lunes, 15 de septiembre de 2014

Angustia

Sus ojos miraban con inusitado interés mi boca, me sentía completamente a su merced. Cuando nuestras miradas se cruzaban, notaba un escalofrío que recorría todo mi cuerpo. Inclinada sobre mi, sus pechos casi rozaban los míos. A cada segundo que pasaba mis labios se iban secando, hacía rato que había dejado de tragar. Una sonrisa se dibujó en su rostro y me dijo con voz profesional: “puede enjuagarse usted la boca”.