miércoles, 2 de diciembre de 2009

La Helada II (Final)

El pánico se apoderó de su interior cuando sintió como uno de esos perros-lobos comenzó a olisquear entre los lentiscos; su corazón se precipitó y notaba como se ahogaba en su propio miedo. El animal respiraba profundamente, notaba como el aliento cálido del cánido inundaba su resguardo produciéndole un calor extraño en aquella noche tan fría. De pronto, notó como entre la hojarasca miles de cálidas gotas empapaban sus ropas hasta dejarlas chorreantes.
En principio, aquella orina le reconfortó, cinco minutos después, el líquido congelado le hacía un daño irresistible en el costado. Si salía de esta moriría de un constipado, este pensamiento lo relajó y le hizo incluso esbozar una sonrisa, que se rompió en mil pedazos cuando el hocico amenazante acompañado de un gruñido de uno de esos bichos se instaló frente a su cara, uno de esos animales estaba plantado frente a él, enseñando sus dientes y en posición de ataque, los primeros rayos de sol mañanero lo habían delatado y ese cánido estaba dispuesto a saciar su apetito.
Un estruendo rompió la quietud que se había apoderado de aquel amanecer; un cuerpo sin cabeza comenzó a girar sobre la hierba blanca por el rocío helado. Una sangre roja y humeante le salía disparada a borbotones por aquel cuello sin testa, en segundos, el cuerpo peludo y descabezado cayó en redondo sobre el rocío dejando una estampa de lo más gore.
El cabrero intentó incorporarse, pero sus entumecidos miembros no le respondieron. El transcurso de los acontecimiento los vivió a cámara lenta. Su escopeta humeante, los pies que resbalaban sobre la hierba lo empujaban contra el nogal una y otra vez sin fuerza para incorporarle; tres perros que comenzaron a devorar el cuerpo aún caliente de su compañero y los ojos, aquellos ojos grises del Lobo blanco que lo examinaba desde el exterior del chamizo.
Tres disparos distrajeron la atención del jefe de la manada que vio como otros tantos compañeros salían despedido por los impactos, la huida se produjo de inmediato, no sin antes volver a cruzar su mirada con la del cabrero.
Aquellos cazadores le habían salvado de una muerte segura.