martes, 7 de abril de 2009

Adiós

Todos no sentimos especiales en algún momento de nuestra vida, únicos, diferentes, mágicos, tocados por la divinidad. Esta historia que paso a narraros es cierta, yo la viví en primera persona.
Desde hace muchos años, mantengo una relación especial con quien yo llamo mi Dios. Nadie ha oído hablar de él, quizás mi mujer, que en alguna confesión de alcoba le he contado lo que ahora hago público.
Creo que fue sobre los catorce años, con la adolescencia cuando tuve conciencia de que somos energía. Desde entonces, mi relación con la materia cambió, ahora veo todo de otra manera, solo veo energía, con lo cual, nada se crea ni se destruye, sino que se transforma.
Recuerdo mi primera intervención con la energía, el primer favor, la primera vez que negocié con ella. Mi abuelo estaba a punto de fallecer, pedí a mi Dios una prorroga de un año, y me la concedió. Para ello, ofrecí mi energía vital para que mi abuelo disfrutase un año más entre nosotros. Tras el período pactado y cuando aún no tenía conciencia de mi relación con ella, el día de más energía vital que existía en la casa de mis abuelos, este falleció.
Cuando digo el día de más energía vital, es porque varios miembros de mi familia compartimos el mismo nombre, al nacer, yo lo recibí con la numeración de tercero que era el que me correspondía. Anualmente nos reuníamos en casa del patriarca a celebrarlo.
Ese año también nos reunió por última vez rompiendo un nexo de unión familiar.
Este Año, la mujer de mi abuelo falleció también en la misma casa donde habían vivido. Su muerte fue muy difícil.
Mi abuela Pepa fue siempre una mujer muy buena, casada con mi abuelo que había enviudado dejando a mi padre y mi tío huérfanos, cuidó de ellos y sus tres hijos naturales con bondad y mucho, mucho cariño. Rebosaba amor por los cuatro costados y mantuvo unida a la familia hasta más allá del día de su muerte.
Estaba yo preparando una escapada a la playa para recargar mis energías, sentarme ante el mar y dialogar conmigo mismo y mi Dios. La abuela empeoraba día a día pero su fortaleza no nos hacía pensar en un desenlace inmediato. Recuerdo, que cuando salí de trabajar me acerqué a su casa y allí me quedé con ella y me despedí por primera vez.
A las 8 de la tarde recibí una llamada, era mi madre anunciándome que habían avisado al cura para darle la extremaunción, me acerqué a la casa de la abuela y allí me quedé junto a la familia esperando la llegada del encargado de llevar a cabo el último de los santos sacramentos.
La agonía era exasperante, sus quejidos, su boca abierta y respirando con dificultad, la cara de mi hermana, enfermera de profesión que había estado junto a su abuela desde el primer momento, reflejaba una mezcla de resignación, pena, dolor e impotencia. Inmediatamente se produjo la llegada de nietos, amigos de la familia, hijos, nueras, hermanos, cuñadas, sobrinos de la abuela que desfilaban apesadumbrados por su habitación para dar el adiós, fijos junto a la abuela, estaban en un sillón mi madre con un dedo del pie recién operado, no se despegó de su madre adoptiva, (aunque era su suegra oficialmente), en ningún momento. La sempiterna sombra de mi hermana que asaltaba a la abuela cada instante para acomodarla y facilitarle en lo humanamente posible su agonía… mi tía, la más pequeña de los cinco hermanos y única hija constantemente agarrada a la mano de mi abuela, uniéndola al mundo de los vivos sin romper el vínculo que décadas atrás creara su madre con ella en su vientre. Una sobrina de mi abuela con una vida muy trágica y yo.
Las horas pasaban lentamente, el cadencioso quejido era constante, la casa se fue quedando vacía permaneciendo en ella algunos de sus hijos y los fijos de la habitación. Poco a poco, todos se fueron acomodando por las habitaciones y sofás repartidos en la casa. Cerca de las cuatro de la mañana, todos estaban descansando, solo quedaba yo despierto y me situé junto a mi abuela para darle mi mano y que supiera que ya podía irse tranquila sin miedo a nada.
Me senté a su lado, a mi alrededor todo era silencio y paz, solo roto por el quejido de la abuela, recuerdo coger su mano bajo las sabanas, notar la calidez y suavidad de esta y sorprenderme por el calor que desprendía. Mi energía pasó a su cuerpo y la abuela abrió los ojos, dejó de emitir quejidos y terminó su viaje. Recuerdo, que me sacó de mi abstracción el grito de la sobrina llamando a su tata, y a mi hermana incorporándose como un resorte y cerrándole los ojos a la abuela Pepa.