martes, 8 de septiembre de 2009

Tobías Tabaco

Aquella era una mañana más de Abril de aquellos cuarenta y tantos años que llevaba Tobías viendo a diario.
La rutina era lo que le mantenía vivo; abría sus ojos antes de que el sol saliese, extendía la mano y se enganchaba al primer cigarro del día... estaría mal decir que era el primer cigarro del día, ya que hasta que no apagaba la luz a las doce de la noche de su boca no se apartaba una colilla. ¡Era el autentico cenicero andante!...
Tobías tenía su piel seca y cetrina, tan gris como el humo que despedía, sus dientes, los poco que quedaban eran amarillos como el queso correoso, con una delgadez extrema y una constante tos que le acompañaban desde que despertaba, Tobías era un despojo humano.
Os podría contar las miles de cosas que le sucedieron a Tobías Tabaco, tan fantásticas como irreales, lo cierto es que nadie pudo jamás convivir con él, estaba solo en el mundo acompañado de su encendedor que guardaba en su bolsillo derecho y que acariciaba a menudo añorando otro tipo de calor.
Su final no fue el de fundirse con un cigarrillo y acabar con sus cenizas esparcidas en una calle gris, su final fue agónico, se le veía pasar con una mascarilla de oxigeno por los pasillos del hospital, arrastrándose hasta los huecos de la escalera para allí a hurtadillas encender algún cigarro y fumárselo ahogandose entre calada y calada.