzó a vestirse, un traje de chaqueta de color burdeos, camisa negra, zapatos a juego y un pañuelo anudado en el cuello de color mostaza. Su daltonismo hacía que combinase los colores de manera muy particular, pero lo que pensarán los demás de su estilismo se la traía al pairo.
Quince minutos más tarde estaba pidiendo un taxi para que lo llevase al taller de su buen amigo y socio, Risco.
Risco era un pintor que pudo haber pisado el olimpo de los artistas, pero prefirió quedarse unos escalones por debajo. Su antropofóbia diagnósticada, le había llevado a tener una vida asceta, con el único nexo de unión al resto del mundo de su amigo de infancia Cristian.
Cristian había leído que ese mal en japón se llamaba Taijin kyofusho