viernes, 26 de octubre de 2012

Asesino

Acababa de cumplir los treinta, pero su cuerpo menudo y su cara de niña la mantenían en una adolescencia perpetua. Sus maneras de vestir, tampoco ayudaban a imaginar la madurez que tenía. A diario la veía pasar, siempre sonriente, la naturaleza la había creado para contrarrestar tanto fracaso. Su sola presencia ofrecía un universo de luz por donde pasaba. Las mujeres la miraban envidiosas, los hombres deseosos, los niños la adoraban. Notaba su presencia a cientos de metros, era como si un imán atrajese todo metal, y ese metal no era más que la química que generaba desde mi interior. Podía recrearme en su andar, sus gestos eran visionados a cámara lenta y me impregnaba de su felicidad. Cuando ella desaparecía, me quedaba un vacío en mi interior, y el mal humor y odio ocupaban el hueco que había quedado. No le presté atención hasta ayer. Al llegar a casa, Sofía me esperaba con la cara descompuesta, al pasar al salón, vi un señor trajeado con cara de pocos amigos. Se presentó como el inspector Aurelio Sánchez. Un individuo que debía rondar los cuarenta, con voz de locutor radiofónico y mucha seguridad en si mismo. Lo cierto es que no supe nunca que hacía en mi casa, con ese aire chulesco y esa pinta de abogado de película. Mientras hablaba, aproveché cuando se giró a observar unas fotografías y le asesté, (en realidad le endiñé con todas mis ganas), un golpe en la nuca con la horrible figura de bronce que nos habían regalado los tíos de mi mujer, y que ella insistía en tener siempre en el salón. El policía, al contrario de lo que suele pasar en las películas no cayó fulminado, sino que se giró con las manos en su cabeza y gritándome una pregunta que en sí ya llevaba la respuesta: -¿Qué coño hace?. Volví a golpearle, esta vez en la cara. Los gritos se ahogaban en los borbotones de sangre que se acumulaban en su tráquea. Creo que murió ahogado más que de los golpes. Su rostro había quedado desfigurado. Me sentí liberado. Giré mi cabeza y ahí estaba ella, vestida de oscuro, con la cabeza llena de canas recogida en un moño, mirándome con los ojos desorbitados. Firme, en el mismo sitio donde la había dejado. No había pronunciado un solo grito, ni una queja, nada. Me incorporé, muy despacio fui hasta ella y la abracé. Lentamente subí los brazos hasta coger su cuello y apreté lentamente. Ella agarró mis manos y me miró como una criatura fiel que no sabe porqué es traicionada. Apreté fuerte, regodeándome en mi acción y noté como su vida se iba de aquel enjuto cuerpo. Recogí los cuerpos, los metí en la bañera y descuarticé; me ha llevado toda la noche, ya la casa está limpia, los cuerpos troceados y repartidos por toda la ciudad. Me he duchado y marché al trabajo como cada mañana, a la espera de verla nuevamente. Esta vez, ocurrió lo impensable, ahí venía ella, pero esta vez me miraba directamente a los ojos, se fijaba en mí. Me temblaban las piernas, un nudo ahogaba mis garganta y temía caer desplomado de un momento a otro. Al llegar a mi altura me habló, pero no movió sus labios, tan solo me dijo con su mente. Luego nos vemos, has hecho un trabajo excelente, serás recompensado...