martes, 11 de octubre de 2016

Amores perros

 Deambulaba por aquella ciudad asfaltada, llena de autos y edificios, apenas podía verse el celeste cielo. Vestido impecable de traje hablaba sólo, no elevaba la voz, pero cualquiera que se situase a no menos de un paso, podría oír con toda nitidez lo que decía.
 -Sí, debajo de la cama-. Silencio y mirada perdida sobre los transeúntes que iban y venían.
 Notó la afilada hoja de metal incrustarse en su riñón derecho, la punzada de dolor hizo que emitiera un grito que la marea humana que desfilaba por la amplia acera se movilizó para describir un círculo a su alrededor dejando un hueco lo suficientemente amplio para que aquel hombre se diese cuenta que a pesar de estar rodeado de personas, se sintiese solo.
 Allí tirado en la fría acera gris, notaba como su ropa se empapaba de la caliente sangre que se enfriaba y le producía una extraña sensación sobre la piel. Observó con detenimiento lo que hacía años no había mirado, se tuvo que retrotraer a su más tierna infancia, a cuando su abuelo lo llevaba al parque y le enseñaba el cielo, los árboles,...
 -¡Joder, este traje vale más de mil euros!-, murmuraba mentalmente mientras sabía que la sangre, la orina, la suciedad del suelo se impregnaba sobre las costosas telas.
 -¡Cariño, cariño!...-oía la voz de un ser querido, alguien conocido. ¡Era Cati!, Catalina, su mujer, aquella que se enamoró de forma extraña, y a la que utilizaba como ama de casa y de vez en cuando le echaba un mal polvo que la contentaba.
  -¡Me han apuñalado!-, apenas reconocía su propia voz.
  -¿Duele?-, preguntó con una voz demasiado tranquila. Más que la pregunta, que ya de por sí era extraña, lo que le sorprendió fue el tono con el que efectuó la pregunta.
 -Sí Cati, duele y mucho-.
Silencio al otro lado.
-¡Cati, nadie se para a ayudarme!, ¡Avisa a una ambulancia!-. Su voz sonaba patética, él Gumersindo Fernández ¿suplicando?.
-¿Duele cariño?- Insistió la voz al otro lado de la línea.
-Sí, si duele, ¡Joder!, pide ayuda.- exclamó sobrepasado por las circunstancias.
-Me alegro-, continuó hablando la voz de la mujer, sin sobresaltarse.
-¿Cómo?- Dijo el moribundo.
-Que me alegro que te duela, que sufras como me has hecho sufrir a mí, te revuelques en la mierda suplicando un poco de compasión, que sepas que mi infelicidad, tus traiciones, desprecios, abusos, los estás ahora pagando, y lo que más siento es que si mueres, tu dolor será efímero, mientras que el mío dura años.
-Pi-pi-pi.
-¡Hija de puta!, como puede se arrastra por la acera, el círculo de viandantes se mueve acompasado a su desplazamiento, llega hasta el mismo borde de la acera, tras él puede escuchar un:
-¡Eh taxi!, seguido de un silbido.
-¡Crush !, la rueda del taxi revienta la cabeza del moribundo.
Tras el taxi una ambulancia, sólo pueden certificar la muerte del individuo por aplastamiento de cráneo.