jueves, 11 de septiembre de 2014

Relato Concurso Nómadas de RNE

4 de Septiembre de 2,014

 Aún no ha amanecido. El guía de la expedición da órdenes concretas y directas a los porteadores; los turistas estamos apiñados esperando ansiosos, y con el nervio propio de ir a lo desconocido, que nos sirvan el desayuno: Un café amargo y un trozo de pan.

 Primera parada; llevamos tres horas andando entre la selva. Dos turistas se han quedado rezagados y nada sabemos de ellos. Un alemán se ha erigido como portavoz del grupo y anda hablando con el guía exigiendo explicaciones. Los pies me arden y los mosquitos están haciendo estragos con nuestros cuerpos.

 Las doce de la mañana, segunda parada, la aprovechamos para almorzar; llevamos siete horas caminando. Ya nadie dice nada, ya nadie protesta; las miradas están perdidas, ninguno esperábamos tanta dureza. Oigo el sonido de unas cataratas; la naturaleza es bella, aún agotado, puedo disfrutar de aromas y paisajes novedosos para mis sentidos.

 La jornada ha sido extenuante. Apenas puedo ver, y mucho menos escribir con el traqueteo del helicóptero, pero no quiero dejar pasar el día sin poner todo lo ocurrido en mi diario. Estoy deseando darme una ducha y caer rendido en mi cama pensando que todo fue un mal sueño.

 Tras una escasa comida, nos pusimos en marcha por un angosto sendero. Con el ánimos por los suelos, escuché a alguien sollozar. En esos duros momentos, mente y cuerpo van por separado. ¡Estamos tan cansados...!  El ritmo no decrece en ningún momento. Ascendemos hasta lo más alto. A nuestra izquierda queda una de las imágenes que a todos, pese a las vicisitudes vividas, nos dejó maravillados.

 Un río se abría paso majestuoso a través de una apelmazada vegetación, su anchura era inmensa. Una densa masa de agua se deslizaba pausadamente hasta caer por una pendiente vertical de unos cien metros, el estruendo que la catarata provocaba, era ensordecedor incluso allá arriba.

 El ruido y las impresionantes vistas nos impidieron captar lo que a la postre sería el final de aquella aventura.

En todo el día apenas habíamos visto los rayos del sol, pero ahora caminábamos por una meseta donde solo había arbustos y el astro rey nos golpeaba inclemente. Los hombres que nos llevaban, cogían las hojas de unas plantas y las masticaban incansablemente. Me di cuenta que aquello era coca, cogí algunas y se lo di a comer a una joven a la vez que me introducía algunas en la boca. El cansancio y desánimo desaparecieron al momento.

 Con gestos, nos indicaron que debíamos seguir; sequé las lágrimas de la chica a la que ayudaba, y me pude fijar en los bellos ojos verdes que miraban asustados de uno a otro lado. Sus níveos dientes tiritaban más del miedo y cansancio que de frío. La abracé y continuamos la marcha.

 Fue en ese momento cuando aparecieron docenas de soldados uniformados que dispararon hacia nosotros sin conmiseración. Los hombres que nos habían raptado, fueron cayendo uno a uno hasta que cesaron las ráfagas.