lunes, 30 de noviembre de 2009

La Helada

Aquella tarde se había demorado en el bosque buscando el rastro de aquellos perros asesinos que estaban a punto de acabar con todas sus cabras. La noche se cernía sobre él y en esas condiciones jamás lograría salir de allí. Se preparó para pasar la noche.
A pesar de ir bien pertrechado, el cabrero sabía que las temperaturas bajarían cinco o seis grados por debajo de cero, ya notaba como el viento frío le acuchillaba los ojos y pómulos que no cubría la bufanda.
Se acercó a un enorme nogal, comió algunas nueces y cortó ramas de lentisco, se hizo una improvisada caseta bajo el árbol.
El Olor del lentisco cortado ahuyentaría a las bestias, aún así, cargó su escopeta y se dispuso a pasar la noche de la mejor manera posible.
A las seis de la tarde la oscuridad era absoluta, el bosque empezaba a despertar y pronto el silencio dejó paso al ulular de las rapaces nocturnas.
A media noche se despertó de su duermevelas y notó como el viento intentaba acceder a su refugio, el Nogal aguantaba estoico las embestidas del dios Eolo, pero su refugio improvisado dejaba calar lanzazos de viento helado que rebotaban en la gruesa manta de lana que portaba el cabrero.
Dos horas después y con todos los músculos del cuerpo entumecido por el frío y la postura, sintió como las bestias merodeaban en el exterior de su tenderete. Agudizó el oído y abrió más los ojos, aunque estos últimos no le aportaban ninguna información, ya que los escasos rayos de la luna apenas se filtraban en el exterior.
Con sus espaldas protegida por el gran tronco, oía los latidos de su corazón e intentaba que estos se acallasen y que no le delatasen, ya que en esas condiciones poco podría hacer por su vida. Allí afuera no había menos de cincuenta animales dispuestos a devorarle.