jueves, 5 de noviembre de 2009

La Fotógrafa

Silvia había cumplido ya los cincuenta, delgada, de tez morena y vestida siempre con aire informal, lucía un largo cabello negro veteado con mil canas plateadas que delataban su madurez. Independiente, no había sido capaz de mantener a nadie a su lado por largos periodos de tiempo, a excepción de su Nikon SLR, fiel compañera desde hacía más de 30 años.
Sentada en su butaca preferida, respaldada por miles de revistas y libros de fotografía que componían en casi exclusividad su biblioteca, repasaba un manual de fotos comprado en un mercadillo en una ciudad polaca perdida de cuyo nombre ni se acordaba.
Testigo de aquella escena, todos los diplomas, premios y agradecimientos que decoraban el resto de la habitación. Silvia había sido premiada en todo el planeta, ya que poseía la cualidad de fotografiar aquello que el ojo a simple vista era incapaz de captar. Esa capacidad era única y le había servido para ser la número uno en el mundo durante décadas.
De pronto se dio cuenta que llevaba largo rato contemplando una foto, era de una chica semi desnuda apoyada en una puerta toda raída, la imagen era de una belleza sin igual. Leyó el nombre de la autora y se quedó petrificada. Silvia G. 1980.
Esa foto era suya, era un autorretrato hecho al comienzo de su carrera, esbozó una sonrisa, repasó mentalmente toda una vida dedicada a su pasión y recordó cada momento, cada foto, cada olor y cada tacto...
Tres días más tarde todos los periódicos del mundo se hacían eco de la noticia de la defunción de Silvia G., de la extraña circunstancia de su muerte y de la sonrisa pétrea que mostraba su rostro sentada en aquella vieja hamaca.