miércoles, 7 de octubre de 2009

La patatera

Toda la mañana había estado temiendo que llegara la hora de la comida, el reloj, colgado en la pared del fondo iba avanzando inexorable segundo a segundo. Cada vez que levantaba la mirada del escritorio, se topaba con las manecillas que, en su lento avance, no daban tregua y acrecentaba su nerviosismo.

Las dos, toda la oficina recogía en silencio sus papeles e iban enfilando el pasillo hasta el ascensor, allí, una figura se movía impaciente, agarrada a un montón de papeles daba saltitos y sonreía tratando de descubrirme entre la maraña de gentes.

Era Eva, mi mejor amiga, de apenas un metro cincuenta, usaba tacones que la elevaban a no menos de metro sesenta del suelo. Minifalda azul, camisa celeste, que en su abotonadura superior, luchaba por no romperse en mil pedazos dejando que, aquella talla noventaycinco de pecho pendiese libremente entre las solapas de su chaqueta, conjuntada del mismo azul a la falda.

Su pelo rizado en mil volutas estaba recogido en un moño alto ,obsesión que tenía con la estatura, y brillaba en un pelirrojo natural que era la envidia de muchas peliteñidas del edificio.

Allí, mi amiga la pecosa me hacía señas, botaba de alegría y sonreía enseñando aquellos pequeñitos dientes, poniendo esa cara de pícara que a muchos hombres les hacía temblar las rodillas. A mí me temblaba ya todo el cuerpo.