viernes, 15 de octubre de 2010

La mina

Sentada en aquella enorme sala, no se había apartado del televisor contemplando la desgracia de aquellos 33 hombres en Chile. El resultado se hizo esperar, cuando por fin, al cabo de algunos meses vio salir al primero de los hombres, por sus secos ojos comenzaron a deslizarse unas lágrimas que hacían más de seis años que no brotaban; lágrimas de dolor, alegría, amargura y pena, mucha pena.
De su boca solo se pudo oír una pregunta ¿Por qué?.
Aquella mañana, José su marido decidió llevarse a Miguelito, su único hijo de nueve años a la mina. La necesidad apretaba, y el cabeza de familia estaba probando suerte en un nuevo túnel. Creía haber encontrado un filón, pero para ello, debía atravesar una angosta brecha en la roca.
Sus vanos intentos por atravesar aquella ranura, y la certeza de que allí había oro, le aventuraron a llevarse a su menudo hijo de 9 años a que atravesara la pared y le proporcionara el tan deseado metal.
De nada valieron las súplicas de su mujer, que ya había perdido a su padre y hermanos en tan temida mina, y presagiaba lo peor. Ya que albergaba la creencia de que una maldición de la madre tierra se cernía sobre su familia.
De madrugada el padre levantó a su hijo y se encaminaron al interior de la oscura boca que se abría en la montaña. caminaron horas hasta llegar a la brecha. Cada ciertos pasos, el padre miraba nervioso hacia atrás en busca de imaginarios ladrones que querían usurparle el tan amado filón.
Miguelito se deslizó con facilidad entre la abertura, el padre esperaba ansioso, los segundos se hicieron minutos, el sudor de los nervios pasó a convertirse en pánico, ¿Que había hecho?, si su hijo sufría un accidente ahí dentro no podría salvarlo, el pánico se apoderó de aquel hombre que llamó a gritos a su hijo.
De pronto, y de la oscuridad, salió una manita con una piedra que la tapaban en su totalidad, dorada como el sol iluminó la estrecha ranura, y del pánico, el padre pasó a la euforia rompiendo en enormes carcajadas. Su hijo apareció detrás de la piedra con una sonrisa plena por haber hecho tan feliz a su progenitor.
La noticia corrió como la pólvora, la vecina de Ana llegó corriendo y la avisó con premura, "corre Ana, corre a la mina que algo grave ha pasado".
Ana demudó la cara, sintió como las piernas se le doblaban y se agarró al quicio de la puerta. Miró al cielo y sacó fuerzas de donde no las tenía para volar hasta la mina.
Al llegar un remolino de vecinos se apiñaban sobre la entrada a la mina, Ana gritó el nombre de Miguelito y de José, el silencio se hizo entre los presentes que la dejaron ir pasando hasta llegar a la misma entrada.
- ¿Donde están?...dijo con un hilo de voz y una cara de pánico que sobrecogió a los presentes.
- Dentro, dijo Marcial. Están atrapados y no sabemos si están o no vivos.
Ana corrió al interior y fue detenida por los hombres que allí se agolpaban, nada podemos hacer, le decían, es imposible entrar. Ana gritaba y lloraba, quería ir con su familia.
Durante dos meses fue a diario a la puerta de la mina al salir el sol y volvía a casa a su puesta, esperaba un milagro, que la madre tierra se los devolviera, pero no fue así.
Las monjas de la misericordia la alojaron en un asilo, allí permanecía siempre en silencio, mirando la televisión, como un vegetal, las únicas palabras que la oyeron decir alguna vez fue...¿Por qué?.