miércoles, 16 de noviembre de 2011

Eternidad

El tibio sol otoñal calentaba los huesos de aquella pareja de ancianos. Paseaban por la orilla de la solitaria playa; allá al fondo el faro, reflejando en su cúpula de cristal los débiles rayos del astro. Las gaviotas volaban rasantes sobre las olas. La brisa marina refrescaba los arrugados rostros vetustos. Sus lentos pasos se marcaban temporalmente en la arena.
Curiosamente, la vuelta se hacía menos pesada de lo acostumbrado, aún seguían cogidos de las manos, pero notaban a cada paso que daban, como la consistencia de sus miembros era mayor. Las arrugas de los rostros se deshacían cuanto más se acercaban a su casa; el pelo recuperaba sus colores ya olvidados, la respiración se hacía más ágil y los pasos más firmes.
Cuando llegaron a la puerta de su casa, se miraron, sonrieron, volvieron la vista hacia lo andado y supieron que disponían de otros treinta años para seguir disfrutando el uno del otro y ambos de todo su alrededor.