miércoles, 17 de marzo de 2010

El Gallego

¡ Este gallego es genial!. Vengo a darle ánimos y me encuentro bajando las escaleras de su edificio con una sensación de felicidad y de tristeza que me hace sentir raro, muy raro.
Cinco minutos con el gallego afincado en Cádiz te aporta más que años junto a insulsas personas, incapaces de transmitir algún tipo de sentimiento y que nos rodean y hablan sin parar con insustanciales argumentos.
Debe ser que el Gallego navegó cuarenta años por los océanos azules y se casó con una gaditana sin perder sus lazos con su tierra lo que le configuró una personalidad peculiar, o, es que los gallegos son así. No lo sé, pero lo que si sé es que este gallego impresiona y mucho.
Con miles de historias narradas en primera persona y con el dejillo que le da al castellano aquella tierra, sus narraciones embelesan al más reacio de los oyentes. Así, afloran en él una educación y un respeto por todo y por todos que ya quisiera yo que tuvieran muchos de los que nos rodean. Este gallego es la hostia.
Cargado de opiáceos para aliviar el dolor, el tipo aún sabe transmitir el olor a mar, la frescura de la brisa marina y un amor que hace que estar junto a él te de paz.
Delgado y espigado como el trigo, caminante incansable de sendas, amigo de sus amigos, siempre con una sonrisa y una palabra amable para los suyos.
Me lo imagino leyendo esto y sonrojándose a la vez que se rie y niega con su dedo todo lo que aquí digo, sorprendido y alagado, aceptando con humildad mis palabras tras la insistencia de lo obvio.
Animo Manuel, quiero verte pronto abriendo nuevos caminos por entre los bosques y visitando a tus amigos para gozo y deleite nuestro.