viernes, 5 de septiembre de 2014

Asesinatos


La mañana transcurría como todas las de aquel verano. Ya habían pasado casi cuatro horas desde el amanecer y el sol entraba a raudales por entre las rendijas de la persiana que antaño había imitado la madera.
Con el cuerpo sudoroso, atravesó la estancia salteando los montones de ropa, acumulados durante semanas, y sin que nadie se encargara de llevarlos a su natural procesado, cubo de ropa sucia, lavadora, tendido, recogida, planchado y guardado.
Desnuda como estaba entró en la ducha y dejó que el agua helada recorriera su cuerpo, produciendo un escalofrío por toda ella, que si no fuera por su estado etílico, nadie aguantaría. Sus pezones endurecieron y su cabeza comenzó a dibujar a duras penas la noche anterior. El agua limpiaba las zonas más borrosas de su mente, y comenzó a encajar las piezas desordenadas.
Un golpe seco rompió todos sus pensamientos, un reguero de sangre comenzó a inundar toda la bañera, el cuerpo desplomado perdía la vida sin llegar a entender el porqué de aquella situación.
  • Maldita sea, gruñó desde la cama. Joder, joder, joder. Vociferaba a la vez que colgaba el teléfono con una ira inusitada.
  • Maldita gota, volvió a maldecir, esta vez con cara de dolor aguantando estoicamente un brote de dolor.
-Cariño, dijo una voz dulce a su espalda, no te sofoques, el médico te aconsejó descanso.
  • ¿Pero sabes lo que acaba de pasar?, seguía gritando, y sin tiempo a que su mujer pudiera responder, siguió chillando. ¡Han asesinado a una chica!.
Ante la cara de incredulidad de su mujer, este siguió con el mismo tono de voz -¡Que tendré que llevar el caso desde casa sin poder tener agilidad de movimiento!.

Una risotada silenció la habitación. -Perdona cariño, dijo casi sin aguantar la risa, ¡pero si hace cinco años que estás jubilado!.