jueves, 3 de diciembre de 2009

La sonrisa

Estábamos todos alineados esperando a los nuevos que bajarían de un momento a otro de los vagones. Aún no había amanecido y el frío era tremendo.
Un silbido de la máquina puso a los soldados en movimiento, los perros comenzaron a ladrar y las puertas de los vagones se abrieron.
Cientos de caras asustadas contemplaron el panorama que tenían ante sus ojos, no teníamos espejo, pero sus rostros nos revelaban que la imagen que dábamos era cuanto menos, dantesca.
El Sargento comenzó a dar órdenes y los soldados comenzaron a evacuar con gritos y golpes a los pobres judíos que como animales asustados obedecían sin rechistar.
El proceso el de todas las mañanas, hombres a un lado, mujeres y niños a otro.
Esta mañana ocurrió algo inesperado, dos capitanes llegaron al campo de concentración con evidentes síntomas de embriaguez; reían y vociferaban. Nadie le prestaba atención. Los soldados seguían vaciando los vagones, los perros ladraban y mantenían a los grupos separados y nosotros esperábamos en formación.
En aquel desorden organizado, uno de los capitanes ordenó que sacaran de la fila a veinte hombres todos de la misma estatura. Tres soldados comenzaron la purga y los pusieron en dos filas, una frente a la otra y mirándose los hombres a los ojos.
Recuerdo ver a un joven de unos dieciséis años, sonreía con el miedo en sus labios al hombre que tenía en frente.
Entre todo aquel caos, los capitanes sacaron sus pistolas, depositaron el cañón sobre la sien del primero y dispararon a la cabeza de aquellos desgraciados. Uno a uno fueron cayendo al entrar la bala asesina destrozando los cerebros y desparramándolos sobre la cara de su compañero. Aquel joven al oír el impactos había cerrado los ojos. Al abrirlos vio como el hombre de enfrente suya estaba con la cabeza reventada y su estúpida sonrisa se acrecentó.
Uno de los capitanes reía, el otro arrojó el arma al suelo y se marchó, su compañero lo siguió riéndose y dando trompicones.
Los soldados mandaron a los supervivientes a las filas y a nosotros nos ordenaron desnudar a los cadáveres y extraerle todo lo de valor que llevasen, relojes, pulseras, anillos, dientes de oro,...
Una hora mas tarde, reconocí al joven de la sonrisa estúpida, aún muerto la mantenía en el rostro. Cinco minutos después ardía en una pila de cadáveres desnudos.