jueves, 23 de abril de 2009

Eros - Blog-Bus / Sábados de Mercedes


Sonya en Florencia.

Perdida en la ciudad de los Medicis, paseaba aquella joven de piel de ébano, ojos azabache y nariz de princesa inca que le daba un aspecto entre salvaje y noble; carnosos labios que protegían una albugínea dentadura, veinteañera que no pasaba desapercibida entre tanto turista y afamados casanovas italianos. Ella, con su inocencia fingida se dejaba querer y admirar; a su vez, practicaba el vouyerismo y se deleitaba contemplando los robustos cuerpos de aquellos jóvenes florentinos que se pavoneaban por la ciudad con la recién estrenada primavera.
En esa época del año, el clima en la Toscana es muy variable, y aquel medio día tras su visita al Palacio Puci vio con animo decaído como las calles estaban vacías debido a un inoportuno chaparrón. Se armó de paciencia y resignación y corrió huyendo de lo inevitable por la Via Ricasoli donde acabó refugiando se en la galería de la Academia de Florencia.
Sacudiéndose el agua que se impregnaba a sus ropas, deambuló por los pasillos sin fijarse bien en los elementos de su interior, cuando alzó su vista, su cuerpo se estremeció. Nunca había visto belleza igual, un joven con mirada pétrea la observaba, Sonya se ruborizó momentaneamente al ver la desnudez de aquel cuerpo, sus rizados cabellos, su cuello firme..., empezó a notar como la sangre se le activaba por segundos, un escalofrío le recorrió todo su cuerpo, su vista que devoraba con avidez aquella aparición, se detuvo en el perfecto torso; notaba su respiración acelerada contrastando con la tranquilidad aparente que denotaba aquel joven, un calor sofocante se fue apoderando de la muchacha, empezó por las mejillas, bajó hasta sus pechos que manifestaron una excitación sin igual evidenciando unos pezones duros que afloraron sobre la húmeda camisa de algodón, poco a poco, notaba como si unas manos expertas que conocieran cada poro de su piel, atravesara su cuerpo dejando un reguero de pequeñas gotas de sudor que se evaporaban y le daban mayor sensación de sofoco, bajó por su vientre y sobre el monte de Venus se concentró aquel volcán hasta instalarse dentro de ella.
A duras penas rodeó aquella maravilla y quedó extasiada al contemplar la perfección que recorría aquella espalda que se fundía con un mórbido culo. No pudo aguantar más y toda la humedad del exterior se concentró en una sola parte de su cuerpo, cerró los muslos intentando detener lo inevitable, pero no pudo reprimir aquel primer orgasmo que lo recordaría toda su vida.
A su vuelta de aquel viaje a Florencia, Sonya decoró su habitación con fotos del David, y aquellas noches que sus amantes no daban la talla, solo tenía que viajar con su imaginación a la ciudad cuna del Renacimiento para volver a abrir el grifo del placer una y otra y otra vez hasta una infinita felicidad.