Aquel grifo dejaba escapar una gota, se escurría desde su interior y se suspendía durante segundos, adherida al frió bronce se resistía a abandonar aquel túnel que la había llevado hasta allí. Unos segundos después era empujada por otra gota y caía al vacío adquiriendo una forma ovalada hasta golpear con fuerza el suelo y romperse en mil pequeños átomos de agua que en gran parte se evaporaban antes de volver a tocar el suelo.
Rutinario proceso que en el día a día había horadado la base del grifo, ese incesante golpeo taladraba las bases más duras. Puliendo y ahondando atraviesa los elementos más duros. Solo hace falta perseverancia.
Rutina, rutina que desestabiliza, que agota, que te vuelve loco. Tres minutos bajo la gota, no lo notas... Tres horas, y empiezas a ponerte nervioso... Tres días y comienza a dolerte todo... tres meses y por donde pasan las gotas te quema... Tres años y tu cráneo sufre el desgaste... Tiempo, dale tiempo y constancia para que esa gota rebose el vaso...
En el jardín azul había flores diferentes a todas. En el jardín azul habia aromas por nadie nunca sentidas. En el jardín azul habia sonrisas que jamás terminaban. En el jardín azul habia poemas que en su luz se elevaban. En el jardín azul habia un tesoro; estaba el fin del dolor. En el jardín azul estabas tú... estabas tú, y me amabas. (Germán Alexis Gilio)
lunes, 14 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Creo que no debe haber otra cosa tan molesta como el ruido de una gota que cae sin apuro, pero rítmicamente!...una tortura sutil pero insoportable cuando se prolonga en exceso!
ResponderSuprimirUn abrazo.