martes, 22 de diciembre de 2009

La loteria

Dedicado a Soledad. Mi amante y compañera.




Como cada 22 de Diciembre, Tomás se sentaba en la mesita de estufa frente al televisor, allí bolígrafo en mano y gafas de cerca ajustada, disponía el ritual.
Antes, a las ocho y media ya desayunaba junto a Elena, su amor. cincuenta años juntos no habían mermado su relación.
A las nueve en punto a la vez que los niños de San Ildefonso se preparaban para cantar las bolas, Tomás disponía todos los números en la mesa de estufa. Con los años y la poca paga de jubilación ya solo compraba participaciones a décimos y un sólo boleto que mimaba durante todo el mes y en el que depositaba todas las ilusiones. Tapado con el paño de la mesa, ataviado con su bata y la estufa puesta escuchaba como caían las bolas, los niños cantaban y los comentaristas decían cosas cada vez más extrañas; ahora algo de Internet y comentarios que allí la gente dejaban.
De vez en cuando, Elena pasaba a su lado y sin hablar, con una sola mirada escrutaba a su marido. Este, le devolvía la mirada vacía en premios pero cargada de amor.
A la una de la tarde todo había acabado. Tomás recogía todo desilusionado y apesadumbrado. Elena se le acercó a sabiendas de que otro año más la suerte no les había sonreído y acariciándole el pelo le susurró al oído;
- Seguimos siendo pobres como ratas, y aún así me siento feliz y "rica" porque no tengo en mi "saldo" números rojos de amor.
Le besó la mejilla y se fue a la cocina a terminar sus faenas.