martes, 24 de noviembre de 2009

La Polaca

La Polaca era una catalana que llegó a Cadiz en un barco gallego. Venía enrolada como cocinera y ganaba unas pesetillas extras manteniendo contenta a la marinería; pero se mareó tanto en alta mar, que en el primer puerto que arribaron asentó sus posaderas y ya nunca más volvió a embarcar.
La Polaca es una prostituta de la barriada, llegó siendo yo un niño y entre sus pechos aprendí el sentido de la vida. La polaca no era ni guapa ni fea, sus dos poderosas razones las tenía siempre por delante, y ante dos razones tan convincentes, no había varón que se resistiera. Así, sucumbieron a su talante, el farmaceutico, el capitán de la guardia civil , el Alcalde y hasta algún gobernador, aunque ella nunca me confirmó este último caso, ni los otros, que ella era muy discreta en lo referente a su profesión, pero esta ciudad es muy pequeña y a ciertas horas por ciertas calles o escaleras se va o se viene a lo mismo.
A mí me caía especialmente bien la polaca, teniendo yo veinte años y ella pasando los cuarenta, me acogía entre sus senos como criatura desvalida, yo creo que ella me adoptaba y me profesaba muchos cuidados, a veces, no solo no pagaba, sino que me daba dinero y siempre muy buenos consejos.
Actualmente me acuerdo mucho de ella, se llevo seis años en el asilo de ancianos, hace ya dos que desapareció, ahora no encuentro pechos donde refugiarme, las putas ya no se llaman putas, se llaman Lumis. Para quedar con una miras por Internet, ves sus servicios y tarifas, mandas un correo electrónico, quedas con ella y el servicio es despasteurizado, frio, sin esas charlas filosóficas, sin esa confianza de la costumbre.