viernes, 10 de septiembre de 2010

La vida

- Qué fácil es vivir en este mundo, dijo el acaudalado señor Montgomery. Roberto lo miró de reojo, la conversación transcurría en la mesa de al lado. El señor Montgomery era el típico rico heredero que como mayor problema que había sufrido era el de elegir el color del coche que adquiriría. Departía con una joven señorita, de muy buen ver que asentía encantada a todas las aseveraciones que le hacía su interlocutor.
- Lástima que la vida sea tan corta, insistía a la vez que daba pequeños sorbos a su martini. -Deberíamos vivir como mínimo quinientos años, para así darnos cuenta de lo bien que vivimos y darnos tiempo así, a disfrutar de todos los placeres que este planeta nos brinda.
La ciudad seguía su ritmo ajena a lo que ocurría en aquella terraza situada en lo mejor de la ciudad. Coches de gran valor pasaban por la carretera, dando así credibilidad a las palabras del señor Montgomery.
De pronto, la ciudad quedó en silencio, el mundo detuvo su marcha y relentizó su movimiento, todo ocurría a cámara lenta.
Las mesas volaban a su paso, un chico de casi dos metros corría apartando todo lo que había en su camino en dirección a la mesa de Montgomery, apenas se detuvo a un metro de el acaudalado heredero; se miraron a los ojos, el joven sacó una pistola, apuntó a la cara de Monty que cambió sus facciones de relax al de pánico sin pasar antes por ninguna otra expresión, y disparó.
La bala cortó el aire hasta detenerse en la misma frente de la víctima, que como última acción, la miró.
De pronto todo cobró velocidad, pero una velocidad inusitada. La cabeza reventó, la chica simpática gritó como si de un aria de la Castafiore se tratara. El chico se tiró al suelo llorando. La policía lo detuvo. Las ambulancias llegaron y certificaron la muerte de Montgomery.
Tenía razón Montgomery en algo, que corta es la vida, aunque a veces, es preferible que sea corta a que sea cruel.