sábado, 27 de septiembre de 2014

Adiós...?

 Tras su viaje, regresó cargado de dolores. Ningún médico determinaba la causa de esas dolencias, pero se sentía como si le hubiesen pasado por encima, no un tropel de caballos, sino de elefantes, aunque había días que eran rinocerontes...era esos días, cuando aprovechaba para comunicarse con el exterior.
 A las pocas semanas, comenzó a notar como el dolor remitía en su cuerpo para ir alojándose en su cabeza. Un dolor insoportable, día y noche le iba taladrando su cerebro. Sufría lo indecible para abrir los ojos.
 Le apetecía desenroscarse la cabeza e ir a correr, nadar, que su cuerpo disfrutase del astro rey, se quemase con los rayos ultravioletas, se curase las llagas internas y externas empapándose de la lluvia ácida.
 Un ukelele comenzó a sonar en la habitación de al lado. Mitigaba el dolor, dejó que su cuerpo permaneciera tumbado y se elevó, no llevaba nada consigo, etéreo como el viento disfrutaba del momento....se sentía feliz.
Alguien había dejado la ventana abierta, para que el frescor aliviase el malestar y limpiase el ambiente cargado. Recordó como se abría la puerta de la casa, un grito ahogado, una mano extendida y la corriente lo sacó de la habitación para perderse en el exterior.
 A veces, cuando un soplo de aire me da en el rostro siento como si él llegase y me abrazara, le explicaba tumbada en el diván a la psiquiatra.