martes, 11 de mayo de 2010

Solo fuman las mujeres feas

Aristóteles afirmaba que la adolescencia era la etapa de la vida donde se aprende a tomar decisiones. La industria del cine, imagino que auspiciada por las tabacaleras, promovió a "chicos" duros siempre con un cigarrillo entre los labios y a mujeres "fatales" apagando con tacones imposibles colillas impregnadas en carmín. Esto hizo que muchos adolescentes, por no decir todos, acudieran en tropel a encender el mítico cigarro que los desprendía de la niñez para hacerlos hombres.
Con el tiempo, fuimos descubriendo que aquello no era el puente que nos depositaba en la madurez; los estados fueron informando a los ciudadanos de lo nocivo del tabaco y restringiendo sus lugares de consumo. El tabaco dejó de convertir en ser especial al consumidor, a marcar a su usuario en poco menos que apestado.
Cuando en la intimidad de una conversación, a la cálida luz de la chimenea el vino emana los efluvios adquiridos en su barrica de roble, entremezclandose con el dulce olor a jabón de la chica salpicado con esas gotas de perfume que al contacto con su piel adquiere el sorprendente aroma de la pasión, oigo un;
-¿Quieres uno?, y saca ese paquete que precisamente no es mio y deposita una de esas balas sobre sus preciosos labios rojos.
-No fumo, gracias. Y contemplo con lágrimas en los ojos como esa hermosa chica juega a la ruleta rusa con pitillos.
Quince años después, el destino hizo que nos cruzáramos en el camino.
¡Hola!, que bien te veo me dijo. No sé si lo hizo por se amable o ciertamente me veía bien, lo que sí era cierto es que yo no le pude mentir y me quedé callado.
Continuaba con un cigarrillo en su boca, aquellos dulces labios habían perdido el color rojo y se enmascaraban tras una gruesa capa de pintalabios que resquebrajada en las mil arrugas que adoptaba al succionar el cigarro, desaparecía justo en el centro donde quedaban impregnados los filtros que apagaba uno tras otro compulsivamente consumidos en unas colillas sangrantes y apestosas. Sus dedos teñidos de alquitrán amarillo gesticulaban con el cigarro mientras me contaba lo estupenda que se sentía. De vez en cuando una tos que salía del fondo de su pecho intentando abrirse paso entre los atascados bronquios, la interrumpía y ella se excusaba diciendo que estaba un poco resfriada. El olor que desprendía toda ella era el de un cenicero sucio. Aún recordaba el olor fresco de su boca y el de su piel.
Esa noche, al acostarme solo en mis limpias sábanas, no pude más que pensar en el ¿por qué?.