En Minulandia, los paraguas vivían en la calle, apoyados contra paredes, colgando de ramas de árboles o dejados caer en farolas o bancos...Así cuando llovía, los habitantes de este diminuto país, solo tenían que alargar la mano y abrir uno de esos paraguas para protegerse de la lluvia. Cuando escampaba o llegaban a un destino, solo tenían que volver a dejarlos apoyados en la pared.
Un día, pregunté por esta curiosa costumbre, y uno de sus habitantes me dijo que ellos no eran nadie para tener hacinados y prisioneros a los paraguas en paragüeros...
En el jardín azul había flores diferentes a todas. En el jardín azul habia aromas por nadie nunca sentidas. En el jardín azul habia sonrisas que jamás terminaban. En el jardín azul habia poemas que en su luz se elevaban. En el jardín azul habia un tesoro; estaba el fin del dolor. En el jardín azul estabas tú... estabas tú, y me amabas. (Germán Alexis Gilio)
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